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Tribuna libre

Sequía

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Es cíclica. Como la vida. La sequía del columnista. Al igual que la del compositor es un gran drama personal. Quienes más sufren sus consecuencias son los lectores y seguidores.

Es incómoda. Como una fría gota de lluvia bajando por el cuello. Es inevitable. Como la muerte. Y es cíclica. Como la vida. La sequía del columnista. Al igual que la del compositor es un gran drama personal. Pero quienes más sufren sus consecuencias son los lectores y seguidores.

Ya sé que siempre los hay tan fanáticos que ni se dan cuenta de que un determinado disco, un libro o una columna de opinión es un montón de basura, acumulada con desgana, en horas y horas perdidas velando a la última de las musas muertas. Pero lo normal es que perciban en un mal texto o una mala canción el final de un ciclo y quizá, en su interior, la injusta muerte de un ídolo. Escribo “injusta”, porque en el caso del escritor, la muerte creativa nunca es definitiva. Salvo que no sea sólo creativa. Para el columnista diario la crisis creativa es especialmente dramática. Tal vez ustedes se estén haciendo estas mismas preguntas: ¿Por qué razones puede un articulista caer al oscuro pozo de la falta de ideas? ¿Cómo se puede salir de ahí?

Con sus propios textos, varios de los articulistas españoles más veteranos me han respondido a esta última pregunta con soluciones dispares. En una ocasión un conocido columnista de uno de los principales diarios nacionales se enfrentó a un triple drama: crisis creativa transitoria, ataque de indecisión sobre el tema a abordar por culpa de una sobrecarga de noticias de interés, y goteo del tiempo en la oreja insinuando que toca escribir contra el reloj. Este veterano escritor optó por la sinceridad. Enumeró todos y cada uno de los asuntos de actualidad que podrían dar lugar a una de sus columnas y llenó así su artículo. Después dedicó el último suspiro del texto a confesar su lamentable situación creativa y la falta de tiempo disponible para tomar la decisión adecuada sobre el contenido de su columna. El experimento resultó efectivo, aunque pobre.

Uno de los columnistas más interesantes y divertidos de la prensa americana se encontró ante una situación similar. No sabía sobre qué escribir, el tiempo había volado entre indecisiones, y llegaba la hora de enviar su columna. En el papel, tan solo dos o tres frases inconexas escritas con trazo irregular. Optó entonces por la sinceridad, aunque de manera más radical que en el caso anterior: confesó la cantidad de dólares que le pagarían por ese texto y dedicó el resto de su columna a razonar que si después de tanto tiempo firmando artículos de éxito la empresa decidía no pagarle esa misma cantidad, pese a haber escrito ese día algo de poca calidad, se metería en un lío innecesario. Hay que tener cierto bagaje para abrazar así los cuernos del toro y salir vivo. Pero salió vivo.

En España, en los cuatro o cinco principales diarios, hay columnistas que parecen estar siempre en crisis mientras que hay otros –pocos- que atraviesan una interminable edad de oro. Me consta que alguno de estos segundos guarda unas cuantas columnas de repuesto por si llegan los malos tiempos. Esos artículos que uno puede lanzar en cualquier momento del año sin que resulte chirriante. Es una forma de mantener siempre alto el listón. Pero también es una forma de mentir.

Me parece una manera poco honesta de enfrentarse a uno de los pocos sobresaltos –amenazas y presiones aparte- por los que atraviesa la vida de quien debe publicar una opinión periódica. Una vida que por lo demás es una mezcla de sinsabores y sin colores, y sin olores. Es como un cohete que se pierde en el cielo tras hacer mucho ruido al subir. Una histeria que te persigue hasta que das a luz un texto que normalmente ni fu, ni fa. Nunca sabes con exactitud si has movido algún corazón, o si has acertado en el ojo adecuado con la pedrada. No persigues ni obtienes mucho más que unas horas colgando de un papel, real o electrónico, como la ropa mojada tendida al viento de la actualidad. Que pasan los toros y, o la embisten, o ni se detienen a despreciarla. Rara vez la aplauden.

Así lo he vivido a veces, así me lo han contado, y así también lo he leído en los ojos de los que tienen la obligación de opinar todos los días sobre alguna pincelada de actualidad. Como si fuera propio de personas cuerdas tener criterio sobre todo en todo momento.

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