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De Ruán a Islamabad: solidaridad ante la violencia islamista

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Primero, lo positivo: el ejemplo de espíritu cristiano de perdón y diálogo interreligioso que se ha observado en Francia un año después del brutal asesinato yihadista de Jacques Hamel, un sacerdote octogenario, en la iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray, diócesis de Ruán, una de las más antiguas de Francia.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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El propio presidente de la República se sumó al homenaje, con su primer ministro y el responsable de Interior. Asistieron a la misa, celebrada a la misma hora que la del P. Hamel, en la que perdió la vida el año pasado en el pequeño templo del siglo XVI. Ofició el arzobispo diocesano. Después de la ceremonia, fuera de la iglesia, se inauguró un “monumento republicano por la paz y la hermandad”, en memoria del sacerdote asesinado.

Emmanuel Macron pronunció unas palabras, casi como un mensaje a la nación: “El martirio del padre Hamel no fue en vano. Un año después, podemos comprender su sentido. Nos ha hecho más fieles a lo que somos, más fieles a aquello a lo que querían atacar. No vamos a dar marcha atrás”. Señaló que los terroristas habían fracasado en su intento de provocar a los católicos contra los musulmanes: “Hoy doy gracias a la Iglesia por haber encontrado en su fe y en sus oraciones el poder del perdón”.

Aprovechó para precisar su concepción de laicidad, en dos frases: “La República garantiza la libertad de creer o no creer. La República no debe luchar contra la religión”. Es más, espera que las diversas confesiones coincidan en “luchar contra el odio, que nunca puede triunfar, es una larga batalla que se libra todos los días”. Tuvo también frases elogiosas para el P. Hamel: su humilde vida, ofrecida por los demás, ha llevado a los franceses a reconocerse en él: “los asesinos han establecido un vínculo de unión entre los franceses: el rostro de Jacques Hamel, que niega toda arrogancia terrorista”.

Como sucedió tras la brutal agresión, ha surgido espontáneamente una amplia solidaridad de los creyentes de otras religiones, especialmente la islámica. Además, el rector de la Gran Mezquita de París, Dalil Boubakeur, invitó en un comunicado a todos los musulmanes de Francia a unirse al homenaje.

Esa solidaridad se va produciendo también en países conflictivos respecto del diálogo interreligioso como Pakistán. Son cada vez más los musulmanes cultos que levantan su voz ante las violaciones en aquel país de los derechos humanos contra las minorías, especialmente, la cristiana. No es ya raro que abogados musulmanes se arriesguen asumiendo la defensa de personas injustamente vejadas, cuando las masas no se toman lajusticia por su mano, y son denunciadas y juzgadas en los tribunales.

Pero no acaban de recibir un trato igual ni mucho menos digno. En parte, porque no avanzan los intentos de reformar las leyes vigentes, singularmente los preceptos penales relativos a la blasfemia. No voy a repetir que algunos de los promotores del cambio han perdido la vida de modo violento, y permanece la oposición de movimientos y partidos islamistas, deseosos de no perder apoyo popular. Tampoco que esa norma sigue siendo utilizada frecuentemente como venganza en disputas personales o como instrumento de intereses económicos. Los jueces condenan sin haber dirigido una auténtica instrucción, y se eternizan las apelaciones a los tribunales de rango superior. El caso más conocido en occidente es el de Asia Bibi: ha llegado al Tribunal Supremo, pero éste dilata una y otra vez su obligación de dictar sentencia.

Muchos miembros de las minorías son tratados como ciudadanos de segunda categoría. Basta pensar en la reciente muerte de un obrero cristiano en Lahore: perdió el conocimiento –por intoxicación respiratoria- mientras trabajaba en las obras de canalización de las aguas residuales; sus compañeros le llevaron a un hospital cercano, pero el médico de urgencias, musulmán, se negó a tocar su cuerpo, cubierto de barro, porque estaba ayunando y siguiendo las prácticas del Ramadán.

Otro obrero murió en Faisalabad (provincia de Punjab), a consecuencia del trato recibido a raíz de la sumisión a una familia de terratenientes musulmanes, para devolver una deuda contraída por sus padres. Esa “esclavitud por deudas” es otra fragrante violación de los derechos humanos.

Sólo cabe esperar que la condena por corrupción del primer ministro, Nawaz Sharif, abra el camino para la implantación en Pakistán de la igualdad de derechos, también para las minorías. Como hace cuatro años, tras el atentado en que casi perdió la vida la casi niña Malala Yousufzai -luego el más joven premio Nobel de la paz-, se introdujo el primer proyecto de ley para defender el derecho a la educación.

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