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Spanish Revolution

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Tiene esto de las redes sociales un extraño atractivo. No hay bobo desde Al Gore que no repita la obviedad del cambio planetario, gracias primero a internet y ahora a los medios de enlace entre conocidos o afines.

No es fácil saber si no se trata de una profecía que se cumple a sí misma. En efecto,  los medios más convencionales, empezando por las televisiones y acabando con los viejos diarios de papel, tienen una querencia permanente hacia magnificar lo nuevo, lo aparentemente distinto, todo lo internauta, lo soft, lo que suele llamarse alternativo.

Se explica así el curioso entusiasmo por el proceso egipcio, resuelto en una acción  militar, que tuvo momentos brutales como la violación en grupo de reporteras que descubrieron que aquello no era virtual y que ha tenido como epílogo un recrudecimiento de la violencia anticristiana que le había servido de prólogo. Al final se veía mucha turba y poco internet.

Libia, sin ir más lejos entretuvo mientras fue relacionado con los jóvenes “de la nueva tecnología” mientras aburre cuando ha degenerado en una clásica y brutal guerra civil alimentada militarmente por las potencias occidentales, más aún, con intervención directa de tropas a favor de un bando al que la ONU, por razones no explicadas, decidió llamar los civiles.

Ahora en España todos los medios se entusiasmaron por el fenómeno generado por las redes, por cierto, surgidas en buena medida para sostener la tesis de la descarga gratis (o archivos compartidos) frente a las presiones principalmente de Estados Unidos y del llamado mundo cultural. Es irónico que algunos de los “creadores” que presionaron a los partidos para conseguir las normas más criticadas se solidaricen con los indignados, pero no vamos a pedir coherencia en la realidad cambiante del postmodernismo.

Medio mundo ha repetido la Spanish revolution, hasta un extremo llamativo,  pero pronto se ha abandonado el interés por la misma cuando el veredicto de las urnas centro el acontecimiento en sus verdaderas dimensiones. Ligero desgaste de las administraciones de derechas, más si tenían cerca problemas de corrupción, hundimiento del partido socialista tanto en el poder como en la oposición, mínimo crecimiento de Izquierda Unida y grande de UPD. Lo de Bildu va aparte aunque entre los perroflautas de algunas regiones siempre ha habido su simpatía por quienes los cursis llamarón “los violentos”. Hay voto nulo y en blanco, se supone que sobre todo de jóvenes, pero nada espectacular. No suponen como se dice un quinto partido pues deberían ponerse de acuerdo en algo que no sea votar en blanco y eso no parece posible. En consecuencia, como para muchos descubridores de novedades una victoria de la derecha tras una debacle de un gobierno izquierdista que convirtió a España en parque temático progre, no tiene especial interés, el entusiasmo decae, al mismo tiempo que los movilizados auténticos, los que llegaron  por las famosas redes ceden su puesto a la clásica concentración porrera y alternativa, forma social política que ya era vieja cuando yo acababa la carrera.

Mi tesis es que los acontecimientos de Madrid y otras plazas han tenido un eco distorsionado por unos medios que tienen como gran efecto revalorizar las cotizaciones de los propietarios de las redes. En efecto, las redes tienen propietarios y si uno creyera en teorías de la conspiración, que me aburren hace algún tiempo, podría creer que tanta atención tiene como fin producir revalorizaciones. Pero es evidente que confundir un efecto con una intención es un error de análisis, al menos en algunos casos.

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