Lunes 11/12/2017. Actualizado 18:51h

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Tribuna libre

Sopa de ganso

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A ver si nos quitamos las legañas político-mediáticas de los ojos. Preferir siempre lo mediocre (ministros de pitiminí, gestores aplatanados, consejeros sumisos) es quererse mal.

Como en la magistral película de los hermanos Marx, el título nada tiene que ver con el contenido, aunque podríamos referirnos a los que viven de la sopa boba o a las gansadas de políticos de tantos colores, que piensan más en su lucimiento-enriquecimiento personal que en el bien común.

El caso es que me gustaría transmitirles, con toda la connotación emocional de estas pocas palabras, la idea de que si vivimos en un país libre se ha de poder notar más. Y, amigas y amigos, esto no se nota. Y no se nota, por el negro silencio de lo políticamente correcto. No se nota, por la pereza generalizada para pararse a pensar y por la miopía ante el creciente estatalismo, generador de pobreza y de falta de libertad.

A ver si nos quitamos las legañas político-mediáticas de los ojos. Preferir siempre lo mediocre (ministros de pitiminí, comunicadores de mensaje romo, gestores aplatanados, consejeros sumisos) por ser bizcochable o amistoso, a lo disidente, pro-activo e inteligente, es quererse mal y estimar en nada el progreso de la sociedad en su conjunto.

Esto que digo nos está ocurriendo en muy diversos terrenos: Desde la Educación a la Economía, desde la Justicia a los Medios de comunicación, desde la Sanidad a las políticas familiares, fiscales y asistenciales. Que cada una y cada uno lo aplique a su campo de actuación profesional y lo verá, “verde y con asas”.

Sí, es posible conjugar la prudencia y la sencillez, en las relaciones humanas y en las obligaciones profesionales y familiares. Pero, para eso, precisamos una gran autenticidad, que nos ayude a cambiar tanto piñón fijo y tanto prejuicio, tanta pusilanimidad y tanta tontuna.

No se puede esponjar el ambiente político, socio-económico y cultural escondiendo la realidad de la crisis de valores en la que estamos inmersos. Incluso algunos quieren enfrentar en nuestras sociedades, tan modernas, la libertad con la dignidad humana y los conceptos de bien y verdad. No es de recibo y así no hay manera de unir intereses de gobernados con gobernantes, pues la única máxima de éstos últimos parece ser “sostenella y no enmendalla”.

Para superar todo eso precisamos, en primer lugar, del cuarto poder, con sus limitaciones y condicionamientos, con sus rivalidades y riesgos. Me refiero a la prensa, radio y televisión, plurales y sin complejos, medios públicos y privados, ya sean tradicionales o vía Internet. Creo que ampliar su oferta, calidad, independencia y profesionalidad es posible; sólo quien sea enemigo de la democracia puede desear buscar atajos o dar un puñetazo en la mesa para demostrar su autoridad mediática.

En este sentido, y relacionándolo con las libertades ciudadanas, más que tolerancia hemos de pedir respeto y justicia. Ejercitarnos todos en la moralidad evidente y en la verdad natural que hay en las cosas, sin imponerlas pero tampoco sin esconderlas.

En segundo lugar, para este adecuado desarrollo, nos urge, a jóvenes y menos jóvenes, ser cómplices para poder elegir cada uno lo que quiera ser. Para evitar el “todos lo llevan” y las apariencias, para conseguir ser inconformistas con el poder y la partitocracia. Por eso, hemos de ser constructores de escenarios y contextos que ayuden a la veracidad de lo que se dice y a la justicia de lo que se hace.

Por último, amigas y amigos, echo a faltar más personajes públicos, más intelectuales y gente de las artes y de las letras, disidentes crónicos de “la voz de su amo”, sea cual fuere quien mande en cada tiempo histórico. Aunque claro, de momento ya estamos ustedes y yo, ciudadanos a pie de calle, que también tenemos la responsabilidad de desenmascarar a tanto emperador y virrey de lo efímero.

Ojalá que, unos y otros, estemos todos a la altura de las circunstancias. Podremos, así, unir fuerzas para conseguir vidas más felices y dignas, en nuestro país y desde nuestro país.

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