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Tribuna libre

Sexo en adolescentes y jóvenes

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Adolescentes y jóvenes sufren un impacto mediático continuado, lleno de genitalismo y de relativismo. Y los padres y educadores reconocen con frecuencia no tener la necesaria preparación para ofrecer una adecuada educación sexual.

Hace unos días leí aquello del gran Jorge Luis Borges: “Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”. Pues deseo que eso puedan ser estos articulillos estivales. A ver si tenemos todos, aun en este tiempo de calores, buenos estímulos para sentir la realidad y hablarla, sacarla de uno mismo y ponerla a debate.

Por ejemplo, ante los tristemente repetidos casos de violencia sexual en nuestro país, conviene dar la vuelta a tan dramática cuestión. Urge tomar decisiones sensatas y prácticas, ir a la raíz y reconocer que es evidente la necesidad de una mejor educación sexual y afectiva. Por eso, ante todo, recordemos que la sexualidad humana es una llamada al amor, a expresar altos valores que contribuyen a la plena madurez del hombre y a su entrega desinteresada; que la sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en lo físico, sino también en lo psicológico y espiritual.

Pero también es verdad que adolescentes y jóvenes sufren un impacto mediático continuado, lleno de genitalismo y de relativismo. Y es cierto que los padres y educadores reconocen con frecuencia no tener la necesaria preparación para ofrecer una adecuada educación sexual.

Los adultos intentamos ofrecer referentes pero, a menudo, los poderes públicos se quedan con campañas de mínimos –ponte preservativo- e incluso ideologizadas.

Ante eso nos toca a todos proporcionar discernimiento y ayuda para madurar juntos, atraer la inteligencia a lo verdadero, motivar la voluntad hacia el bien, hacia la plena realización de las personas.

Para ello necesitamos una educación para el amor, con criterio, que ofrezca a hijos y alumnos una educación sexual clara y delicada, que supere una mera información sólo científica, que prepare a las gentes para poder amar con todo su corazón y con todo su cuerpo.

Hemos de reconocer que la desestructuración de muchas familias, la ausencia de límites y de control parental, los mas media con su poder, a veces irresponsable, de sugestión sobre jóvenes y menores, son tremendos elementos que distorsionan un equilibrado desarrollo y fabrican verdaderos analfabetos afectivos.

¿Qué hacer? Pues, lo primero, hablar claro y sin complejos. No minusvalorar la sexualidad, formarnos adecuadamente, considerar los valores positivos que se deben descubrir y hemos de apreciar en ella; eso incluso antes que la norma moral que no se debe incumplir. Decir a adolescentes y jóvenes que somos mucho más que un cuerpo, que la decisión de tener o no tener relaciones sexuales es una de las más importantes que tomarán en su vida, y han de pensar bien antes de actuar. Pongámosles en guardia ante frases engañosas como: “Si de veras significo algo para ti, tendrás relaciones sexuales conmigo”.

Es así como veremos la importancia de educar también la voluntad, los sentimientos y las emociones. Reconoceremos que es preciso el dominio de uno mismo y de esta manera, sin dudar, trabajaremos las virtudes del pudor, la templanza, el respeto propio y ajeno y la apertura a los demás. Pero todo ello desde el suelo de las certezas vitales, base principalísima para las certezas morales, lejos de confusiones sentimentaloides y degradaciones ambientales.

También, la clave va a estar en reconocer que el cuerpo recuerda al hombre y a la mujer su constitutiva llamada a la fecundidad, como uno de los principales significados de su ser sexuado. Y aparece entonces la maravillosa capacidad de donación, de amor desinteresado, que se hace imprescindible en unas cordiales y espontáneas relaciones afectivas, pues facilitan el señorío sobre las emociones y el poder comprometerse con seriedad.

Ejercitémonos, pues, en una nueva pedagogía de los valores, centrados en el criterio y la justicia como referencia continuada. Nunca hemos de olvidarlos como algo básico para una educación íntegra y de calidad.

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