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Tchiki-Boum! - Diario deprisa - Del amor y el twist a las plazas de España

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Donde se habla un poco de todo: literatura, música, cocina, vino, cosas plausibles y cosas deplorables que surgen al hilo de los días.

ENAMORARSE. Cavalcanti comparó a su amada con el aire sereno que se levanta al alba y con la nieve blanca que cae sin viento. Es la delicadeza de otra edad pero el enamorado de todas las edades aún verá a su amada aquí y allá, como si el mundo fuera símbolo del rostro que cifra nuestro amor: árboles de pronto floridos, la irrupción del mediodía; en definitiva, la mujer divinizada, multiplicada, exagerada. Súbitamente, cada cosa se vuelve referencia en ese proceso del enamoramiento donde conocemos a la vez devastación y gloria, el tacto de nuestra propia contingencia y una redención que llega de fuera como la radiación de un astro. Es –casi literalmente- una transfiguración. Ahí, un solo gesto puede ser una prórroga de vida, o bien hay una rendición al aire gracioso –tan garboso- de su paso, con la memoriosa duración de los perfumes. Existe un cuajo de milagro en ese amor capaz de superar los cinismos de la vida, conscientes de que duele más el corazón cuanto más recto. Cada enamorado vuelve a la época cortés de las damas y los caballeros, vulnerado por la presencia que nos mira en todas partes. Aire primero del amanecer; nieve que caes, sin ser molestada por el viento: “sí, tú eres / el rostro que yo busco / en todas las mujeres”.

LET’S TWIST AGAIN. Sylvie Vartan parecía tan francesa que sólo podía ser de origen armenio. Eso suele pasar. Eligió bien y se quedó con el pelo cardado y no con el existencialismo cuando era la época de las dos cosas. Nos invitó –“do the locomotion”- a subir al primer tren que nos iba a hacer bailar, con la gracia del inglés con acento muy francés. “Reculer” sigue siendo la palabra más bonita de la lengua. Gordito Checker ya había sido el bautista de ese twist que hoy miramos con nostalgia más propia de un operado de cadera o de menisco.

PADRES E HIJOS. Lo que en otro tiempo era popular ya sólo es vulgar; las clases medias aceleran hacia las clases bajas. Están por todas partes el padre y el hijo con el mismo chándal. Hay una lógica: si los niños son reyes, los adultos se vuelven infantiles, juegan a la Wii, escuchan a los mismos grupos, ven el mismo cine y llevan el mismo corte de pelo. Un niño de dos años tiene un entendimiento muy somero del mundo pero ya es capaz de articular la palabra “actimel”: por primera vez, dan ganas de blasfemar contra el capitalismo, el orden global y una civilización con demasiados sabores de yogur y padres que abdican del hacerse respetar.

BRUMONT. Alain Brumont consiguió domar la uva tannat y, en consecuencia, se ha arruinado varias veces. Redescubrió Madiran, un salto más allá de los Pirineos, donde elabora o elaboraba Montus y Bouscassé. Alguna vez se han vendido –poco- por aquí. Generalmente, la fama y el dinero van unidos pero la sensibilidad de Brumont sólo ha sido retribuida por la crítica. Los tratos con la tannat, uva zahareña, tienen un punto de conflicto: sólo se puede beber algunos años, y para eso hay que esperar algunos años más. Por cursi que suene, este vino es hijo de la visión, del amor como anclaje en una tierra.

PLAZAS DE ESPAÑA. Esas plazas porticadas de las capitales de provincia han sido consideradas modelo de urbanismo civil y generoso. Ahí están el kiosco de música, el kiosco de prensa, la puerta de la iglesia, el bar bueno, la confitería que lleva en el mismo lugar toda la vida. No estamos lejos de la judería, ni de las casas hidalgas ni del edificio que fue Gobernación Civil y hoy es la consejería de cambio climático. En la media mañana, un grupo de jubilados habla en un banco de la situación del mundo en general: en el siglo XXI, hay un consuelo en ver a alguien con boina. Cruzan gentes con carritos de niños o carritos de la compra; una ecuatoriana pasea a un paralítico. Una secretaria fuma con el segundo contable en el portal de la gestoría: comentan algo sobre Gran Torino pero quién puede decir si no se aman. Poco a poco va dejando de llover, la mañana se hace nítida, sonríe Dios en ancho cielo. Suenan las campanas del aperitivo. Libertad y orden de la vieja España.

COSAS NUEVAS. No sólo hay que recordar lo bueno y viejo que se muere. ¿Cuántas cosas lamentables hemos visto nacer? La cocina molecular, la sastrería minimalista, los corchos de poliuretano, las declinaciones infinitas del rap, el museo como guardería, la sobreextracción vínica, el tatuaje tobillero, el “ciao, cari”, las cámaras digitales a traición, el ciberactivismo, hacerse el interesante en internet, las camisetas “stretch”, las videoinstalaciones, Derrida en la cocina, el vandalismo considerado como una de las bellas artes, la ideología de género, la psicología evolutiva, la editorial anagrama, los libros de autoayuda, el hilo musical como muerte del silencio, el tupersex, las neotapas, dejar de afeitarse los domingos. Menos mal que no nos ha dado por odiar.  

EL PLACER DE DESAPARECER. Hay un placer en desaparecer, en no parecer nada de nada, en ser un pretexto pasivo para que el viento levante la punta del abrigo, ese señor sin rostro al que preguntan en la calle por una boca de metro.

EMAIL URGENTE DE LA PRIMAVERA. “Querido amigo: la primavera es un triunfo o un escándalo. Sale uno a la calle y –de pronto- todo es par. Paseamos a cuerpo, impulsados por esa termodinámica del amor, felices como angelotes por las nubes de un cielo barroco. Es casi imposible no reír –es una de esas alegrías que se confunden con la necedad. Dan ganas de decirle algo bonito al mundo y de enviar flores aunque sea a tu portera. Sólo falta encontrar un bar en el que sirvan un Pimm’s a media tarde. Hace diez días aún teníamos la nieve más sutil pero ahora el mundo reajusta la postura al sol. No ha faltado alguna tarde dramática de lluvia, muy adecuada para sacar a pasear la gabardina. Verás que todo sigue bien, pese a tu ausencia. Fuerte abrazo”.

CARLOS PUJOL. Hay que rendir un tributo a la maestría de Carlos Pujol con la conciencia de que casi ningún homenaje correrá ya el riesgo del exceso. En su misma literatura ha sido hombre apartadizo y tendente al escondite aunque algún que otro joven vio en él un modelo de sabiduría cordial, de eso que los italianos llamaron “intelletto d’amore” con pie en el Dante. En realidad, a sus setenta años, ya es maestro de maestros. La solidez de su obra queda a modo de pilar invisible aunque últimamente conoce un ritmo de producción admirable, fabril: novelas, poemas, libros gratamente misceláneos. Ahí están Novecientos, La sombra del tiempo, La casa de los santos, variaciones hilarantes sobre Sherlock Holmes, tantas páginas en torno a la literatura francesa sin olvidar la luz de Roma ni el norte de Inglaterra. Por edad está fuera del canibalismo de los poetas jóvenes camino del Parnaso pero él responde –a ver quién lo supera- con su Retrato de París. Como traductor, ha llegado a mejorar a Albert Samain. Nadie diría que va rumiando esos versos mientras viaja en autobús. Es una literatura bañada en el oro de la gran tradición. Uno lo imagina en la “superioridad clandestina” de las letras, sonriendo en su biblioteca como si un gato sonriera. Honor y gloria.

TEORÍA DE LOS DESPACHOS. Suben y caen las autoestimas conforme a uno le dan o le quitan el despacho. En los repartos de despachos puede ocurrir que uno tenga un despacho mayor que su función o que uno de esos jefes puritanos se conforme con un apeadero de modestia. La regla general es que el despacho nunca será de la medida del propio ego laboral aunque la gente ve su despacho menos como una proyección profesional que como una ampliación de su intimidad. Los cuadros tienen su papel pero sólo el Estado paga cuadros caros. Está quien decora su despacho como un museo biográfico donde arrumbar las glorias de una vida política, civil o literaria: fotos con con Florentino o con el Santo Padre, diplomas, medallas, placas de plata, entregas de premios, un rincón para la foto de las niñas y un crucifijo para los más piadosos. Puede haber retratos de prohombres, en un amplio espectro que va del Che a Sir Winston Churchill. Los libros siempre tienen el aspecto de ser poco usados y leídos y casi nunca falta el toque cómico o de humanidad kitsch: una bufanda del equipo de tu provincia o ese gorrito entregado, en visita oficial, por la delegación de indios mapuches. Observo que cada vez hay menos plantas y -radicalmente- menos flores pero todavía se agradece cuando invitan a café. Seguramente, en los despachos impersonales está la higiene benéfica de no querer dejar mucho rastro. Dicho esto, lo de verdad interesante son las secretarias.

SOLE MEUNIÈRE. Es muy poco lo que los franceses nos pueden enseñar sobre pescado pero sí nos pueden enseñar el lenguado a la meunière. Es un favorito de casi cualquiera que no tenga el paladar de amianto. Debe hacerse con lenguado porque del lenguado al fletán y otros subpescados va la misma distancia que de la estameña al cachemir. El lenguado ya es el clasicismo del sabor y a la meunière es una edad de oro, balance no mejorable de suntuosidad y finura en la combinación de lo lácteo con un aporte de lo cítrico. Hace años que la moda es el atún pero los siglos no se equivocaron al confiar en el lenguado, hoy evaporado por las malas de la carta, sin explicación. De vuelta a los valores eternos, sírvase entre los huevos con trufa, el chateaubriand con salsa bearnesa y las crêpes Suzette.

TCHIKI-BOUM. Los vídeos de los ochenta han envejecido como antigüedades de plástico. Como sea, lo redimen todo por el humor, la pretensión vuelta encanto para perdonar las limitaciones de la producción. En Niagara, Muriel Moreno podía permitirse ser guapa y ser genial. Han pasado los años suficientes para que ya no sea –seguramente- ni una cosa ni la otra pero nos queda el vídeo de Tchiki-Boum con sus bandurrias eléctricas, su percusión sintetizada y el ambiente en amarillo de las novelitas de Mac Orlan. Riman ‘coco’ y ‘Congo’ y aparecen ahí el bigote canalla, la sonrisa con dientes de oro y la argolla en la oreja de un marino. Ah tchiki-boum, tchi-boum, ah tchiki-boum, tchi-boum…

MÁRQUEZ REVIRIEGO. ¿Escribe en alguna parte Márquez Reviriego? Que no sea porque no le quieren. Algo falló para que no tenga la veneración de los maestros, desplazado sin homenaje por los columnistas punk, la afición iletrada y la generación de la deslectura y el desarraigo. Hombre fino, observador, de prosa suelta, con una mezcla bien proporcionada de cultura española y curiosidad intelectual, sabio en la mirada y en la anécdota, partidario sin estridencias del hacerse entender. Como el mejor periodismo, la suya era una escritura resumida en escribir sin explicarse. Ha sido un talento mayor para la crónica parlamentaria. Tenía esa generosidad del talante liberal como comprensión de la política que le alejaba de la tentación de la polémica. Quizá fue querido por ser lo que era y no por representar a ninguna coterie. Eso suele generar más sospechas que afectos en unos años en que lo que hay que ser es partidario. Al final, la hermenéutica de los políticos pasa por la prensa y Márquez Reviriego dio el tono de una época en algún lugar entre los ochenta y los noventa, entre los langostinos y el PSOE: algo tan difícil que –prácticamente- sólo lo hizo él. 

CENAS CON GENTE. En las cenas con gente, en las mesas redondas, en los seminarios, en los cinefórums y tertulias, en los almuerzos-conferencia y los desayunos-coloquio, nunca falta el tipo sentado en una esquina, callado, que sonríe en diagonal y que desprecia a los demás porque cree saber tanto más que ellos que ni siquiera va a esforzarse en demostrarlo.

VÍCTIMAS. En el aniversario de los asesinatos del instituto Columbine se insiste en que un asesino era narcisista y el otro maníaco-depresivo. Eran gentes normales y banales: iríamos buenos si cada narcisista y maníaco-depresivo decidiera liarse a tiros y no torear su mal como hacen todos. El jugador de fútbol Pepe provoca un penalti y da de patadas al caído: de pronto, lo que nos interesa no es el señor golpeado en la cabeza sino el “ataque de locura” de Pepe o su posterior crisis de llanto. He ahí al malo vuelto víctima, mientras la víctima se queda sola en su rincón. Otra paradoja es que tampoco estamos en una civilización que perdone al que pide perdón; más bien condenamos para siempre. Por supuesto, es inevitable y lícito intentar explicarse el mal pero debiéramos tener la cautela de saber que la busca de causas es la busca, en realidad, de causas justas.

CRISTAL. El champagne Cristal tuvo su hábitat en las limusinas blancas de los cantantes de hip-hop hasta que los responsables de la bodega Louis Roederer dieron en  el buen gusto de cargar contra su público. Los que no cantamos hip-hop sólo podemos aspirar a tener amigos generosos: la botella de Cristal, con alguna insinuación eslavizada, es la traslación en vino del puente Alejandro III de París. Hablamos por tanto de una suntuosidad desorejada, en perfecta correspondencia con un champán que es el canon del champán como un más allá de lo cristalino. Salon y Selosse ganan en moda pero pierden a los puntos de la jovialidad. Con Cristal ya sabemos el porqué del cielo de la boca. Nosotros estuvimos muy cerca de tomarlo con unos huevos fritos pero lo ideal es maridarlo con esturión, culatello di zibello o –mejor aún- una princesa. Deja el alma en un curioso estado de frivolidad y benevolencia.  

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