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Tribuna libre

Sesión de hipnosis

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Cualquiera que haya seguido la fiesta socialista por televisión habrá caído rendido a sus efectos. Se cuentan por miles los casos de españoles que al término del telediario de TVE del pasado domingo cayeron frente a sus televisores.

Hay que tener cuidado con la llamada puesta en escena. Se denomina así a la peligrosa práctica consistente en estropear en cinco minutos, delante de cientos de testigos, el plan que sesenta asesores y publicistas han urdido con mimo durante horas en algún oscuro tugurio adecentado para que los creativos puedan pastar a gusto. Los creativos –que todo hay que explicarlo- son esos tipos mágicos e impredecibles, que querrían haber sido escritores, pero no sabían escribir, querrían haber sido pintores, pero no sabían pintar, y querrían haber sido cantantes, pero no sabían cantar. Por eso son, por fin, creativos. Eso sí que lo bordan. El hecho de que procedan de tres frustraciones no los convierte en seres inferiores. Pero tampoco en seres superiores.

Cuenta la leyenda –y si no lo cuenta, desde ahora va a contarlo- que Elías Terisco era un desconocido cónsul romano, en la época de los cónsules romanos más desconocidos. Tal vez su nombre no ha trascendido lo suficiente a lo largo de los siglos, pero algunos no dejamos de reivindicarlo todo lo que podemos. Muchos lo consideran el inventor de la “puesta en escena”. Dos veces por semana sentaba a sus asesores en una lujosa sala y les concedía veinte minutos para redactar su próximo discurso. No se trataba sólo de discurrir el texto, sino que estaban obligados a acompañarlo de anotaciones sobre el énfasis o los gestos que debía poner Elías Asterisco Almohadilla, que así era su segundo apellido.

Los asesores, además de precisar con palabras la gesticulación que recomendaban al jefe en cada frase, debían dibujarla con exactitud, trazando en papeles al propio cónsul en las diversas fases de la faena oratoria. Muchos asesores caían ya en este punto, al dibujarle las orejas demasiado grandes al cónsul. Terisco lucía unas orejas tan formidables, que a su lado el Príncipe Carlos de Inglaterra y el mismísimo Dumbo parecerían simples aficionados en la materia. De ahí que los asesores menos pelotas y más fieles a la triste realidad física de Terisco resultasen los primeros abatidos en su entretenida cacería. Pasados los veinte minutos, el cónsul leía el discurso propuesto por cada uno de los asesores supervivientes. Si le gustaba, lo guardaba y lo recitaba. Si no le gustaba, seis asesores menos. Se dice que gastaba entre sesenta y ochenta toneladas de creativos al año. Un récord sólo superado, muchos años después, por un mandatario europeo con menos alegría en las orejas y mucho más duende en las cejas.

Zapatero no es cónsul, ni romano, ni forma parte de ninguna leyenda. Pero coincide con Elías Terisco en el uso y abuso de asesores y creativos. El pasado domingo organizó una fiesta socialista donde lo único que quedó claro es que se le escapa una millonada al mes en sueldos de creativos y asesores. La puesta en escena fue un éxito, si entendemos la representación como una divertida comedia, a ratos más próxima al circo, a ratos más cercana al melodrama. Algunos han calificado el mitin de “hortera”, de “carnavalada” o incluso de “fiesta de instituto”. Pero lo cierto es que en ningún instituto español pueden permitirse semejante montaje de luz y color, semejante explosión de nuevas tecnologías. Y en caso de que alguno pueda alcanzar tales medios, seguro que no podrá llegar al grado de sedación masiva logrado por el gobierno en su cómico velatorio del fin de semana.

Cualquiera que haya seguido la fiesta socialista por televisión habrá caído rendido a sus efectos. Se cuentan por miles los casos de españoles que al término del telediario de TVE del pasado domingo cayeron frente a sus televisores. E hipnotizados, poseídos por un extraño hechizo, comenzaron a corear lemas como “¡Antipatriota, la crisis no se nota!” o “Yo no estoy parado, tan sólo un poco quieto”, alternándolos con sandeces de calado más que considerable como “Presidente no hay más que uno, que empieza por Zapa y acaba en Tero”, “Alfonso dales caña” –un clásico, improcedente, pero clásico al fin-, “Zapatero es un ser superior, confiemos en su sonrisa” o “Gracias a Zapatero, de la crisis no me entero”.

Elías Terisco estaría orgulloso del espectáculo que dio Zapatero en su enésima imitación del estilo Obama más embaucador. Quizá el cónsul romano no habría consentido tanta horterada, pero habría tomado buena nota del fenómeno paranormal y de sus increíbles resultados. Porque lo del domingo fue casi brujería, una extraña sesión de hipnosis. Otra más. Pero esta vez más cara, más espectacular, más desesperada, y más cursi. Sí. No me pregunten cómo, pero han logrado ser más cursis aún.

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