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Tío Pepe - Aplauso de los vinos de Jerez

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Se han escrito ya muchas alabanzas: mi preferida es aquella según la cual el vino de Jerez es el mejor vino para torear por naturales.

Musa de la lírica, musa de la épica: necesitaríamos una musa de la exageración para hablar con propiedad de los vinos de Jerez. Se han escrito ya muchas alabanzas: mi preferida es aquella según la cual el vino de Jerez es ideal para ponerse a torear por naturales. Nótese que los fabricantes de colchones o laxantes emplean a los famosos para promocionar sus productos; los bodegueros de Jerez, en cambio, prefirieron desde antiguo esa otra publicidad, de Shakespeare a Galdós, que dan los sabios.

Incluso el parco Baroja, que odiaba a Galdós y odiaba lo andaluz, hizo su elogio. Eran los tiempos felices en que los males del cuerpo y los pesares del alma se curaban con la posología de “un dedito de Jerez”. Beberlo era vestirse de rayos de sol. Preguntado por la administración del “dedito de jerez”, cierto doctor Abernethy respondió a cierta señora que debía tomarlo “todas las veces que usted pueda”. Sí, bebe buen jerez –decía el refrán- y tendrás buena vejez. Valga lo mismo, como cantó el duque poeta, con “el ámbar de las cepas de Montilla”.

“Una copa a las once y once copas a la una”, es la prescripción clásica: es por no seguir esta elemental norma de templanza que alguno se empeña en considerar al fino cabezón. Pese a todo, siempre habrá, como siempre hubo, cofrades del jerez, lo mismo en una taberna andaluza que en un vuelo interoceánico o en el bar de un club de golf en Singapur. Muy seco, por favor. Es el Jerez, con su carga poética, intersección de la geografía con la historia en soleras que llegan a donde no llega la memoria, el rasgo de belleza de un venanciador, tipografías y eufonías: Sangre y Trabajadero, Tío Pepe, Ynocente, San Domingo, memoria de finura de España y –como quiere el cartel- “sol de Andalucía embotellado”. El vino –se ha dicho- se sube a la cabeza; el jerez llega primero al corazón. Copita en mano, uno se sentiría inclinado a dar la razón a tantos que postulan que las mayores alegrías de la vida son, además, las más baratas. La vieja España ha dado grandes cosas a este mundo: casi ninguna ha sido más amada que el Jerez.

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