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Tribuna libre

Turquía se encuentra en un callejón de difícil salida

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Resulta complicada la geopolítica de Turquía, entre oriente y occidente, con grandes expectativas hacia Europa, pero también con graves amenazas internas y regionales, como acaba de comprobarse en el terrible atentado perpetrado en el aeropuerto internacional Atartürk de Estambul.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Desde el verano pasado, se han sucedido las acciones violentas –cometidas por yihadistas y autonomistas kurdos-, que han causado más de doscientos muertos.

No deja de causar perplejidad a primera vista que sufra la letal violencia islamista un país que parecía buscar de la mano del presidente Recep Tayyip Erdogan un cierto liderazgo en la órbita musulmana. Las reformas pendientes, frenadas por un partido confesional, alejan a Turquía de la Unión Europea, pero no aseguran la paz en una región máximamente conflictiva. Como si no se perdonase a Ankara su presencia en la OTAN ni su ambiguo intervencionismo en Siria.

En cierta medida, el aeropuerto de Estambul, y la propia compañía aérea Turkish Airlines, eran paradigma de una mentalidad abierta al mundo desde una posición con demasiados elementos nacionalistas. Estambul resulta casi escala obligada en viajes hacia tantos lugares de Asia, África o Europa. Y, según cuentan los pasajeros, las tiendas free permiten gastar tiempo y dinero en la espera de transbordos como en cualquier aeropuerto occidental.

Pero el último atentado se suma a los que se han venido produciendo durante los últimos meses, consecuencia de las tendencias violentas que no cesan en los diversos frentes, sobre todo la cuestión kurda, la guerra de Siria y la inestabilidad de Irak.

Apaciguado en los últimos tiempos, y casi integrado en la convivencia democrática, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), ha causado desde los años ochenta casi 40.000 víctimas en su batalla contra el Estado turco, especialmente en las regiones del sureste. Tras la crisis de Irak, que reavivó el conflicto, la realidad es que aviones turcos bombardean posiciones del PKK en Irak y Siria (incluso, en el sur de Turquía). Las represalias aparecen en forma de atentados en las calles de las grandes ciudades.

No está clara la evolución de Erdogan en el conflicto de Siria. Tuvo en su día buenas relaciones con el presidente sirio Bashar al-Assad, pero luego ha hecho la vista gorda –y ha apoyado, según los editores procesados del diarioCumhuriyet y otros miembros de la oposición- ante la llegada a través de Estambul de militantes europeos de la yihad islámica. En estos momentos, más bien está comprometido en el objetivo de lograr el derrocamiento de Assad.

Por otra parte, el PKK está ayudando a su partido homólogo de Siria para proteger, contra Assad, a la pequeña población kurda de Siria. Son buenos combatientes y, con la ayuda de la fuerza aérea estadounidense, han empujado al Estado Islámico hacia una franja próxima a la frontera sirio-turca. Pero lo que favorece a la coalición contra el EI, no beneficia a Turquía, porque se está fortaleciendo la región autónoma del Kurdistán, considerado terrorista por Ankara. Tras la ambigüedad inicial, Erdogan querría combatir al Estado Islámico. Pero tampoco quiere la paz con el PKK, enemigo de todos.

En ese amplio contexto de dificultades objetivas, el presidente turco trata casi a la desesperada de superar el aislamiento diplomático al que llevaba su política. Lo mostró en su colaboración con Bruselas –eso sí: bien compensada- para encauzar temporalmente la crisis de los refugiados. Esto explicaría también un hecho de hace pocas semanas: su acercamiento a Israel, que resultaría sorprendente si no fuera por el conflicto grave entre Tel Aviv e Irán. La relativa alianza con Israel se rompió hace unos años, tras la destrucción de la flotilla promovida por ONG islámicas para romper el bloqueo de Gaza.

De modo análogo, intenta recuperar la conexión con Vladimir Putin, bastante congelada tras el derribo del avión de combate ruso que habría violado el espacio turco a finales del año pasado. Para Moscú no fueron convincentes las razones aportadas por Ankara.

Otro problema radical sigue siendo la política autoritaria implantada en Turquía, con especial represión de las libertades ideológicas. Contradice la propaganda de hace años que se autopresentaba como paradigma de una democracia islámica dinámica en lo económico. Ahora más bien se habla de un neo-sultán en el interior, y de una diplomacia neo-otomana hacia el exterior. Sin perjuicio de la siempre necesaria solidaridad frente al terrorismo, sigue siendo oportuno recordar al presidente turco las exigencias en materia de derechos y libertades indispensables para una efectiva relación con Europa.

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