Viernes 15/12/2017. Actualizado 13:13h

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Desde aquí todo es ruido, ruido, y más ruido. Hace ruido hasta el silencio y, créanme, así es imposible trabajar.

El vecino ha debido perder la única oreja que le quedaba sana. Se la habrá vuelto a dejar en la ducha como la última vez. Qué manera de subir la televisión. ¿Qué pretende? ¿Tirar el edificio abajo? Todavía me duele la cabeza de la Fiesta Erasmus de anoche. No es que haya estado bailando con suecas hasta el amanecer, sino que he tenido que soportar los aullidos de los homínidos que las acompañan cada martes hasta altas horas de la madrugada. Gritan como si las suecas fueran realmente suecas, que son tan brutos que por ser rubias las hacen de Suecia, cuando son más italianas que la gomina de Berlusconi. Son todas iguales a Laura Pausini, pero con diferentes tonalidades de tinte. No amenizan las fiestas con Se fue ni con La soledad, sino con ritmos sabrosones y grotescos impropios de una nación con solera como Italia. A lo mejor, ni son italianas.

Lo he probado todo para abrazar un poquito de silencio. Sin éxito. En verano sufrí como vecino a un loro dicharachero, al que intenté persuadir democráticamente para que dejara de gritar. Todavía regía el zapaterato y la violencia contra los animales con pluma no estaba bien vista, a excepción de pollos y faisanes. Le recité al loro hasta la Constitución Española, y sólo así logré calmarlo durante unas horas. No por impresionado, sino por adormecido. Al rato, volvió al griterío y yo a mis teclas sudorosas, al borde de un ataque de racionalidad, como esos columnistas tan serios, tan serios, que se quedan dormidos mientras corrigen sus propios artículos.

Escribiendo aquí, al menos, aprendo cosas de la naturaleza que nunca antes había imaginado. Los loros hablan. En serio. Dicen cosas como “Asunción, tráeme la cena”, “Viva el vino”, “Calvorota, calvorota” y otras genialidades que les enseñan sus dueños. Pero el loro de mi vecino sólo sabía gritar y lo hacía con la fiereza de un león, que no hay mayor fiereza en toda la selva. Tecleaba yo por entonces el capítulo sexto de mi último tratado y no estaba para muchas bromas. Nada me pone de peor humor que escribir libros de humor. Ya ven. Pedí a mis seguidores de Twitter consejos para acabar con el loro cuanto antes, y el bicho desapareció sin más. Entretanto, varios ecologistas –siempre al quite- me acusaron en vano de loricida. Por desgracia, no merecía tal título, aunque en el crepúsculo del pasado agosto lo habría acogido con orgullo.

Vivo a veces en uno de esos edificios tan españoles en los que cada día ocurre algo diferente. Como si fuera necesario que pasaran cosas para que el presidente de la comunidad no se aburra. Y casi todo lo que ocurre es ruidoso. Pienso muchas noches que ya podría ocurrir algo silencioso, al menos por una vez. Por ejemplo, un sigiloso escape de gas, que nos mande a todos de viaje a La Luna, donde supongo que será mucho más fácil escribir, si es que lo poetas lunares me dejan algún cráter para instalarme allí con mi portátil y mis libros, a descerrajarle a La Tierra una columna bohemia en todo el eje, desde el satélite de los sueños rotos. Pero no. No hay escape, ni hay gas, y con este frío polar de mañana, y este calor de furiosa calefacción central de tarde, sospecho que el vecindario entero conspira para acabar con mi carrera periodística y literaria. Aborrezco el refranero. Vive rápido, muere joven, y deja un estúpido cadáver, me parece mucho más preciso.

Es tal mi desesperación por el ruido, que me asomo a la ventana cada vez que alguien toca el claxon y me lo tomo como algo personal. Ni siquiera atienden a mis provocaciones. Se trata de un sorprendente hallazgo sociológico: los conductores solo responden a los insultos de otros conductores. Más tarde, cuando oigo que algún vecino enciende la televisión a todo volumen, respondo con los discos más macarras de Rosendo al máximo nivel de decibelios permitido para actividades industriales. Sí, soy yo. El de Rosendo.

Desde aquí todo es ruido, ruido, y más ruido. Hace ruido hasta el silencio y, créanme, así es imposible trabajar. Hoy mismo, trato de escribir mi columna. Hablarles de las cosas de la política española, de la fauna ibérica y de todas esas cuestiones biológicas que me gusta tratar en esta Tribuna. Pero me resulta imposible con un martillo hidráulico golpeando la acera ahí abajo. He acudido a pedirle al obrero si me presta unas orejeras naranjas tan bonitas como las suyas y a punto ha estado de aplanarme el pie con su odioso artilugio. Después, en un gesto fugaz, me ha sacado un cigarrillo y me ha ofrecido fuego. La comunicación sería más sencilla si apagara por un instante la máquina, pero no. Este hombre no tiene intención alguna de dialogar con un columnista saturado por el ruido, a punto de prenderle fuego a toda la ciudad, y acabar en el calabozo; donde por cierto, tampoco reina el preciado silencio.

Así que les dejo por hoy, que ha comenzado a caer la noche, con sabor a madrugada joven, los pájaros se dirigen a sus nidos, y ya brilla el primer sigilo de la jornada. Ahora que declinan los alborotos de la vida, y la suavidad invade lentamente cada rincón de la ciudad, me muero de ganas de asomarme al patio interior, y estrenar con ahínco esta magnífica vuvuzela sudafricana. Sí, soy yo. El de la vuvuzela.

Itxu Díaz es periodista y escritor. El 21 de marzo sale a la venta su libro «Yo maté a un gurú de Internet». Sígalo en Twitter en @itxudiaz

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