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Regalos rompedores

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No es que lo más importante de estas fechas sean los regalos, pero las consecuencias de un error en nuestra carta a los Reyes Magos se pagan durante todo el año.

Se acerca la Navidad y con la Navidad las cartas a los Reyes Magos. No es que lo más importante de estas fechas sean los regalos, pero las consecuencias de un error en nuestra carta a los Reyes Magos se pagan durante todo el año. Por eso conviene tener en cuenta algunas cosas antes de lanzarse a por la última novedad del escaparate.

Recele siempre de cualquier nuevo aparato que prometa funciones asombrosas que ningún otro aparato haya logrado antes. Piense por qué ahora, en este momento de la historia de la humanidad, y por qué para usted. Fíjese bien en el precio y en las etiquetas externas. Tal vez descubra que el “robot hacedor de camas” aún no se ha inventado, y que quizá lo que se anuncia como tal es una radio con la voz del TomTom que le va indicando en detalle cómo debe hacerla. “Ahora coja la sábana de abajo. Estire. Estire más. Doble. Marque y meta. Estire de nuevo. Doble laterales. He dicho que doble los laterales. ¿Esta chapuza es lo que entiende usted por doblar los laterales? Vuelva a intentarlo. Ahora pase la palma de la mano por la superficie de la cama y compruebe si se desliza suavemente o si va a trompicones. Si va a trompicones, saque todo de nuevo y vuelva a empezar”. Si permite la entrada en casa de una máquina así es que se ha vuelto loco. Debió sospechar que por 20 euros ningún fabricante compartiría su secreto para hacer la cama sin esfuerzo con ayuda de un robot.

Desconfíe por tanto del último descubrimiento tecnológico hasta que alguno de sus vecinos se lo compre, y pueda colarse en su casa para comprobar si realmente funciona. Si el vecino le dice que funciona estupendamente y, al minuto, intenta vendérselo, salga corriendo y táchelo definitivamente de su carta a los Reyes.

No hace mucho me regalaron uno de estos robots de cocina que prometen tener listo en media hora el menú del día, sin esfuerzo, ni intervención humana. Al llegar a casa comprobé con horror la verdad de todo aquello. Por un lado, en efecto, la máquina lo hace todo “sin esfuerzo”, porque el “esfuerzo” ya lo hace usted, que es el que debe bajar a hacer la compra, trocear las zanahorias y picar la cebollita. Y por otro lado, la máquina es mucho más irracional de lo que cabría esperar después de ver el anuncio en televisión. Si usted intenta hacer un arroz a la jardinera y un mousse de chocolate para la hora de comer, debe saber que el artilugio no distingue entre los dos platos. El libro de recetas del robot le irá indicando paso a paso los ingredientes que debe ir introduciendo. Pero si olvida retirar del robot de cocina el arroz a la jardinera que acaba de terminar, antes de comenzar a verter los ingredientes del mousse, la máquina permanecerá callada como una tumba, cocinando a fuego lento una extraña mezcla de chocolate y arroz, y ofreciendo más tarde como resultado un ladrillo intragable que pondría los pelos de punta al mismísimo Juan Mari Arzak, rey de la cocina experimental.

Otro peligro que nos acecha frente a la Carta de Reyes es el sentimiento de requerir lo innecesario. De no estar sometidos a brutales influjos publicitarios, nadie en su sano juicio pediría a los Reyes Magos un aparato para convertir el pan rallado de nuevo en una sabrosa barrita de pan sin rallar, un servilletero ignífugo con forma de casco de bombero, o un kit de autoempastado dental doméstico. La mayoría de los regalos innecesarios terminan en los portales de compraventa de Internet, que están plagados de cosas que nadie entiende cómo pudieron ser compradas una primera vez, puesto que ahora se anuncian como objetos de segunda mano.

En definitiva, desconfíe de todo lo que se anuncie demasiado en televisión. Desconfíe del último grito, de las ofertas imposibles, y de los regalos rompedores. Desconfíe de sí mismo y de su afán de poseer. De acuerdo. Es posible que la corbata, el pijama, los pendientes y la plancha le parezcan regalos demasiado típicos y aburridos, pero siempre será mejor eso que el bochorno de entrar en la consulta del dentista con los piños soldados en bloque como las paredes de una central nuclear, un dolor de cabeza horrible, y las instrucciones en chino del kit de autoempastado dental doméstico bajo el brazo.

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