Lunes 18/12/2017. Actualizado 01:04h

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Tribuna libre

¡Servilismo no, gracias!

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Amigas y amigos, el poder político no puede ser el criterio supremo que dicte nuestras normas de conducta, sería dejar manipular nuestra conciencia por los que mandan.

Me corrigen lectoras y lectores sobre el insistente idealismo de estas columnas semanales. Pues sí. ¿A quién no le gusta ver la luz al final del túnel? ¿Quién no ha tenido nunca miedo, o ha llorado y ha buscado el consuelo en una palabra amiga? Podemos pasar por muchas dificultades pero siempre es preciso tener la libertad de espíritu a flor de piel. Ver con ojos que trasciendan incluso a actuaciones de la mayoría. Dar a manos llenas, palabras y obras, aun estando bajo mínimos, a contrapelo.

Todos podríamos explicar las dificultades para ser coherentes. O las diferentes reacciones cuando el ambiente exige “pasar por el tubo” ideológico. Pero miren ustedes, ¡un poco de “complejo” de superioridad! El bien instalado se niega a reconocer, en muchas ocasiones, la crudeza de la crisis moral. Por eso creo que es el momento del compromiso con la ética. No nos vale vivir de rancias rentas y tampoco satisface a nadie el “todo a cien” progre y superficial que nos ofrecen. Reclamo ser el eterno inconformista, el siempre joven por disidente y rebelde.

Por eso, creo que no hemos de dudar en gastarnos por defender la libertad y la dignidad de cada persona, aunque piense muy diferente a nosotros. Y aquí es donde les pido urgencia y valentía para no quedarnos en reclamar la libertad sólo para uno mismo. Eso sería volver a ser súbditos, pues nuestra libertad está conectada al servicio de la humanidad entera.

Y en este punto, reconozco cierto enfado al ver que soportamos impasibles el avasallamiento de extranjis que supone perder progresivamente muchas parcelas de libertad. Cedidas las más de las veces al Estado que piensa por nosotros en tantas cuestiones vitales. Eso es un servilismo paralizador y poltrón: Ser cómplices con la incompetencia de quien no siempre defiende el bien común.

Amigas y amigos, el poder político no puede ser el criterio supremo que dicte nuestras normas de conducta, sería dejar manipular nuestra conciencia por los que mandan, someternos a una ingeniería social al albur de quien gobierne en cada momento.

¿Quién se conformará con una democracia sólo formal, vacía de contenido? ¿Quién despreciará el equilibrio necesario entre libertad y bien?

Comprenderemos que cualquiera de nosotros nos podríamos meter en sistemas de engaño/confusión, en los que nuestras facultades perceptivas se van a nublar seguramente. Incluso es posible llegar a perder los sentimientos más propios de la humanidad. Y si eso ocurriera, nunca vamos a estar solos. Salir de la espiral torticera e insolidaria será posible al mirar con ojos nuevos al mundo. Ser jóvenes siempre y por eso más reacios para dejarse engañar. Recuperar los altos ideales que todas y todos tenemos.

Disculpen, pero la emocionante realidad de explicar lo que es ir contracorriente no cabe en una columna. No temamos perder pie ante el abismo de prepotencia y abuso que se da en tantos lugares, pues humillarse ante los poderosos es una de las mayores muestras de falta de libertad.

Además, como la charnela en que se unen libertad y  responsabilidad es el sentido común y la prudencia, nuestros actos y su reflexividad nos irán formando. Y no olvidemos que muchos mandan sólo con la idea de seducir a ciudadanos, que en realidad esclavizan.

Pues, ¡tate!, para una ideal y humana regeneración, para un nuevo encantamiento del mundo, luchemos todos, ahora, por acrecentar la honradez y el espíritu de servicio; como en otros tiempos luchó la gente más madura, y tal vez nosotros mismos, por la democracia.

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