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Retorno a los Waugh

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Se ha hecho famosa la anotación de diario que hizo Evelyn Waugh sobre su hijo Auberon: ‘es torpe, desaliñado, malicioso; sin intereses intelectuales, estéticos o espirituales’. Auberon tenía siete años.

Pocos años antes de su muerte, Evelyn Waugh accedió a dejarse entrevistar en televisión. Tal condescendencia con el mundo moderno le permitía posar como un viejo gruñón, recaudar algo de dinero para seguir viviendo entre grandezas y mostrar de paso que su fondo reaccionario tenía –contra la opinión general- mucho de inteligencia y nada de brutalidad. Preguntado por lo que le había llevado a escribir, Waugh contestó que ‘toda la educación inglesa de mi época estaba pensada para producir escritores en prosa’.

La mezcla de respeto a la tradición con el aliento de la libertad personal está en la raíz de la literatura inglesa como literatura de caracteres por oposición a una literatura de escuelas. Si el papel de escritor en Francia tiene notas de institucionalización, en Inglaterra tiene las notas de normalidad propias de un país intensamente lector –tan intensamente lector que, en los años treinta, Evelyn Waugh podía permitirse un servicio de catorce personas, jardineros incluidos. Más allá de la anécdota, este continuum de la lectura en Inglaterra ha propiciado mayor naturalidad que academicismo a la hora de metabolizar la literatura: en realidad, esa naturalidad en la transmisión literaria todavía nos permite presumirle a cualquier novela inglesa, de antemano, la factura perfecta de un soufflé.

La aludida combinación de arraigo con individualismo sirve también de humus para la pervivencia de la excentricidad: si el poeta Philip Larkin llegó a encarnar ‘el espíritu quijotesco’ que habita en el inglés de clase media, Auberon Waugh -hijo de Evelyn- observará que en las clases altas del país siempre había encontrado un último punto salvador de rebeldía y afirmación personal; en definitiva, de libertad de espíritu. Sánchez-Ostiz comenta que, ya en su tiempo, Waugh era ‘un desplazado’ cuyo mundo ‘estaba esfumado para siempre’. Y cabe pensar que en Inglaterra se han venido cumpliendo tantas profecías que eran elegías: el café sustituye al té, el anglicanismo tiene goteras, triunfan las elegancias aparatosas y la estética “chav” frente al sobrio buen hacer de Savile Row. Philip Larkin, en su poema ‘Going, going’, lamenta por anticipado la desaparición de la Inglaterra feliz. Sí, se ha esfumado el mundo que propició la existencia de los Waugh.

Era en sí un mundo de cierta novelería. En ‘Retorno a Brideshead’, Evelyn Waugh hablará de los grupos autónomos en que se constituye la peculiar socialización inglesa, socialización por lo general alcohólica que, sumada al pulular de caracteres pintorescos, dará pie inevitablemente al chisme. El propio Evelyn, retirado a la campiña de Somerset por alegada misantropía y no por inclinación bucólica, dedicará buena parte de su correspondencia al chismorreo: con Randolph Churchill, con Nancy Mitford, con Harold Acton, con Anthony Powell, con Cyril Connolly y con Graham Greene, corresponsales de finura. Hay quien ha definido la literatura como ‘alto cotilleo’: en el caso de Evelyn Waugh, en el caso de la familia Waugh, esta regla se cumple y se supera.

Con sus literaturas y con sus rumores, la familia Waugh tiene algo de paradigma de la educación y la socialización en Inglaterra aunque sólo sea porque los descendientes de Arthur Waugh, el primero de la saga, llevan escritos ciento ochenta libros. Diarios, memorias, correspondencias y papeles privados tienen mucho peso en la determinación de este extenso léxico familiar. Allí veremos un desfile singular de caracteres, la viveza de una época, un antisentimentalismo a toda prueba, el inglés mejor domado y una voluntad de rumorología que nos habla de lo que Waugh llamó ‘la abominable dificultad de las relaciones humanas’. Conforme a la tradición inglesa, el humor es inevitable: al proponer matrimonio por carta a Laura Herbert, Waugh señalará como ventaja el tener poca familia, ‘ventaja muy pequeña en comparación con mi pésimo carácter’. Se ha hecho famosa la anotación de diario que hizo Evelyn sobre su hijo Auberon: ‘es torpe, desaliñado, malicioso; sin intereses intelectuales, estéticos o espirituales’. Auberon tenía siete años.

La familia Waugh lleva escribiendo libros desde el siglo XIX; los sigue escribiendo en el siglo XXI. Escribió Arthur, el padre de Evelyn, ‘el hombre al que le gustaba Charles Dickens’, crítico literario de prestigio. Escribió Alec, hermano de Evelyn, novelista que causó escándalo a extraños y vergüenza a conocidos con un librito –‘The loom of youth’, de 1917- de palpitación homoerótica, para luego definir en otro volumen la vida de las “Public Schools” y, al fin, dar fe de muchas décadas de ingesta con la prosa achispada de su libro sobre vino. También escribió Auberon, hijo de Evelyn, prosista más que precoz, ingenio terrible a lo largo de cuarenta años de periodismo en los que se ejercitó lo mismo en la crítica literaria que en el comentario enológico, en la novela y la sátira y las viejas artes de la crónica social como un intenso pugilato. Escribe Alexander, nieto de Evelyn, autor de una biografía global –‘Fathers and sons’- en la que la familia Waugh parece mirarse a sí misma, entablar una conversación, y autor también de un libro sobre Dios que muestra que toda familia tiene sus renglones torcidos. ‘Los padres siempre son más importantes que los hijos: ese es el problema’, dictamina Alexander. Todos diferentes, todos iguales: de Waugh a Waugh sobrevive un brillo del inglés y un afecto de la más curiosa reciedumbre.

Aun cuando gentes respetables como V. S. Naipaul –hombre de mucha fealdad moral, como demuestran sus ataques a la memoria de su generoso protector Powell- hayan considerado que Auberon, más venenoso que Evelyn, era el mejor escritor de la estirpe de los Waugh, la unanimidad de la preeminencia de Evelyn tiene sus razones al margen de que este sea el centro y el aporte de unidad en la familia. En primer lugar, toda su brillantez estilística quedará perfectamente economizada en su cauce narrativo; en segundo lugar, la envergadura simbólica de su novelística demuestra que, en el siglo que comienza con el Ulises de Joyce, la narrativa sigue teniendo su razón en la vieja tradición que va de Cervantes a Balzac y se remansa en Dickens. Evelyn Waugh es otro ejemplo de escritor que sabe contener su propia genialidad, su capacidad para el alarde, en beneficio de una obra. Esa contención es la que ha hecho la literatura inglesa.

Si la popularidad sobrevenida con la adaptación de ‘Retorno a Brideshead’ como serie televisiva ha logrado que se le tenga a Evelyn como el mejor novelista inglés del siglo, la última filmación de dicho libro casi parece tener la intención de emborronar el perfil real del escritor. El poeta Enrique García-Máiquez ha escrito que, en este caso, ‘los guionistas consiguen que los personajes siempre suelten otras cosas que las que en verdad dijeron’. En realidad, la película de Julian Jarrold se complace en un esteticismo que el propio Waugh tuvo que perdonarse y que otros muchos han criticado (últimamente el gran periodista C. Caldwell), poniendo en cuidadoso olvido que Brideshead viene a hablar de la presencia de la gracia en cualquier vida. Con frecuencia, las novelas se condensan en una frase; quizá la de retorno a Brideshead esté en la boca de Julia Flyte: ‘no puedo estar fuera del alcance de Su misericordia’.

Más allá del cine y sus desmanes, es cierto que en España vamos llegando a a los Waugh por el camino de Evelyn. De cinco años a esta parte se han sucedido y aún se han de suceder las ediciones. A la pervivencia de ‘Retorno a Brideshead’ hay que sumar, por ejemplo, ‘La prueba de fuego de Gilbert Pinfold’, en la que Waugh, por personaje interpuesto, cuenta la prolongada quiebra nerviosa que le tocó vivir al novelista. También está ‘Gente remota’, crónica de viajes por el África de un Waugh que conoció la sed viajera sólo en parte por ganar dinero y que -de paso- muestra la urdimbre de esos señoritos educados en Oxford y dispuestos a cambiar con toda entereza la copa de oporto por las nubes de mosquitos. A falta de la traducción de su ‘magnum opus’, la trilogía ‘Espada de honor’, Asteroide publicó en 2007 la muy blanca autobiografía ‘Una educación incompleta’, y Homo Legens puso en las librerías un capricho hagiográfico sobre Waugh, el del jesuita Edmund Campion. Treviana, por su parte, vertió al español la Obra Suspendida de Evelyn, libro interrumpido porque ‘el mundo que lo inspiró, el mismo mundo que lo había inspirado, ya ha dejado de existir’.

Todavía es mucho lo que falta: falta una selección de la correspondencia de Evelyn, falta una edición de sus muy expurgados diarios, la traducción de esa ‘quête’ que es ‘Fathers and sons’, tanta literatura memorialística, con frecuencia fragmentaria, que tiene la virtud de una ejemplaridad en la escritura y –a mayor abundamiento- en el carácter, con el extra de atractivo de leer sobre una familia que parece una novela. Si diarios y libros misceláneos están convirtiendo a la literatura española en otra literatura de caracteres, las prosas dispersas de los Waugh anticipan la grandeza poliédrica que puede albergar esa gozosa confusión de géneros en la que la voluntad de disolución de la literatura postmoderna parece redimirse como si ahí encontrara, paradójicamente, un venero de nuevo clasicismo. Por tradición, hemos separado la literatura entre las historias que se cuentan junto al fuego y la privacidad del gabinete de Sainte-Beuve o la torre de Montaigne: los Waugh han sabido darnos la fantasía novelesca de lo primero y el caudal de personalidad y sabiduría de lo segundo y la gozosa complejidad vital de las grandes estirpes. 

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