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Tribuna libre

Recuperar espíritu europeo sin miedo al futuro ni escepticismos autistas

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Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Muchos temían que el referéndum británico favorable al Brexit provocase un efecto dominó en Europa, donde han ido creciendo estos últimos tiempos movimientos aislacionistas y xenófobos. En esa línea, la repetición de las elecciones presidenciales en Austria no era un buen augurio.

Pero tal vez la evolución sea diversa, también porque se asiste a una especie de arrepentimiento colectivo en el Reino Unido, facilitado sin duda por la escasa mayoría a favor de la salida. Y la tardía conversión de algunos partidarios, ya sin remedio, puede influir positivamente en la construcción de Europa. (También, para otros, la ausencia de Gran Bretaña en los órganos de gobierno de la UE).

Lo refleja una reciente encuesta de opinión, de la que informaba Le Monde en su edición del 16 de julio. El sondeo fue realizado por IFOP, un instituto demoscópico prestigioso, para la Fundación Jean Jaurès y la Fundación Europea de Estudios Progresistas. Sus resultados reflejan que el euroescepticismo declina, incluso entre militantes de extrema derecha y de izquierda radical.

La consulta se ha hecho en seis países: Francia, Alemania, Bélgica, España, Italia y Polonia. El 54% de franceses y de italianos se opone a la eventual convocatoria de un referéndum sobre su permanencia en la UE. Ese porcentaje crece entre alemanes (59%), belgas (65%), españoles (66%) y polacos (67%). Y, en caso de realizarse, la intención de voto es rotunda: el 26% de los franceses apoyaría la salida de la UE; y sólo lo haría un 18% en Alemania, España o Bélgica.

Resulta interesante conocer el crecimiento –entre noviembre de 2014 y junio de 29016- de la opinión favorable a la UE en la extrema derecha, como el Front national francés (+ 5%) o la Alternative für Deutschland (+ 24%). Incluye un descenso del deseo del retorno a la moneda nacional anterior al euro. Un fenómeno semejante aparece en los partidos de la izquierda radical: entre esas fechas de 2014 y 2016, el sentimiento pro-UE crece un 20% en los votantes del Front de gauche y 23% para Die Linde alemán.

Ciertamente, es alta la proporción de indecisos: oscilan entre el 16% y el 21%, según los países. Ofrece un margen de maniobra para los escépticos. Pero también indica la precariedad de posibles campañas centradas en el euroescepticismo.

Más bien al contrario, la situación denota quizá la necesidad de recuperar esperanza en el futuro, para fortalecer la convivencia abierta entre europeos, capaces de superar dos de los principales temores que atenazan el porvenir: primero, el miedo a los emigrantes, paradójico en un continente para cuyos ciudadanos no era raro en la primera mitad del siglo XX marchar a América o a otros lugares del mundo en busca de fortuna; segundo, el miedo a perder bienestar, reflejado en el clamoroso descenso de la natalidad. Lejos queda la ingenua seguridad en el progreso, desde que Immanuel Kant acuñara la expresión.

Se trata de reacciones viscerales, típicas de populismos más o menos nacionalistas. Porque investigaciones sólidas muestran, por ejemplo, que los inmigrantes contribuyen a la riqueza de un país más de lo que reciben en servicios sociales. Otros estudios reflejan la paradoja de que la desconfianza ante el extranjero es proporcionalmente inversa a su número: en el referéndum británico, una ciudad tan multicultural como Londres –incluido su alcalde de confesión musulmana- votó por la permanencia en la UE. Como observaba Ulrich Beck, sociólogo alemán fallecido el año pasado, teórico de la sociedad del riesgo, vivimos en condiciones cosmopolitas de interdependencia e intercambios a escala planetaria, pero nuestra conciencia cosmopolita está todavía dando sus primeros vagidos.

¿Cómo ayudar a la gente a abrir los ojos?, preguntaba recientemente Avvenire a Zygmunt Bauman, pensador polaco, hijo de hebreos huidos a Gran Bretaña en tiempos del nazismo, teórico de la sociedad líquida... Responde citando un pasaje del discurso del papa Francisco el 6 de mayo, con motivo de la entrega del Premio Carlomagno: “Si hay una palabra que tenemos que repetir hasta cansarnos es esta: diálogo. Estamos invitados a promover una cultura del diálogo, tratando por todos los medios de crear instancias para que esto sea posible y nos permita reconstruir el tejido social. La cultura del diálogo implica un auténtico aprendizaje, una ascesis que nos permita reconocer al otro como un interlocutor válido; que nos permita mirar al extranjero, al emigrante, al que pertenece a otra cultura como sujeto digno de ser escuchado, considerado y apreciado. Para nosotros, hoy es urgente involucrar a todos los actores sociales en la promoción de «una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones» (Evangelii gaudium, 239). La paz será duradera en la medida en que armemos a nuestros hijos con las armas del diálogo, les enseñemos la buena batalla del encuentro y la negociación. De esta manera podremos dejarles en herencia una cultura que sepa delinear estrategias no de muerte, sino de vida, no de exclusión, sino de integración”.

Bauman admira la determinación del papa, aunque advierte que no pretende tener una especie de varita mágica para resolver cuestiones tan arduas: al contrario, “nos invita a hacer esfuerzos justos, aunque incluso también puedan fallar”. Pero ahí radica ciertamente la esperanza en la lucha por encontrar soluciones que Francisco recuerda: “la búsqueda de nuevos modelos económicos más inclusivos y equitativos, orientados no para unos pocos, sino para el beneficio de la gente y de la sociedad. (...) Tenemos que pasar de una economía líquida a una economía social”. Y concluye Bauman con expresión hebrea: “Tengo una sola palabra que añadir: amén”.

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