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Tribuna libre

Vuelve el arbitrismo político en forma de epistocracia

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Tanto se habla en Europa de los populismos, como salida a la supuesta crisis de la democracia, que nos hemos olvidado de la solución clásica del imaginario español al declive de los gobernantes: el arbitrismo.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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He recordado esa realidad histórica ahora, después de años sin ver la televisión ni las tertulias, tan llenas de soluciones más o menos simplistas en línea con el fideísmo español. Porque, en cierta medida, toman el relevo otras palabras, como epistocracia o epistemocracia.

Salvo error por mi parte, los clásicos griegos, de quienes dependemos sustancialmente en materia de formas de gobierno, no usaron esos términos. Ante cada sistema de dirigir la cosa pública, conscientes de la inexistencia de una forma perfecta y permanente, describieron también sus dolencias y deterioros: así, la demagogia, antítesis de la democracia. Pero sociólogos y politólogos de signo distinto vuelven a la lengua helénica y lanzan estos neologismos, casi desesperados de ver cómo el gobierno para el pueblo –con o sin el pueblo- se resiste a ser sustituido, poro aquello tan repetido de Churchill.

Algún constitucionalista ha utilizado el término epistocracia en el país vecino, no para atacar a la democracia, sino para defenderla del macronismo jupiterino, que encarnaría una forma de gobierno que confía la conducción de los problemas públicos a los expertos. En cuanto deslegitima la oposición política, supondría un serio peligro para la participación popular, a pesar de haber llegado al Elíseo de la mano de millones de votantes.

Por aquello de la originalidad, se resisten a usar términos más gastados quizá, como tecnocracia o aristocracia (por cierto, es la propuesta del corrector de textos para epistocracia). Pero no cabe duda de que, en la visión macroniana de conciliar contrarios –incluida la superación de la dicotomía entre derecha e izquierda-, suenan demasiados ecos del crepúsculo de las ideologías tan difundido tras el ecuador del siglo pasado.

La epistocracia vendría ser el gobierno de los científicos. Alguno ha evocado el sueño de la República de Platón sobre el poder de los filósofos, de los amantes de la sabiduría. Pero en la cultura contemporánea no se identifican filosofía y ciencia. Ni ésta ofrece ya la seguridad que sostenía la fe de los ilustrados. Sin olvidar la capacidad del ser humano de reaccionar a la contra: los nuevos nacionalismos, nada románticos, se enfrentan a una globalización que parecía imparable.

¿Cómo delegar decisiones en supuestos expertos, cuando recientes escándalos occidentales muestran la capacidad del poder económico de manipular las investigaciones de carácter práctico? Por desgracia, la llamada posverdad –la mentira- invade también el terreno de la ciencia.

Los adalides de la episteme, generalmente anglosajones –como el economista Bryan Caplan, o el filósofo Jason Brennan- advierten sobre la quiebra del voto popular, tantas veces manipulado, de modo particular en tiempos de predominio de la cultura audiovisual. Limitarían ese derecho en favor de ciudadanos especialmente cualificados, no por razones económicas, como en el viejo sistema censitario. Dudan de que los demás tengan suficiente criterio personal como para poder decidir racionalmente. Y surge la contradicción del propio sistema, transido de voluntarismo, no de racionalidad como en los viejos tiempos. Sin llegar en modo alguno a aceptar la tesis de Julien Freund que, en 1965, incluía la irracionalidad entre los ingredientes de la esencia de la política.

Parte de las aporías de la vida pública actual proceden tal vez de ese imperio de la voluntad –cuando no de los sentimientos- sobre la razón. Sin pensamiento no puede haber diálogo, por mucho que se repita continuamente dentro y fuera de España, sobre todo, en la actual crisis de Cataluña. La abundancia de prejuicios y mentiras hace casi imposible el consenso. Y no parece que la solución esté en la calle o en los referéndums, salvo tradiciones consolidadas como las de Suiza o Estados Unidos. Aceptar la epistocracia sería tanto como intentar volver a un despotismo ilustrado, justamente cuando cualquier argumento medianamente serio puede ser rechazado como opresión, o no ser aceptado por herir sentimientos: aunque sean de tanta finura como los del inolvidable Matar un ruiseñor.

Sin embargo, frente a la venganza de lo irracional, se impone quizá la vuelta al pensamiento, no como palanca del mundo, sino como criterio –ético- inspirador de las voluntades.

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