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Tribuna libre

Rutas por el cine

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El cine como creación era un solar inmenso y vacío en la periferia de una modernidad aún no culminada, hasta que a finales del XIX empezó a trazarse su urbanismo de luz y mitos.

El cine como creación era un solar inmenso y vacío en la periferia de una modernidad aún no culminada, hasta que a finales del XIX empezó a trazarse su urbanismo de luz y mitos. Se convirtió enseguida en el barrio preferido, de entre todos los que componen el distrito de las artes, para mudarse allí con los bártulos de la fantasía. Un barrio que no distinguía ni distingue de clases o de ideas, donde cualquiera es bienvenido.

Las productoras fueron erigiendo sus edificios no con piedra ni con ladrillo, sino con ese mismo stuff that dreams are made of de los halcones que vienen de Malta. Película a película iba configurándose el trazado de un nuevo medio de expresión: al principio callejuelas oscuras y silentes, después otras grisáceas aún pero animadas de bullicio, que más tarde derivaban en anchurosas avenidas llenas de color, lejos ya del núcleo originario, hasta la zona de expansión de nuestros días, con dispersos rascacielos domóticos en 3D.

Para recorrer el cine no es necesaria la planificación. Puede uno guiarse por el azar de lo que ofrecen la cartelera, la programación televisiva o la mano que coge un DVD u ordena una descarga en Internet sin más criterio que el impulso. Esta actitud es perfectamente lícita y se parece a la del flâneur que callejea sin rumbo definido, dejándose sorprender por el espectáculo imprevisto de los lugares adonde lo han llevado sus pasos.

La desventaja de proceder así es que puede uno perderse cosas importantes. Si da la casualidad de que su recorrido no premeditado nunca hace desembocar al espectador en la plaza donde se yergue el templo más valioso, pues a lo mejor se queda sin ver De entre los muertos. O si no sabe cuál es el local más vanguardista de todo el barrio porque nadie se lo ha dicho, lo mismo se queda sin entrar y sin tomarse una copa de desasosiego en Inland Empire. Por eso es mejor prepararse unas rutas.

Y las rutas por el cine son los ciclos. Los hay de tantos tipos como uno quiera. Cronológicos, desde lo más antiguo del casco histórico, que son los Lumière, hasta los confines suburbanos de unos dos mil mediocres en lo fílmico. Estilísticos, que proponen visitar el expresionismo alemán como un conjunto de palacios barrocos, o Dogma 95 como las salas de un museo de arte conceptual. Temáticos. Por directores. Por intérpretes. Por productores. Por géneros y subgéneros. Por autores de bandas sonoras. Por dos o más criterios de los anteriores, entremezclados. En fin, ahora que es verano —hay tiempo y hace calor—, aprovechen para hacer unas cuantas rutas por el cine sin moverse del sillón.

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