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Víctima y pagano, el conductor privado es el gran perseguido de nuestras ciudades en las que, con cualquier pretexto, se aprovecha para imponerle una multa, un nuevo impuesto o una restricción más para circular.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Una de las manías de los ayuntamientos es la persecución del coche privado. Madrid es uno de los focos principales de esa persecución. Zonas de parquímetros de todos los colores, prohibiciones variadas y hasta insospechadas, aparcamientos públicos y privados con precios prohibitivos, barrios enteros cerrados al tráfico, radares por todas partes y ahora, con el pretexto de la contaminación, se reduce sin más la velocidad en ciertas vías.

La contaminación es grave y peligrosa para la salud, pero habrá que explicar muy bien que la reducción de la velocidad es capaz de conseguir, cuando menos, paliar el problema. (Dicho sea entre paréntesis, pasa lo mismo que con el cambio de la hora, medida de la que alguien debería explicarnos si, realmente, consigue algún ahorro).

Además, resulta que el conductor perseguido -convertido en participante en una carrera de obstáculos- es el gran pagano de los impuestos. Desde los que gravan el carburante, hasta el risible impuesto de circulación. Además, el sufrido ciudadano que pretende utilizar su vehículo, ha de soportar continuos atascos, que ya son endémicos y no varían, un día tras otro. El mismo ayuntamiento que recauda un impuesto de circulación, informa cumplidamente de las zonas por las que es imposible circular debido a los atascos.

Todo es un sin sentido del que la única víctima es el conductor privado al que, tras cobrar impuestos por circular, por aparcar y hasta por respirar, se le aconseja que utilice el transporte público, que no use su coche y ve como, al menor descuido, ese consejo se convierte en una norma de obligado cumplimiento, susceptible de multas y dictado no se sabe muy bien para qué, ni por qué.

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