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Tribuna libre

Rusos y americanos enfrentados en Dublín

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La gran novedad de la CSCE fue promover un concepto de seguridad que iba más allá de la dimensión política y militar.

El XIX Consejo Ministerial de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) se reunió en Dublín el 6 y 7 de diciembre de 2012. Este foro paneuropeo y euroasiático, que cuenta con 57 Estados participantes, es el heredero de la CSCE, la conferencia que durante la época de la distensión , reunió a 35 Estados, de los dos bloques y neutrales, que suscribieron en 1975 el Acta Final de Helsinki.

La gran novedad de la CSCE fue promover un concepto de seguridad que iba más allá de la dimensión política y militar, y abarcaba además las dimensiones económica y humana, entendiendo por esta última el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales. Desaparecidos los regímenes comunistas, la euforia inicial de la posguerra fría en Occidente alimentó el espejismo de que la democracia se impondría desde Vancouver a Vladivostok. Los nacionalismos de toda índole, centrífugos y centrípetos, han demostrado en dos décadas que esto no es así, y la labor de la OSCE se ha hecho mucho más difícil porque si bien el decálogo de Helsinki, que rige las relaciones entre los Estados participantes, habla de la no intervención en los asuntos internos de otros Estados, no es menos cierto que también se refiere al respeto de los derechos humanos, y a la vez considera que ambos principios no son incompatibles entre sí. Dicho de otro modo, sin el concepto de dimensión humana, la seguridad global, que precisa de la cooperación interestatal, carece de sentido. Sin embargo, algunos países de la OSCE siguen considerando que la libertad de los medios de comunicación o las actividades de ONGs defensoras de los derechos humanos, son una injerencia inadmisible en sus asuntos internos. No se respetan los compromisos asumidos por los Estados participantes, y aquí no vale la excusa de que sólo son políticamente vinculantes.

La OSCE es un foro que refleja las situaciones de tensión entre algunos Estados y es una caja de resonancia de las situaciones internas de ciertos países, por mucho que los gobiernos no admitan críticas que consideran a un atentado a su sacrosanta soberanía. El problema es que en vísperas del 40º aniversario del Acta de Helsinki, la OSCE carece de suficiente visibilidad en los medios y los gobiernos no siempre envían a sus más altos representantes para participar en Cumbres y Consejos ministeriales. Es probablemente una consecuencia del mayor protagonismo adquirido en la seguridad europea por la OTAN y la UE. En cualquier caso, un Consejo ministerial de la OSCE puede servir para medir la temperatura de las relaciones entre Moscú y Washington, que perciben la organización de maneras opuestas.

En Dublín estuvo presente el veterano ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, cuyas preocupaciones se centraron en la hard security, en la instalación por la OTAN de un escudo antimisiles, con el trasfondo de la amenaza nuclear iraní, pero que Moscú considera dirigido contra Rusia, por mucho que EEUU y otros miembros de la Alianza persistan en asegurar lo contrario. Para Lavrov, esto es una violación de los compromisos de la OSCE, en cuya Carta sobre la Seguridad Europea podemos leer que ningún Estado acrecentará su seguridad a expensas de otros Estados. Es el mismo argumento empleado por los rusos para oponerse en años pasados a la ampliación de la OTAN a países que estuvieron en su día bajo el dominio soviético. También atentaría contra el principio de que la seguridad es indivisible, pues, según los rusos, el escudo antimisiles es una causa de división en toda el área de la OSCE. Lavrov se mostró preocupado por la falta de progreso en el control de armamentos convencionales en Europa y lamentó la existencia de "conflictos congelados" en Europa, aunque sólo citó a Chipre y Kosovo, olvidando los del norte del Cáucaso y Moldavia, en los que la propia Rusia está implicada. Y sobre los aspectos humanitarios, el ministro ruso sólo se centró en problemas derivados de la adopción de niños y en los obstáculos para la obtención de visados.

Por contraste, Hilary Clinton, en sus últimas semanas como secretaria de Estado, no fue tan variada ni tan extensa en su intervención como Sergei Lavrov. Se centró en la dimensión humana al recordar que la gran aportación de la CSCE/OSCE ha sido establecer el vínculo inseparable entre la seguridad de los Estados y la seguridad de los ciudadanos. La contribución de los disidentes de los regímenes comunistas a su caída está relacionada con los compromisos asumidos por los Estados en el Acta Final de Helsinki. Los gobiernos los incumplieron, pero los disidentes estaban allí para recordárselos. Clinton recordó que los compromisos de la OSCE no se están respetando. Algunos Estados siguen restringiendo los derechos humanos, presionan a los periodistas y acosan a las ONGs humanitarias. No tuvo reparo en citar sus nombres: Bielorrusia, Ucrania, Tayikistán, Uzbekistán, Turkmenistán y Kazajistán. Terminó refiriéndose a la propia Rusia, aunque tampoco omitió citar a Hungría y Rumania, socios de la OTAN. Clinton no dedicó demasiado espacio a Rusia en su discurso, pero implícitamente volvió a referirse a ella cuando dijo que había que evitar determinados cambios institucionales dentro de la OSCE que limitaran la participación de las ONGs en sus discusiones, por no hablar de los vetos de propuestas que podrían solucionar crisis que siguen sin estar cerradas en Europa. En definitiva, EEUU apuesta por la flexibilidad de la OSCE, con sus compromisos de naturaleza política, y por no caer en el encorsetamiento de una organización con compromisos exclusivamente jurídicos, tal y como propone Rusia, siempre más interesada en los aspectos políticos, militares y económicos de la seguridad que en los relacionados con los derechos y libertades.

En Dublín rusos y americanos se han enfrentado verbalmente una vez más en el seno de la OSCE, donde resultará prácticamente imposible alcanzar el consenso de los 57 Estados participantes como en el pasado. Estamos ante otro signo del deterioro de las relaciones entre Moscú y Washington al comienzo del segundo mandato de Obama, con un Putin que tampoco ha dejado su retórica antiamericana. Si además el presidente Obama pretende centrarse, en mayor medida, en el área de Asia y el Pacífico, las perspectivas no son halagüeñas para las relaciones entre los dos países.

Antonio R. Rubio Plo, analista de política internacional y profesor de política comparada.

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