Lunes 18/12/2017. Actualizado 11:26h

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Tribuna libre

Rebelión municipal

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Los alcaldes y sus consistorios han sacado los pies del tiesto. Yebra y Vic han abierto el melón y, en uno u otro sentido, no va a ser fácil cerrarlo.

Harían mal los partidos políticos limitándose a resolver –si es que logran hacerlo- los hechos concretos que desatan las rebeliones lugareñas. El problema real no son los cementerios nucleares o los empadronamientos. Eso son asuntos diarios con los que se encuentra a cada minuto quien gobierna el Estado, una autonomía o un municipio.

El problema lo tienen los partidos en la contradicción que existe entre los intereses de un partido político a nivel nacional o incluso autonómico, con los que deben de defender quienes están ‘a pie de obra’, conocen los asuntos que se ventilan y, sobre todo, saben de las voluntades de sus vecinos a los que tienen cerca.

Frente a eso están los intereses legítimos de quienes dirigen las formaciones políticas y han de pensar en clave electoral. Son quienes toman decisiones, posiblemente alejadas de la realidad, pero contemplando al completo la dirección de un partido o el momento político general que se está viviendo. Esa realidad la mayoría de las veces es desconocida por los que rigen los ayuntamientos, y la polémica está servida.

Que los intereses electorales de María Dolores de Cospedal, choquen con los posibles intereses de Yebra o que el alcalde de Vic no quiera seguir las directrices de un gobierno tripartito que probablemente ni le va ni le viene es normal y hasta lógico.

Pero alguien debería fijar los términos del problema y tratar de darle solución porque las controversias se van a multiplicar y lo que hoy son intereses de un pequeño pueblo, mañana pueden ser los de toda una autonomía –ya está ocurriendo con el asunto de los trasvases de agua- y las cosas pueden pasar a mayores.

La descentralización y la gobernabilidad de autonomías y municipios está muy bien aunque puede llegar a ser pura teoría. Al final las decisiones serias y graves se toman desde las sedes centrales de los partidos y pueden no ser acordes con los intereses que creen tener entidades menores. Entonces llegará la rebelión y hasta puede palparse la debilidad de los propios partidos cuando se les saca de su dinámica electorera.

Cabe plantearse si en materias como la nuclear no tiene que ser el gobierno de España quien tenga la última decisión, pero estará en las mismas y se librará muy mucho de tomarla en épocas en las que comienza a oler a urnas.

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