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Tribuna libre

Urkullu y la bandera de España

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El partido que ahora preside Urkullu ha respetado el Estado de Derecho cuando le convenía, pero cuando chocaba con sus intereses electorales hacían como si no fuera con ellos.

El Presidente del PNV, Iñigo Urkullu, ha reconocido no sentirse orgulloso de que la bandera de España haya sido colocada, desde el pasado jueves, en el exterior del Parlamento Vasco, dando cumplimiento así a una sentencia del Tribunal Supremo. Para justificar esa falta de orgullo, Urkullu ha dicho que se siente “sólo vasco”.

El máximo responsable del PNV señaló asimismo, y sin que se le moviera un solo músculo de la cara, que en su partido están “hartos de cumplir con la legalidad, la misma legalidad que otros no cumplen en relación al Estatuto o la Constitución” y que “imponer un emblema por encima de los sentimientos y en base a la legalidad no va a lograr en absoluto una mayor aceptación de la bandera de España, sino que hiere la sensibilidad”.

Personalmente, de lo que se sienta o deje de sentirse orgulloso el señor Urkullu no me interesa lo más mínimo. Es más, el personaje en si me resulta profundamente aburrido, gris y destila tristeza hasta en el tono monocorde que tiene al hablar. El problema es que la posición del presidente del PNV respecto a esta cuestión concreta de la bandera de España refleja muy bien las que han sido y las que siguen siendo las pautas de comportamiento del partido que preside Urkullu.

El PNV ha sido muy desleal con la democracia española. En la transición política recibió por parte de los Gobiernos de Adolfo Suárez un plus de representatividad y de protagonismo para pilotar esa transición en Euskadi, que al cabo de unos años se ha demostrado que fue una equivocación. El PNV no votó la Constitución y hace ya unos años que enterró y dio por amortizado el Estatuto de Autonomía de Gernika. Eso sí, no renunciando a ninguno de sus instrumentos de autogobierno que han hecho del País Vasco la región con más poder político de Europa, destacando de manera singular el “concierto económico” por el que el Gobierno Vasco y las Diputaciones Forales recaudan los impuestos de los ciudadanos vascos y deciden como gastar ese dinero.

El partido que ahora preside Urkullu ha respetado el Estado de Derecho cuando le convenía, pero cuando chocaba con sus intereses electorales o con su ideología nacionalista y excluyente, hacían como si no fuera con ellos. Eso ha sido meridianamente claro, por ejemplo, en las medidas que el poder ejecutivo, legislativo o judicial ha tomado a lo largo de estos años para combatir el terrorismo de ETA. El PNV nunca ha apoyado una sola de esas medidas, más bien ha criticado todas y cada una de ellas.

Urkullu debería tener más respeto por los sentimientos de muchos vascos que si se sienten orgullosos, no solamente de ver la bandera de España en las Instituciones vascas, sino, sobre todo, de ser vascos y españoles. Urkullu pude ser lo que quiera ser, pero siempre que respete a los demás y a sus sentimientos, como estos han tenido que respetar, por ejemplo, la imposición que en su día el PNV hizo de una bandera de partido, la ikurriña, como la bandera del País Vasco, o del “Gora ta gora” como himno oficial.

El presidente del PNV debería tener asimismo mas respeto por una bandera por la que han sido asesinados muchas personas, simplemente por defenderla y por llevar un determinado uniforme. Urkullu debería ser más respetuoso en sus declaraciones y comportamientos públicos, en los que debería dar ejemplo de acatamiento a lo que ha sido el gran déficit en el País Vasco en los últimos treinta años: la aplicación y el cumplimiento estricto de la ley. Algo que obliga a todos, también a los nacionalistas.

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