Jueves 18/01/2018. Actualizado 01:00h

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Es impensable que el trabajo de un periodista, pueda ser ‘supervisado’ por un consejero y más impensable aún que ese consejero pudiera permitirse opinar o ‘aconsejar’ sobre los contenidos informativos.

La noticia sonó como un escopetazo en todas las redacciones y en el mundo periodístico. El Consejo de Administración de RTVE había decidido que sus miembros tuvieran acceso en tiempo real al trabajo que están realizando los redactores de los distintos informativos de la televisión pública.

La noticia, enunciada de esa manera y tal como la tituló la inmensa mayoría de los medios, suponía un escándalo mayúsculo y está siendo objeto de todo tipo de comentarios. Era lo que le faltaba a la radio y a la televisión pública para culminar, desde el punto de vista institucional, una de las etapas más negativas de su historia, en la que por no tener, la Corporación no tiene ni presidente y son los propios consejeros quienes ocupan el puesto de manera rotatoria.

Es impensable que el trabajo de un periodista pueda ser ‘supervisado’ por un consejero y más impensable aún resulta deducir que ese consejero se permitiera, en algún momento, opinar o ‘aconsejar’ sobre los contenidos informativos.

Es muy probable que la información que se está elaborando en cualquier medio de comunicación esté al alcance de directivos o jefes del medio de que se trate. Por eso, tras concluir que el asunto no es como para rasgarse las vestiduras, sí conviene hacer algunas consideraciones concretas sobre la noticia que atañe a RTVE.

En primer lugar estamos ante un medio público y simplemente por ese hecho la palabra ‘supervisar’ ya suena mal. Se trata de un medio público que siempre ha estado en entredicho en cuanto a su libertad frente a los grupos políticos y sindicatos que, de una u otra forma, pretenden ‘mangonear’ la información y aprovecharla en beneficio de sus propios intereses.

Además hay que tener en cuenta la clarísima adscripción política o sindical de quienes forman el Consejo de Administración, precisamente por su afinidad con un partido o una ideología determinada.

No es extraño, pues, que en cuanto se conoció la noticia se pusiera el grito en el cielo.

Pero la pregunta que hay que hacerse es ¿para qué? ¿Para qué quiere un Consejero estar informado en tiempo real del trabajo de los redactores? Si el fin es simplemente estar informado, la cosa no tiene razón de ser. Tienen otros quehaceres más urgentes a la vista del estado de la Corporación.

Si la razón es la que muchos se malician, tampoco se justifica puesto que hay –es de suponer- muchas otras maneras de, por desgracia, manipular políticamente las informaciones y las ‘terminales’ de los Consejeros en las redacciones son mucho más directas y menos escandalosas.

Era, por lo tanto, una medida que además de escandalosa se antojaba absurda. Son ganas de molestar. Por eso es de alabar la rápida reacción de algunos grupos que se han apresurado a rechazar el intento y han publicado notas rectificando. Pero es rectificación no empece para que muchos estén con la mosca detrás de la oreja. Por algo se empieza. Con independencia de las rectificaciones ya no se sabe muy bien qué hacen algunos en ciertos puestos.

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