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Retos de Estados Unidos en política interior, en 2013

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Tras el acuerdo fiscal, es necesario enderezar el déficit público estructural americano.

Y, después, llevar a cabo la reforma migratoria, de acceso y uso de armas de fuego, reforma energética, y dedicarse a resolver los retos en política exterior. El partido republicano tiene cuatro años por delante para adaptarse a los cambios demográficos y sociales, y recuperar la Casa Blanca. Los mercados de valores estadounidenses –y de todo el mundo- subieron como la espuma el 2 de enero de 2013, al conocerse el acuerdo entre Casa Blanca, Senado y Cámara de Representantes norteamericanos sobre el pacto fiscal. Los impuestos para los que ingresan anualmente más de 400.000 dólares (450.000 si son matrimonio y declaran conjuntamente a Hacienda) subirán del 35 al 39,6% -tipo marginal de la renta. Las ganancias de capital y dividendos subirán la fiscalidad un 5%, del 15 al 20%. El impuesto sobre patrimonio aumenta, según el valor de la propiedad, aunque restringido a las grandes fortunas. El subsidio de desempleo se amplía un año para dos millones de personas.

La Hacienda Pública (IRS, por sus siglas en inglés) recaudará 620 billones de dólares a lo largo de los próximos diez años. Es una cantidad pequeña, comparada con los diez trillones de dólares que supondrá, en términos absolutos, la deuda pública para Estados Unidos en 2023, en una década, por tanto. O el 75% sobre el Producto Interior Bruto. Es lógico que las bolsas se entusiasmaran con el acuerdo fiscal: los inversores viven al día y el acuerdo fiscal les alegró la mañana. Además, los mercados de valores pusieron el acuerdo fiscal –mentalmente- en un mismo marco conceptual: La economía está creciendo, en Norteamérica, un 2,2% de media mensual desde junio de 2009. Se han creado ya, en el sector privado, seis millones de puestos de trabajo netos. Otros seis millones serán creados hasta 2016, debido a que las exportaciones norteamericanas doblarán su tamaño en el segundo mandato de Barack Obama como presidente. El mes de diciembre arrojó varios datos positivos, que por repetirse a lo largo de los últimos cuatro meses de 2012, constituyen una pequeña tendencia: el consumo de los hogares se ha incrementado, parejo al índice de confianza de los consumidores; estos gastan & consumen más porque tienen más confianza económica, en su presente y en su futuro. En diciembre, el sector privado generó 155.000 nuevos empleos: la tasa de paro está en el 7,8% y acabará el segundo mandato del actual presidente en el 6%. En total, entre junio de 2009 y noviembre de 2016 se habrán creado 12 millones de puestos de trabajo: 8,5 millones provenientes de los empleos destruidos por la crisis entre 2007 y 2009; 3,5 millones son nuevas incorporaciones al mercado laboral fruto del –lógico- aumento de la tasa de actividad económica. El mercado inmobiliario norteamericano se ha estabilizado (los precios han dejado de bajar) y empieza a fortalecerse (aumento de los precios de un 3,5% en el último cuatrimestre de 2012). La Reserva Federal sigue con su política de inyección de liquidez en la economía, mediante la compra de bonos ligados a hipotecas, por importe de 85 billones de dólares al mes, como dijo su presidente, Ben Bernanke, “hasta que el desempleo baje sustancialmente”, es decir, alcancé el 6% de la población activa.

Muchos, desde la izquierda y desde la derecha, critican la tenue recuperación norteamericana. Comparan el crecimiento económico actual (2,2%) y la creación de empleo (6 millones, en tres años) con los logros de la época de Clinton: crecimiento del 3,5% y 20 millones de nuevos puestos de trabajo. La explicación de la divergencia es sencilla: entonces, tras la caída del Muro de Berlín, Norteamérica era la única superpotencia económica y militar y, sobre todo, los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China) todavía no habían despegado, con crecimientos anuales en PIB, de un mínimo del 5% (Brasil, Rusia) e intervalos del 7% (India) al 10% (China). La revolución tecnológica más importante desde la Primera Revolución Industrial (1707), con la invención de la máquina de vapor, tuvo lugar entre 1993 y 2000: le explosión del uso intensivo de las tecnologías de la información en el ámbito del consumo y de la empresa, de la mano de HP, Microsoft, Intel, Sun, Oracle, SAP y otras grandes empresas TIC; el nacimiento de Internet para el público general y su utilización masiva en el ámbito corporativo. Hasta la segunda revolución tecnológica, que tuvo lugar en 2004, 2005 y 2006, de la mano de Amazon, Google, Facebook y Apple, no volvió a verse una “exuberancia irracional” (Alan Greenspan, “The age of Turbulance”, 2007 y 2008) de creación de riqueza y valor económico para individuos, familias y empresas. En 2007 llegó la crisis inmobiliaria que, en Europa, dura hasta bien entrado 2013. Como escriben y demuestran los economistas de Princeton, Reinhart y Rogoff, “Esta crisis es diferente” (2009), y, por serlo, también es distinta la recuperación: más lenta, más estable, con menos puntas y picos.

El acuerdo fiscal alcanzado el 1 de enero en Estados Unidos es solo un primer paso, una primera etapa, en un camino de negociaciones y acuerdos que tendrán ocupados a los políticos estadounidenses hasta el 1 de abril de 2013. El acuerdo fiscal se ha centrado en una mayor –aunque tenue, leve- recaudación de más impuestos, que pagarán los más adinerados (1% de los contribuyentes), versus el 99% que verán congelados sus impuestos permanentemente, conforme las dos reformas/rebajas de impuestos temporales que hizo George Bush en 2001 y 2003, cuando Estados Unidos experimentó dos breves recesiones económicas y el presidente quiso dinamizar la economía con bajadas de impuestos. La subida de impuestos para los que más ingresan, en 2013, es la primera subida real e importante de impuestos que sucede en Norteamérica en 20 años (1993, siendo Bill Clinton presidente) y que ha sido votada por los republicanos. Evidentemente, no por todos (los 80 legisladores de la Cámara de Representantes que tienen el apoyo del cada vez más pequeño Tea Party no votaron a favor), aunque sí por muchos, algunos muy significativos, como el presidente de la Cámara de Representantes, John Boerner, (Speaker of the House), el líder de la minoría republicana en el Senado, Mitch McConnell y el candidato a vicepresidente con Mitt Romney, el conservador y católico coherente, Paul Ryan.

Entre febrero y marzo, los legisladores y la Casa Blanca tendrán que ponerse de acuerdo acerca del techo de gasto del gobierno, sobre el recorte de gasto público en defensa y en programas sociales, y en la financiación de las operaciones y funcionamiento diario del Gobierno Federal en 2013. Las tres cuestiones, consideradas como un todo, son un marco para solucionar el problema mucho más grande que supone el enorme déficit público norteamericano. Estados Unidos no ha tenido superávit desde los últimos tres años de presidencia de Bill Clinton (con Reagan, el déficit público se multiplicó por tres, debido a los gastos en defensa y la “guerra de las galaxias” que acabó con la Guerra Fría y arruinó a la extinta Unión Soviética): 1998, 1999 y 2000. Con George Bush y los incrementos del gasto público en defensa, fruto de más seguridad derivada de los atentados terroristas del 11S de 2001, y las guerras de Iraq y Afganistán, que supusieron para el fisco –cada una- más de un trillón de dólares en contribución al déficit público, según cálculos del premio Nobel, Joseph Stiglitz (“The one trillion dollars wars”, 2008).

Timothy Geithner, secretario del Tesoro estadounidense, hizo público por carta a finales de diciembre que Estados Unidos habían alcanzado ya su techo de gasto (endeudamiento, realmente, puesto que las cuentas públicas están en rojo y no en superávit), sobrepasando el límite de 16,389 trillones de dólares. La Casa Blanca y los demócratas querrán aumentar ese techo de gasto/endeudamiento público, para no volver a vivir el miedo al “sovereign default” o que el gobierno no pueda hacer frente a sus obligaciones financieras, incurriendo en una suspensión de pagos soberana. Este peligro –como narra muy bien el dos veces premio Pulitzer Bob Woodward en “The Price of politics”, 2012- se evitó el 2 de agosto de 2012, con un acuerdo de última hora entre demócratas y republicanos. Se evitó la suspensión de pagos soberana y una de las tres agencias de calificación crediticia estadounidense, Standard & Poor, degradó en un punto la deuda pública norteamericana o, lo que es lo mismo, la capacidad del gobierno americano de pagar sus deudas. Ahora vuelve el mismo fantasma, y es la agencia de calificación crediticia Moody’s quien amenaza el gobierno americano con hacer lo mismo que Standard & Poor.

Para que el presidente Obama y los demócratas puedan aumentar el límite de endeudamiento del gobierno, necesitan de los votos a favor de los republicanos, en Senado y Cámara de Representantes. Es fácil intuir que los republicanos cedieron en la subida de impuestos a 750.00 contribuyentes (en un país de 311 millones de personas, algo menos del 1% de contribuyentes) a cambio de grandes concesiones demócratas en lo que al recorte del gasto público se refiere. Con seguridad, el límite del techo de gasto del gobierno se aumentará con acuerdo. A cambio, los demócratas habrán de ceder a las peticiones republicanas de recorte del gasto público en programas sociales: Medicare, Medicaid y Seguridad Social. También en gastos de defensa, con énfasis en reducción del número de tropas regulares y aumento de las fuerzas especiales y el uso de las nuevas tecnologías.

Para resolver el problema de déficit público de Estados Unidos, el acuerdo habrá de contemplar reducciones en el gasto público, en la próxima década, en un intervalo de 2,4-3,4 trillones de dólares. La esencia del problema es sencilla: Estados Unidos es un país “pensado y diseñado” para tener un estado pequeño, con énfasis en dos puntos fundamentales, defensa y relaciones internacionales, dejando lo demás en manos de la iniciativa privada. Por este motivo, los impuestos en Estados Unidos no pueden –a no ser que se produzca un cambio de modelo, del capitalista norteamericano al estado del bienestar europeo-, ni podrán jamás sostener por sí solos el peso creciente de los programas sociales.

Más aún, la evolución demográfica de Estados Unidos sigue la tendencia del resto de países ricos, es decir, es decreciente. La tendencia es más suave en Norteamérica que en Europa, porque América recibe mucha inmigración de Iberoamérica, personas jóvenes y trabajadores que, además, tienen familia, hijos: en Estados Unidos dos trabajadores mantienen con sus contribuciones sociales a un pensionista; en España, 1,9 trabajadores mantienen a un pensionista. En enero de 2013, los hispanos legales suponen el 17,9% del censo estadounidense. Y, entre 11 y 15 millones de hispanos ilegales están en camino de convertirse en ciudadanos.

Cuando se produzcan los acuerdos sobre el recorte de gastos del sector público y el aumento del techo de endeudamiento del Gobierno federal y éste pueda financiar sus operaciones diarias sin miedo a un cierre gubernamental, el presidente pondrá su mirada en las cuatro grandes reformas que van a ser el eje de su mandato en política interior: la reforma de la inmigración, la reforma energética, reforma del acceso y uso de armas de fuego y la reforma del estado y su organización y gasto. Las cuatro, por motivos distintos, son reformas de gran calado. La reforma de la inmigración tiene componentes sociales, económicos, demográficos y electorales. Estados Unidos necesita más trabajadores y el mundo latino se los provee. Los hispanos son trabajadores y se mezclan con los caucásicos sin problema. Su forma de pensar no difiere sustancialmente de la del norteamericano original, donde el Cristianismo y su sistema de valores siguen siendo mayoritarios. Los latinos proveen de demografía a Estados Unidos, con una media de dos hijos por familia. Y los hispanos actúan de puente entre el Norte y el Sur de Río Bravo.

Obama consiguió el 71% del voto hispano, porque los latinos comparten sus valores, porque se sienten amenazados por el aparato tradicional de partido republicano y porque Obama les prometió su ansiada reforma de la inmigración que pondrá las primeras piedras para el reconocimiento legal de entre 11 y 15 millones de latinos ilegales. Mitt Romney y el partido republicano, en las elecciones de 6 de noviembre de 2012 consiguieron un 44% menos de apoyo por parte de los latinos. También recibieron menos apoyo de las mujeres, de las minorías y de los católicos, cuyo voto está dividido por la mitad: 48% a los republicanos y 44% a los demócratas. Si los republicanos no quieren convertirse en un partido de minorías y, por tanto, sin acceso a la presidencia, tendrán que adaptarse a los nuevos tiempos, olvidarse de la América gloriosa de la época de Reagan, que ya no existe y reconocer, por ejemplo, que el 12,9% del censo lo componen Afroamericanos –como Obama- que, en un 98% votaron a los demócratas. Y que los hispanos suponen el 17,9% del censo y los asiáticos el 10%. Como, con amargura, hubo de reconocer el comentarista de la cadena de noticias Fox News, al final de la noche electoral del 6 de noviembre de 2012, “la América tradicional ya no existe”.

Y, ciertamente, echar de América a hispanos, negros y asiáticos no parece que sea ni una buena opción ni una alternativa realista. De hecho, el día en que los republicanos asuman que muchos latinos y asiáticos pueden compartir sus valores (trabajo esforzado que ha de ser premiado, capitalismo y economía de libre mercado como sistema mejor para generar riqueza; principios cristianos para inspirar la vida individual y familiar, así como la esfera pública y la política), mejorarán sus perspectivas electorales. Al igual que el reconocimiento de la existencia de 80 millones de católicos. Diez millones más que los evangélicos. No es casualidad que el presidente de la Cámara de Representantes, y el máximo responsable del presupuesto en el Congreso, Paul Ryan sean católicos coherentes. Es un mero reflejo estadístico de la realidad. Como lo es que el recién constituido Congreso número 113 tiene un mayor número de mujeres, afroamericanos, latinos y asiáticos que ninguno previo. Y, mayoritariamente, en las filas demócratas.

La reforma de la energía recupera la idea original del presidente Nixon de buscar la independencia energética, en petróleo, gas, nuclear y renovables. El objetivo es que América produzca más energía para consumo propio y para exportar, dependiendo menos de los países árabes y de Rusia. La reforma del acceso a las armas de fuego y su uso no estaba en el programa electoral de nadie en las elecciones presidenciales del pasado mes de noviembre, pero los asesinatos de 22 personas –muchos niños-, en un colegio la pasada Navidad ha puesto en primera línea esta cuestión y, haya o no demagogia y/u oportunismo político, la realidad es que habrá de ser regulada porque hay demanda social, a pesar de lo que diga el lobby de las armas.

La reducción del déficit público estructural norteamericano no se va a arreglar en dos meses, pero al menos se pondrán las bases para encaminarlo, como hemos explicado más arriba.

Todos estos son retos de naturaleza doméstica, de política interior, que son los que más preocupan al presidente, a los dos grandes partidos y a la población general. Lógicamente, los mismos problemas de política exterior de 2012, se mantienen ahora, pero Estados Unidos debe limpiar su propia casa y mantenerla en orden, si quiere seguir liderando el mundo. Solo entonces podrá recuperar el Diálogo Estratégico y Económico con China. Presionar a Israel y a la Autoridad Nacional Palestina para que avancen en el proceso de paz. Buscar una solución a la guerra civil de Siria, que afecta a todo Oriente Medio, especialmente a los países limítrofes como Líbano, Israel, Palestina, Egipto, Iraq, e Irán. Impedir que Irán desarrolle un arma nuclear o que Israel lleve a cabo este año un ataque preventivo para impedirlo.

América todavía tiene que retirarse con éxito y honor de Afganistán y entender lo que ha supuesto la Primavera Árabe: los países revolucionados, con la democracia en el bolsillo, han votado a partidos islamistas que quieren imponer teocracias sunníes en vez de dedicarse a jugar alegremente en las redes sociales en Internet. Las relaciones entre Norteamérica y la Unión Europea no pasan por su mejor momento: los americanos siguen viendo como una amenaza para la economía estadounidense la crisis del euro y de deuda pública de Italia, España, Portugal, Irlanda y Francia. Europa no habla con una sola voz con América y solo Alemania, con su poderío económico, puede hacerlo. Reino Unido mantiene una nominal relación especial transatlántica con Estados Unidos, pero es más simbólica que real.

Los retos en política exterior para América son muchos y merecen ser tratados de manera diferenciada, en otro artículo. Al menos, hoy, ya sabemos con certeza una cosa: Hillary Clinton no seguirá al frente al departamento de Estado, sino que el senador John Kerry será quien lo haga. Kerry fue quien aupó a Obama al estrellato público en agosto de 2004, cuando el partido demócrata celebró su convención en Boston para elegir a Kerry como candidato presidencial frente a George Bush, y dio a Obama la oportunidad de dar el más importante discurso de la convención. Y, de aquella oportunidad nació el mito Obama, y el “Yes we can” y la doble victoria electoral del actual presidente, en 2008 y en 2012, aupando al primer afroamericano a la presidencia de Estados Unidos. Mujer o hispano, católico/a…, el siguiente presidente no tiene porqué ser blanco, alto y rubio y protestante: una nueva normalidad se ha impuesto en Norteamérica.

Jorge Díaz-Cardiel, Socio Director General de ADVICE Strategic Consultants. Autor de “Obama y el liderazgo pragmático”, “La Reinvención de Obama” y “Éxito con o sin crisis”.

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