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Tribuna libre

Wang Jisi y la cautelosa diplomacia china

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Wang Jisi, decano de la Escuela de Estudios Internacionales, en la universidad de Pekín, es uno de los más importantes pensadores estratégicos de China.

Wang Jisi, decano de la Escuela de Estudios Internacionales, en la universidad de Pekín, es uno de los más importantes pensadores estratégicos de China. La valía de un estratega se mide, sobre todo, por el hecho de que el poder político acepte sus sugerencias, y en el caso de Wang se está haciendo realidad con su eslogan “Marching West”. Si al este y sureste de China se multiplican los acuerdos de seguridad con EEUU, ya se trate de Japón, Corea del Sur, Taiwan, Vietnam, Singapur, Malasia, Thailandia o Filipinas, y China experimenta la sensación de que Washington está boicoteando sus esfuerzos de integración económica por medio del Transpacific Partnership, del que los chinos están excluidos en la práctica, la percepción más extendida será que Pekín sufre una especie de cerco en la ribera del Pacífico en Asia, que algunos comparan al intento de los liliputienses de doblegar a Gulliver con cuerdas y estacas. Este panorama geopolítico tiene que ser contrarrestado fomentando la presencia, los recursos y los esfuerzos diplomáticos de China en Asia Central, el sur de Asia y Oriente Medio.

La propuesta no es enteramente novedosa, pues la Organización de Cooperación de Shanghai, fundada en 1997, aspiraba a crear un bloque continental integrado por China, Rusia y las ex repúblicas soviéticas de Asia Central, si bien las estructuras de esta organización siguen siendo muy laxas. Por lo demás, China sigue cultivando a su tradicional aliado, Pakistán, y no pierde de vista la cooperación con Afganistán, contribuyendo a llenar el vacío dejado por la próxima retirada de la Misión de la OTAN. Las alianzas con pakistaníes y afganos son indispensables para controlar el extremismo islamista que ha salpicado a la región china de Xinjiang, y la cooperación económica con la India resulta vital, pese a la presencia de otros competidores como Rusia y EEUU. Por último, los intereses económicos, en especial energéticos, aconsejan a China una presencia más activa en Oriente Medio y el Golfo Pérsico. Pero el “Marching West” chino no debe interpretarse como una oportunidad estratégica para compensar la supuesta pérdida de interés de Washington por las tierras situadas entre el Mediterráneo y el Golfo. Por el contrario, se puede concluir que chinos y americanos pueden encontrar al oeste de Asia mayores cauces de entendimiento que al este. Ambas potencias desean estabilidad en Irak y Afganistán, el final del conflicto en Siria, el control del terrorismo y de la proliferación de armamentos de destrucción masiva, así como la continuidad en el suministro de petróleo. Wang Jisi ve incluso como preocupante para los intereses de China que EEUU pierda posiciones en Oriente Medio

Pese a todo, ¿puede afirmarse que China es un Gulliver al que intentarían maniatar sus vecinos? Seguramente no, pues por mucho que EEUU construya alianzas militares en la región del Pacífico, en los cálculos chinos no figura un enfrentamiento directo con los americanos por el control de Asia Oriental. Su expansión es sobre todo de carácter económico y buscan fomentar vínculos de este tipo, sin olvidar que ofrecen a sus vecinos la atractiva baza de un mercado de 1300 millones de consumidores. Esto significa que la diplomacia china seguirá siendo cautelosa y comedida en cualquier parte del mundo. Su objetivo, nada sencillo, es no despertar suspicacias y como recuerda Wang Jisi, ha sustituido el eslogan de “ascenso pacífico” por el de “desarrollo pacífico” como si quisiera tranquilizar sobre la categoría de sus ambiciones. Este mismo planteamiento conlleva no emplear una actitud asertiva en su política exterior respecto a EEUU, como suele hacer con frecuencia una Rusia humillada por la reducción de su estatus de la época de la guerra fría. El orgullo nacionalista se despliega para el consumo interno, pero nunca formando coaliciones diplomáticas antiamericanas como han hecho, por ejemplo, Irán o Venezuela. El problema de las políticas exteriores demasiado asertivas es que acaban desgastando a quien abusa de ellas, pues minan su credibilidad a largo plazo y reducen a algunos países a la condición de tigres de papel, a la que se refería Mao.

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