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Tribuna libre

Teorías de Bélgica – La Bélgica imposible – Alberto y Paola

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Cierto personaje de novela es consciente de haber llegado a Bélgica cuando despierta en el coche-cama y oye una pelea.

Cierto personaje de novela es consciente de haber llegado a Bélgica cuando despierta en el coche-cama y oye una pelea. Nadie sabe bien si Bélgica es un país difícil o –directamente- un país imposible, sostenido apenas por una corona que equilibra el malestar de unos con otros. En tiempos de guerra y de prudencia declarativa, eran los belgas divididos y aguerridos los que más estupor causaban por su aspereza al criticar a su gobierno. Quien lo probó, lo sabe: hoy son muchos los flamencos que prefieren esforzarse en español antes que hablarle en francés a un extranjero. En general, la incomodidad de la identidad belga es constatable en sus grandes hombres: es esa tendencia a escapar –Michaux, Degrelle, Hergé, Folon, Magritte- por caminos físicos o psíquicos, si bien es cierto que aquí no sabe uno dónde entra Simenon. Quizá en sus tratos con hampones.  

Alguna reciedumbre en la sangre tenían que tener en tanto que con frecuencia se ha escrito que Dios destinó a esa parte llana del mundo el papel de campo de batalla. Así lo escribe –fortissimi sunt Belgae- Julio César al tratar sobre los pueblos de la Galia, tema que, por cierto, retomaría el Asterix de nuestra infancia para disgusto de los que íbamos con Roma. Muy observador, Anthony Powell considera en Una Danza para la Música del Tiempo que los belgas se dividen en dos: no en valones y flamencos sino en tipos Memling y tipos Teniers, según parezcan demacrados figurantes en un típico martirio de San Esteban o mofletudos bebedores en un baile de aldea. Bien, siempre parece que, al hablar de Bélgica, hay que hablar de división.

La pobre prensa de Bélgica ha sufrido las invectivas de un Baudelaire que destrozó Bruselas con la pluma, las culpas de su rapiña colonial y un omnipotente vecino francés que por poco les despoja incluso de los mejillones con patatas. Es el país reciente, tapón entre potencias, con reyes traídos de lejos, corrupción inimaginable, un acento por el que casi tienen que pedir perdón y la condición de hermano católico y pobre. Al mismo tiempo, es una nación obsesionada tradicionalmente con la alcurnia familiar, y con un placer de gusto admirable –muy conservador- a la hora de comer y beber, siempre que uno pase por alto ese bocadillo de patatas fritas llamado "mitraillette". Pese a todo, en aquel pueblo discreto y ahorrativo hay algo así como una alegría de vivir, en absoluto enfática, al tomar una cerveza en esas plazas mayores con sus ayuntamientos de encaje o al permitirse unos chocolates de –por ejemplo- Marcolini en el bar desvencijado del hotel Métropole. Valga lo mismo de las tardes pasadas bebiendo a pleno pulmón su excelente licor nacional –Mandarine Napoleón. No hace tanto tiempo que aún había en Bruselas cierta tienda de ropas y utillajes para viajar a las colonias. En fin, el mayor elogio que ha recibido Bélgica -Le plat pays, de Brel- es casi un reproche de amor.

Por supuesto, los belgas suscitan simpatía ya que no hay en ellos –según refiere Powell- nada de esa voluntad de causar buena impresión que suelen tener las naciones pequeñas. También se ha dicho que la mejor manera de tratar con los belgas consiste en no preocuparse por lo que los unos dicen de los otros. Es sabio consejo en un país de dos regiones hostilmente antagónicas –Flandes y Valonia-, con un esqueje alemán y una ciudad como Bruselas, a la que todas las banderas del mundo no le quitan su aire provinciano. A veces tienta el pensar que los reyes de los belgas han seguido tal consejo muy de cerca.

En esa Bruselas hoy mutante, con sus barrios chinos y zaireños y su literatura de voluntarismo proustiano –‘Aux armes de Bruxelles’, de Christopher Gérard-, los reyes de los belgas, Alberto y Paola, han celebrado sus bodas de oro, más de medio siglo después de tener el buen gusto de enamorarse en pleno Vaticano, durante la entronización de Juan XXIII. La celebración de las bodas de oro era en Bélgica y no podía sino haber un accidente. Como fuere, es en Bélgica donde más a fondo se ha probado el papel institucional de conciliación y ejemplaridad de la monarquía. Valga como decir que los reyes lo han tenido muy difícil. Y valga también como decir que se ha necesitado no sólo una decidida aunque minoritaria voluntad estatal –tantas calles en Bruselas que nombran abstracciones: el trono, la regencia, el cincuentenario- sino también una condición modélica de caracteres que ha venido repitiéndose al menos desde la muy querida reina Astrid, pasando por personalidades de la rectitud –cuando no de la santidad- de Balduino y de Fabiola, sufrientes siempre por la falta de descendencia, admirables. Así, recayó el trono en el rey Alberto, prudente pero activo en pos del mantenimiento del país: no hace tanto tiempo que tuvo que intervenir para reclamar a los políticos belgas que se avinieran a formar gobierno. En definitiva, pocas veces se les ha exigido tanto a unos monarcas que reinan sin gobernar; pocas veces unos monarcas han logrado tanto. Lamentablemente, en la Bélgica mínima y querida siempre hay que añadir un “de momento”.

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