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Turquía quiere regresar a Europa a través de Bulgaria y Francia

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Tras el supuesto golpe de estado del verano de 2016, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan no deja de seguir dando pasos contra el espíritu de laicidad del fundador de la Turquía del siglo XX, Kemal Atartuk.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Algunas medidas recientes le acercan aún más a su configuración como república confesional y radicalmente islámica.

Así, una decisión que parece haber quedado en globo sonda acerca de la restauración del matrimonio infantil: las niñas a partir de los nueve años, y los niños a los doce; la ley vigente sitúa la edad mínima en los 18 años, aunque un juez puede autorizar ad casum enlaces desde los 16.

Ese intento fallido muestra, sin embargo, una decidida voluntad de enlazar con criterios vivos en otros países de mayoría musulmana, aunque Erdogan intente lavar la imagen ante occidente con otro tipo de medidas, como la restauración de iglesias y sinagogas de interés también cultural y turístico. Un ejemplo notorio es la reapertura de la antigua iglesia búlgara de Sveti Stefan (San Esteban), que domina el Cuerno de Oro, cerrada por obras los últimos siete años.

En la ceremonia, celebrada el 7 de enero, participó Erdogan, con el primer ministro búlgaro, Boyko Borisov. Estaba prevista la presencia del Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, y del Patriarca Ortodoxo de Bulgaria Neofit. La fecha coincide –y no parece casual- con el comienzo de la presidencia semestral del consejo de la Unión Europea a cargo de Bulgaria, miembro de la Unión desde 2007. Según informa la agencia Fides, la iglesia Sveti Stefan, construida por la comunidad búlgara en el siglo XIX, es conocida como la “iglesia de hierro”, porque es la única iglesia en el mundo cuya estructura principal está formada principalmente de ese metal. La restauración ha sido co-financiada por la propia Bulgaria y el ayuntamiento de Estambul.

Aunque no es el único lugar de culto cristiano o hebreo en vías de restauración, este acto manifiesta el deseo de impulsar de algún modo las relaciones con la Unión Europea. “Olvidémonos de la hipocresía sobre el proceso de adhesión de Turquía a la UE”, dijo el primer ministro búlgaro Borisov hace unos días, y agregó: “lo mejor que se puede hacer es sentarse y llegar a un acuerdo especial entre Turquía y la UE”.

La misma tesis fue sustentada por Emmanuel Macron, durante la reciente visita de Erdogan a París el pasado día 5. De acuerdo con el estilo del joven presidente francés, no ocultó, sin embargo, en la rueda de prensa conjunta habitual, los atentados al estado de derecho y a las libertades fundamentales cometidos en Turquía. De ahí que sea imposible la integración, pero sin excluir un acuerdo de asociación ad hoc, más o menos en paralelo a su posición en la OTAN.

Turquía ha aumentado su protagonismo en Oriente Medio, especialmente en Siria, pero está cada vez más aislada en la escena internacional, aunque parece haber renunciado a la jactancia de hace unos meses hacia Bruselas. Como declaró Erdogan recientemente: “debemos aumentar el número de amigos y reducir el de enemigos”. A la vez, el presidente turco hace valer el crecimiento económico –en torno al 7% en 2017-, para desactivar a las clases medias urbanas que le dan la espalda, como se vio en los resultados del referéndum de abril sobre ampliación de los poderes del jefe del estado: en Ankara y Estambul triunfó el “no”.

En su aproximación a Bruselas, Erdogan no puede apoyarse de momento en la clásica relación con Berlín, después de su dura crítica a Angela Merkel. De hecho, el corresponsal turco-germano de Die Welt lleva preso más de un año, sin que se hayan hecho públicos los cargos de los que se le acusa...

Antes de su visita a París, Macron mantuvo la tradicional reunión del Elíseo con los periodistas a comienzo del año. Fue claro respecto del presidente turco y de otros líderes autócratas: les hablará “respetuosamente, pero con la intención de defender a la vez nuestros valores y nuestros intereses”. Lógicamente, en esa sesión, fueron mencionados los ataques a la libertad de prensa, sufridos también por varios periodistas franceses, liberados después de laboriosas gestiones oficiales.

Macron considera que existen entre Turquía y Francia intereses geoestratégicos comunes, así como cierta convergencia respecto del futuro de Siria y la orientación de Oriente Medio. Sin olvidar el papel de Ankara respecto de migraciones y lucha contra el terrorismo. Pero exige a Ankara gestos concretos sobre derechos humanos si quiere reavivar sus relaciones con la UE, iniciadas en 2005, actualmente en vía muerta. Con el primer ministro búlgaro, coincide en la necesidad de acabar “con la hipocresía de pensar que es posible una progresión natural hacia la apertura de nuevos capítulos de negociación”.

En la rueda de prensa del viernes expresó con nitidez que esas relaciones deben repensarse “no en el marco del proceso de integración, sino en el de una cooperación, un partenariat” (coparticipación, asociación; no adhesión). En esa línea se inscribiría la firma del contrato sobre el sistema de defensa aérea y misiles entre una sociedad franco-italiana y dos sociedades turcas. Su finalidad sería “preservar el anclaje de Turquía y del pueblo turco en Europa, de modo que su futuro se construya mirando a Europa y con Europa”. En el fondo, para evitar la evolución descrita por Jean-Claude Juncker en agosto: “Turquía se aleja de Europa a pasos de gigante”.

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