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Respiración contenida por Cataluña

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La votación del Parlament catalán declarando el inicio de independencia el pasado lunes no lo esperaba ni lo deseaba la mayoría de los catalanes ni la mayoría de los españoles.

Un artículo de...

Javier Arnal
Javier Arnal

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La reacción de Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera da tranquilidad, dentro de un clima de tensión innegable. No así la insistencia del líder de Podemos, Pablo Iglesias, insistiendo en que él haría cuanto antes un referéndum vinculante en Cataluña, si gobierna Podemos. Pero, salvo sorpresa mayúscula el 20-D, no estará en el Gobierno la formación de Iglesias.

El portavoz de los Mossos dijo ayer que harán que se cumpla la ley. También aporta sensatez y serenidad. Seguro que entre los funcionarios catalanes surgen dudas, inseguridades, ante su “obediencia debida”, porque sufrirán presiones variopintas para que el Estatuto y la Constitución se cumplan.

Sin embargo, en este grave proceso acelerado por Artur Mas, los que más sufren son los catalanes no independentistas, porque hace muchos años – incluso décadas – que la legalidad no se ha respetado en Cataluña en la vida social, educativa y política, por intereses de Aznar, frivolidad de Zapatero o lentitud de Rajoy. Cataluña son los catalanes, aunque hayan nacido en Jerez o Madrid, y no Artur Mas.

Un solo ejemplo basta para caer en la cuenta que, tras superar este desafío alocado, habrá que empezar a respetar más la ley en Cataluña, porque de lo contrario se puede cumplir lo que algunos catalanes dicen ahora de que “la independencia se logrará ahora, o dentro de 2 años, o 5, pero se logrará”. Y el ejemplo es la educación.

Hace años que la educación en castellano ha claudicado en Cataluña. La tiranía del catalán se ha impuesto, y con ella los textos, la historia, los datos, los sentimientos y la sinrazón, achacando a Madrid y España la raíz de los problemas económicos y de paro que sufre Cataluña, cuando en realidad todo gobernando ha “mimado” Cataluña, con frecuencia haciendo dejación de sus deberes.

Hace tiempo que en Cataluña poner una bandera española se califica como “provocación”, o genera insultos o reacciones violentas de vecinos o conocidos, ante la inacción de las autoridades. Tiene más importancia de lo que parece: se reclama diálogo para la independencia, pero hace tiempo que se niega la expresión a quien no es independentista.

El editorial de “La Vanguardia” del pasado martes en contra de la locura independentista es para recordar, pero también hay que recordar cómo desde ese diario y otros en Cataluña se han ensalzado posturas intransigentes que han generado el monstruo actual, o bien han callado. No hace falta mencionar a TV3, sino pedir a los medios de comunicación una reflexión sobre su tarea en estos años, y lo que deben hacer con profesionalidad a partir de ahora.

Predomina la sensación de que España no se va a romper, como ha dicho Rajoy. Inquieta que Pedro Sánchez dice que la solución también ha de ser política, aludiendo a una reforma de la Constitución, que no especifica, porque no le interesa, pero que genera incertidumbre en el resto de España.

Curiosamente, que haya explotado ahora el intento independentista puede favorecer electoralmente a Rajoy el 20-D, porque transmite un rigor que otros líderes nacionales no tienen. También hará crecer a Ciudadanos, con la figura estelar de Inés Arrimadas, que está dando lecciones de sensatez, claridad y contundencia.

El final del proceso independentista catalán no se resolverá en días ni semanas. Hay que tener más perspectiva, porque de lo contrario será un problema recurrente y creciente.

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