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Tribuna libre

Ruido de urnas mientras ZP nos aconseja que sentemos un solidario a nuestra mesa.

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Para cualquier gobernante, con independencia de que convoque o no convoque elecciones, que se alcen voces incluso en su propio partido sobre la conveniencia de adelantar los comicios es siempre una mala cosa.

Y además de mala cosa es el principio del fin aunque ese fin esté lejano e incluso llegue con la legislatura concluida. Lo único que ha supuesto la crisis económica ha sido una aceleración y un poner en evidencia la propia crisis del presidente del Gobierno. Una crisis derivada de su ineptitud para gobernar, de su afición por la demagogia, por negar la realidad y por dirigir la política española a base de parches improvisados. Y eso lo sabían muchos socialistas cuando negaron su confianza a Bono y se encontraron con que sólo tenían a mano a Rodríguez Zapatero.

Encastillado en las políticas sociales y en la solidaridad es risible que un gobernante afirme que hay muchos españoles encantados con ser solidarios y que les suban los impuestos. Siente un solidario a su mesa porque los parados no caben.

Quienes en el PSOE arropan a Rodríguez Zapatero –pocos- ya sólo mantienen la esperanza en que el tiempo pase y se pueda llegar a las elecciones con una situación económica mínimamente soportable. Los que critican la gestión del presidente del Gobierno –cada vez más- hablan de desconcierto dentro y fuera del Ejecutivo y airean los expedientes a doce militantes que discrepan.

Nunca como ahora se había escenificado la ruptura dentro del socialismo. Como mínimo hay tres frentes abiertos: el Gobierno, el Grupo Parlamentario y Ferraz. Se dijo, y posiblemente sea verdad, que el fin de Adolfo Suárez coincidió con el ocaso de Fernando Abril Martorell. Que Felipe González comenzó la cuesta abajo al faltarle el apoyo de Alfonso Guerra, y que José María Aznar se equivocó en su enfrentamiento con Rodrigo Rato. Si es así, Rodríguez Zapatero pudo equivocarse al defenestrar a Jesús Caldera y al alejar a José Blanco de Ferraz.

Y que la crisis de Rodríguez Zapatero es independiente de la crisis económica, lo demuestra su soledad ante ciertos grupos mediáticos y los rifirrafes continuos con los nacionalismos, el abandono de ex ministros, las opiniones de ‘santones’ como Carlos Solchaga y hasta la histriónica política exterior que va desde el jamón en Moscú hasta el aguante exhibido frente a los insultos de Evo Morales. Por cierto, que ante lo que dijo el bolivariano y tras la condonación de la deuda, muchos castizos recuerdan aquello de ir por lana y poner la cama, ¿o no era así?

El Presidente está sólo o mal acompañado de los que le deben el ministerio o el escaño porque se lo ha ganado a pulso desde el primer día que llegó a La Moncloa. La gestión de la crisis es un despropósito más, muy grave, pero uno más, que hay que unir a los coqueteos absurdos con los nacionalismos, con las autonomías, con los sindicatos o con la patronal. Con todos y con nadie.

¿Alguien se puede extrañar de los penosos referéndums en Cataluña o de las declaraciones de Puigcercós, o de los lodos de la ley del aborto –extraña unanimidad de los Consejeros de Estado- o de la fila de colaboradores de ‘usar y tirar’?

Claro que la salida de Solbes no ha sido elegante, pero tampoco fue elegante mantenerlo contra viento y marea en la segunda legislatura para concluir, con el cinismo por bandera, que ‘tiene derecho a un descanso’.

Claro que son extrañas las salidas de Jordi Sevilla y de César Antonio Molina, pero vendrán más y cada vez serán menos extrañas.

Claro que la oposición no está aprovechando bien lo que el propio Rodríguez Zapatero le está poniendo en bandeja, pero nada de eso forma parte de la crisis económica y sí de la crisis del propio ZP.

Una crisis que, como siempre, queda paliada por las crisis de unos y otros. Ruíz Gallardón, en plena crisis olímpica y con las basuras a punto; Rajoy, con sus brumas gallegas y con el lastre de los nombramientos en la apoteosis valenciana; Laporta, con sus crisis de neuronas que si no son una distribución genética le falta poco, y no digamos nada la crisis en La Zarzuela en donde después del conato de cese del Rey por parte de Cayo Lara, ahora Esquerra reclama el cuadro de Dalí que está colgado, al parecer, en el despacho de Don Juan Carlos. Vamos, que además de la Corona, al Rey le quieren quitar los muebles.

Y que se entere el presidente del Gobierno.  Solidario o no, no sólo no hay nadie al que le guste que le suban los impuestos sino que muchos españoles, parafraseando a George Clooney, prefieren un tacto rectal.

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