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Rubalcaba y un Gobierno de concentración

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Felipe González la ha “liado” en el PSOE al afirmar que un Gobierno de concentración podría ser adecuado si el país lo necesita.

Un artículo de...

Javier Arnal
Javier Arnal

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            Felipe González la ha “liado” en el PSOE al afirmar que un Gobierno de concentración podría ser adecuado si el país lo necesita. Justo cuando el discurso de los socialistas, en plena campaña electoral para las europeas, es desmarcarse del PP y evitar la previsible sangría de votos hacia IU u otros partidos minoritarios.

            Alfredo Pérez Rubalcaba, “Alfredo” como pidió en su momento que se le llamara para dar una imagen de cercanía y de paso evitar que Rubalcaba evoque páginas de triste recuerdo estando él en el Gobierno, ha sido tajante al responde que, mientras él sea secretario general de los socialistas españoles, no habrá un Gobierno de concentración PP-PSOE.

            Una  pregunta incómoda es plantear qué opina la mayoría de los españoles, al margen de los “gurús” electorales de uno u otro partido, y al margen de los líderes de cada uno de los dos partidos.

            Nadie tiene una “bola de cristal”, pero en la calle sí hay una percepción de que España necesita un Gobierno fuerte, alejado de radicalismos, que dé estabilidad y coherencia a las políticas gubernamentales.  Muchos ciudadanos piensan que los dos partidos mayoritarios deberían ir de la mano en cuestiones básicas, como atajar el independentismo, pactar las líneas básicas de una política de empleo, erradicar la corrupción política,  ejecutar una política de infraestucturas sin veleidades partidistas ,   o acabar con ETA, por mencionar algunos asuntos que están boca de todos.

A la vez,  escucho una y otra vez a multitud de personas que un Gobierno de concentración en España es imposible porque prima el partidismo y falta una política de Estado en beneficio del interés general mayoritario, que aquí es imposible lo que sí sucede en Alemania. Entre los empresarios españoles es más evidente la reivindicación de grandes pactos entre PP y PSOE, o un Gobierno de coalición, para favorecer la recuperación económica y ganar la confianza de empresas e instituciones del extranjero.

Un Gobierno fuerte puede salir de las urnas, otorgando una mayoría absoluta o que garantice la gobernabilidad, pero la aparición de nuevos partidos produce la sensación de que una fragmentación del voto puede dificultar la recuperación económica y la convivencia pacífica en nuestro país. Bajo el argumento de “castigar” al PP o al PSOE, hay incertidumbre sobre el resultado, y no es para menos.

El independentismo catalán es un factor desestabilizador evidente. Pero también lo es, y tal vez en mayor medida, la tibieza con que algunos líderes socialistas se comportan, pues han pactado con partidos independentistas o mantienen posturas ambiguas en la actualidad. Basta recordar a Carod-Rovira – que por otro lado negoció por su cuenta con ETA- o ver a Ximo Puig, candidato socialista a la Generalitat Valenciana, cómo “coquetea” o calla ante posturas independentistas de Compromís y Esquerra Unida, pues cuenta con gobernar en un tripartito con estos dos partidos.

El trazado del AVE ha sido otro ejemplo de partidismo. El PSOE castigó a la Comunidad Valenciana, y se ha comprobado que la línea a Alicante es la más rentable de todas. Inaudito.

Me parece que la causa de negar un Gobierno de concentración es la falta  de madurez política en nuestro país, así de sencillo. Deberían acabarse las simplificaciones de “izquierda” y “derecha”, como insiste la socialista Elena Valenciano, y buscar el bien del país,  sin descartar un Gobierno de concentración. No es un país para partidismos en estos momentos, y no debería serlo nunca, pero al menos en la actual situación  debemos exigirlo si no sale un partido fuerte de las urnas. Falta altura de miras en nuestros políticos.

En el PSOE da pánico un Gobierno de concentración con el PP porque, salvo sorpresas, llevaría la batuta el PP, y ser “segundo” es duro para quien ha gobernado España durante tantos años. Pero también el PSOE debe sopesar si le conviene, a medio plazo, seguir jugando el papel de oponerse a todo cuanto haga el PP por sistema, o bien ganarse el prestigio de un partido razonable, que sabe felicitar y criticar, sin una política infantil e inmadura que puede agravar su pérdida de apoyo electoral en España. Soñar en España está permitido, aunque Rubalcaba se enroque: tal vez por eso mismo debe dejar que su puesto a otro que capte las necesidades actuales de España.

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