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Sarah Palin

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Sarah Palin representa el modelo perfecto de la abominación para esos progresistas que han encontrado en Bush un guiñapo fácil de tundir. Pero lo tendrán más complicado con la gobernadora.

Desveló McCain quién iba a acompañarlo en su aventura presidencial y conoció el mundo a Sarah Palin, gobernadora de ese estado que en los mapas sale a veces flotando en el vacío, como si Canadá fuera sólo una bocanada de éter. Hay quien critica su bisoñez en materia de exteriores, pero la misma carencia parece que tiene Obama, y él encabeza una candidatura. Si todo tándem político es un sistema de apuntalamientos mutuos, preferible será que lo accesorio se apoye en lo principal antes que la opción inversa.

Un sector de la población, sobre todo a este lado del Atlántico, frunce el ceño ante el conservadurismo acendrado de Sarah Palin. Representa el modelo perfecto de la abominación para esas gentes progresistas que han encontrado en Bush un guiñapo fácil de tundir, pero que lo tendrán más complicado con la gobernadora si llega a vicepresidenta. No es lo mismo arremeter contra un hombre conceptuado como niño de papá, cretino y borrachín, que contra una mujer en quien la mayor parte de supuestas tachas no son sino manifestaciones de coherencia.

Cuando no se ha vivido nunca en la opulencia y además se está contra el gasto público superfluo, es lógico reducirlo, por ejemplo renunciando al avión oficial del predecesor en el cargo, para desplazarse con el Volkswagen de la familia, que le sale mucho más barato al contribuyente. Cuando se está a favor del desarrollo, a lo mejor no debe escucharse al oráculo ecologista que sacraliza al oso polar en detrimento de las necesidades energéticas de la población (y esa población lo aprueba con más de un 80% de popularidad en Alaska). Cuando se defiende la vida en serio, se acepta en todas las circunstancias, incluso en las menos gratas, como ha hecho Sarah Palin con su quinto hijo, aun sabiendo antes de nacer que tendría síndrome de Down.

Quizá lo menos importante de Sarah Palin, a efectos políticos, es que sea mujer: las hay muy válidas y muy ineptas, sin que tenga que ver el sexo. Pero es mujer, una hermosa mujer que participó en un concurso local de belleza, una valiente mujer criada en el Oeste y habituada ya desde pequeña a realizar exactamente las mismas actividades que los varones, una esforzada mujer a quien no resulta difícil imaginar recorriendo miles de kilómetros en una incómoda pick-up para poner fin a cualquier mínima discordia familiar con los parientes –si los hubiere– de la otra costa del país. Una mujer de estas características honraría, como suplente o como titular –en caso de que ganen los republicanos y McCain mediante, a quien Dios guarde muchos años– la presidencia de los Estados Unidos.

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