Lunes 20/11/2017. Actualizado 17:10h

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Tribuna libre

Turismo inverso

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Como el sector turístico representa una porción tan importante –en torno al 10%– del Producto Interior Bruto de España, tendemos a una pleitesía demasiado lacayuna con el Producto Exterior Embrutecido siempre y cuando nos dé de comer.

La llegada de la primavera a la ciudad se revela sobre todo en dos señales de acendrado lirismo: el moqueo de los alérgicos, que tratan de sorberlo creando a veces una cadencia supongo que inconsciente –en una biblioteca he llegado a sorprenderme llevando con el índice sobre la mesa el ritmo de unas cuantas congestiones acompasadas–, y la trashumancia estacional de turistas y turistas en número creciente, pastoreados por sus guías, o bien solos, que es mucho peor.

Quim Monzó, quien, como cualquier persona sensata, odia el espíritu de grey en que suele incurrirse al viajar en masa, proponía en un artículo de varios años atrás que se aprovechara la existencia de tantos «días sin» –sin coches, sin tabaco, sin televisión– para establecer un día sin turistas, y que así al menos durante veinticuatro horas los barceloneses pudiesen disfrutar de la Rambla o la Boquería sin agobios. A una medida tan drástica no se ha llegado, pero últimamente se está comentando mucho la propuesta del ayuntamiento de la ciudad condal para que se amoneste a quien vaya luciendo torso en lugares donde el decoro dicta que no se debe.

Como el sector turístico representa una porción tan importante –en torno al 10%– del Producto Interior Bruto de España, tendemos a una pleitesía demasiado lacayuna con el Producto Exterior Embrutecido siempre y cuando nos dé de comer. Ni que decir tiene, hay vernáculos, practicantes del llamado turismo interior, igual de badulaques. Y al contrario, entre quienes vienen de fuera, existe un gran número de visitantes que conoce y practica los buenos modales, a la vez que de verdad se interesa por el lugar donde se halla.

A quienes aprovechan su estancia en territorio ajeno para nutrir una horda que menoscaba las exigencias mínimas del buen gusto –y no sólo estético–, debería aplicárseles el veto de al menos un día al año propuesto por Quim Monzó. Además, con fines tanto punitivos como pedagógicos, habría que administrarles unas dosis proporcionales de turismo inverso. Ni siquiera es necesario destinar a este fin una partida presupuestaria. Basta con que se reúnan cuatro o cinco lugareños cabreados para que se constituya una brigada de contraturismo, que se aplicará a su tarea con el mayor de los placeres.

Los miembros de la brigada –sería aconsejable que al menos uno de ellos dominara el inglés como lengua franca– se infiltrarían en las líneas enemigas para farfullar comentarios tópicos y ramplones sobre sus países de origen. Sacarían fotos constantemente de sus maletas, sus pasaportes, sus cámaras, sus sandalias con calcetines exclamando sin cesar: «Oh, typical!». Se introducirían en sus autobuses vacíos, durante la visita a un monumento –quizá habría que ejercer un pequeño acto de violencia amordazando y maniatando a los conductores–, para esparcir por el suelo y los asientos del vehículo botellines de agua vacíos, bolsas de patatas fritas, colillas y quizá un escupitajo como al desgaire en un lugar preeminente.

Al cabo, con el turismo inverso todos saldrían ganando: el vecino del lugar, un buen desquite; el foráneo desaprensivo, un escarmiento aleccionador, para la próxima.

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