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Encontramos el sueño en un rato de estabilidad, en el equilibrio imposible de la vida. Que es fugaz pero ruidosa, como el paso de una ambulancia. Natural y sobrenatural, al tiempo.

Cada vez que tiembla la tierra en alguna parte del mundo comprendemos mejor que vivimos de milagro. Somos un puñadito de vida en la inmensidad de una peligrosa galaxia que flota en un denso y oscuro misterio. No tenemos peores enemigos que nosotros mismos, pero sí tenemos más. Descansamos en un remanso de tranquilidad naufragando siempre en un océano de peligros. Encontramos el sueño en un rato de estabilidad, en el equilibrio imposible de la vida. Que es fugaz pero ruidosa, como el paso de una ambulancia. Natural y sobrenatural, al tiempo. Comprensible e incomprensible. Pura contradicción, un misterio que sólo se explica sin explicarse. Porque somos, al final, lo que Dios piensa en nosotros.  

No fue hace muchos años. Un joven alumno se negaba a estudiar en profundidad los misterios del cuerpo humano en la asignatura de Ciencias Naturales. Tenía miedo de tocar algo y estropearlo: “yo creo que esto funciona porque nadie la presta atención”, decía. La serenidad y la felicidad de la vida se nos escaparían como agua entre los dedos si tuviéramos que pasar por la existencia controlando, segundo a segundo, que todas y cada una de las piezas clave de nuestro organismo caminan en la buena dirección. Por supuesto que se estropean cosas constantemente. Probablemente el doble de las que se arreglan. Lo asombroso es precisamente eso, que vivimos pese a que todo se va muriendo. Por eso resulta odioso el pensamiento de la nada, que es un pensamiento sencillamente imposible, por mucha tradición que tenga. 

Al margen del miedo, no tenemos ningún motivo serio para no preguntarnos constantemente por el misterio de la vida. No es posible considerar la nada como un pensamiento. Ni mucho menos como una respuesta. La nada no puede hacer que nuestro corazón bombee incansablemente durante años y años, sin haber aparentemente fuerza alguna empujándolo. Y sin embargo trabaja incansable y puntualmente. La ciencia nos puede explicar las consecuencias de su labor, pero no las causas más lejanas. El nacimiento de cada vida es sólo el inicio de un prodigio que se mantiene danzando sobre la difusa frontera de lo sobrenatural hasta el último suspiro. Como esos cochecitos de latón a los que se les da cuerda y recorren alocadamente un largo trayecto, impulsados por una fuerza que no les pertenece del todo. 

 

La televisión muestra a veces sorprendentes contrastes. Aunque sea sin pretenderlo. Estos días vemos los edificios históricos derruidos y el pavor en los ojos de miles de italianos. La cólera de la tierra desatada contra sí misma. Y contra nosotros. La inmensidad de las fuerzas naturales con las que convivimos, se nos muestra con especial esplendor en esas imágenes. Aunque sea un esplendor que estremece. Vemos también el dolor y el sufrimiento. Y la generosidad, que ahora la llaman solidaridad, como si dar la vida por lo demás fuera un invento de nuestro siglo. 

 

Cuando aceptamos la nada como razón última de las cosas disfrutamos de una calma que dura exactamente lo mismo que el letargo de nuestro entendimiento. Hasta que las preguntas vuelven a colgar de la conciencia, o de lo que tengan quienes piensan en no pensar. Y las preguntas surgen, tarde o temprano. Y aparecen, de manera especial, al contemplar primero esos rostros ennegrecidos y sangrantes, y la mirada perdida de quien acaba de ver como se derrumba el edificio en el que ha vivido los últimos sesenta años. Tal vez entre los escombros pueda encontrar el cabezal de la cama, los restos de su biblioteca, o el histórico lienzo que adornaba el salón.  

 

Minutos después nos despiertan los tambores. Monótonos y graves. La tensión contenida de los costaleros. El inconfundible sonido de la procesión. El silencio. Con el alma en vilo alzamos los ojos hacia una sombra. Es la silueta de un Cristo crucificado, recortado en el cielo de Sevilla. Rojo, naranja, gris y negro. Bajo el mismo manto del atardecer se aproxima el paso de la Virgen de los Dolores sembrando el silencio y la admiración. Miles de ojos acompañando su sufrimiento. Cientos de historias y vidas laten en cada oración. Una explicación al dolor y al misterio. La victoria de la vida sobre la nada.  

Hay escenas que nos recuerdan que tenemos miles de razones para no divinizar a la casualidad, aunque a veces trate de mostrar su apariencia más siniestra. Hay miles de preguntas y respuestas en cada paso de Semana Santa

 

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