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Wikileaks

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En teoría los secretos deberían guardarse toda la vida. Normalmente esa es su misión. Pero hay algo que añadir sobre esto.

En teoría los secretos deberían guardarse toda la vida. Normalmente esa es su misión. Pero hay algo que añadir sobre esto. El 90% de los grandes secretos que circulan por el mundo son irrelevantes para la humanidad. El 10% restante son mentira. No permanece en secreto aquello que no sabe nadie sino sencillamente aquello que todos sabemos que no se puede contar. De todos los secretos que guardo en mi interior, casi ninguno haría saltar por los aires la bolsa, ni provocaría el pánico en las calles. Tal vez podrían enrojecer el rostro de algunas personas, y sobre todo, de sacarlos a la luz, podrían partirme la cabeza por algo demasiado tonto como para jugarme el pellejo. La mitad de los secretos que conservo tienen que ver con las cosas de los amigos, y la otra mitad interesan exclusivamente a los implicados. Por lo demás, no me gusta guardar secretos, por eso me dedico al periodismo. Y por eso, de un tiempo a esta parte, mis amigos con responsabilidades profesionales me hablan mucho de la familia y del fútbol, y poco de cómo está lo suyo en la oficina. Supongo que hacen bien.

No obstante, conviene distinguir entre los secretos personales y los que atañen al ámbito del trabajo. Los secretos profesionales funcionan de la siguiente manera. El director general de la compañía transmite una información altamente confidencial a sus dos empleados de confianza, que por supuesto, no ostentan cargo directivo alguno. De los dos empleados de confianza, uno decide contárselo a un compañero de oficina y el otro decide comentárselo a uno de sus mejores amigos, alto cargo de la competencia. A su vez, el empleado que recibe la información se la filtra al director financiero de la empresa, mientras que la noticia en la competencia asciende hacia las más altas esferas y es muy comentada en los clubes de negocios de la zona. Pasadas unas semanas, todo el mundo en la ciudad sabe ya que el director general de la compañía padece de hemorroides.

Esa es, lo lamento, la verdadera cara del secreto profesional. Pero no crean, la información confidencial de carácter personal tampoco alcanza mayores alturas. A menudo, en los grupos de amigos, todos saben el mismo secreto y se creen en posesión del privilegio en exclusiva. El que lo cuenta sabe cómo hacerlo para transmitírselo a todos, pero recordándoles a cada uno de ellos que deben guardar el secreto. Se trata, al fin, de que lo sepa todo el mundo, pero que al menos no lo comenten.

Esto mismo ocurre con los políticos. Lo que les mosquea no es que alguien tenga acceso a una información privada sobre algún escándalo de gobierno. Ni siquiera les fastidia demasiado que la dé a conocer este confidencial. Lo que realmente les indigna es que la noticia sea objeto de comentarios en las tertulias radiofónicas y de bromitas en los bares. Especialmente les molesta esto último, lo de las bromitas en los bares.

En política el secreto adquiere una dimensión especial, porque saber guardarlo equivale a tener más posibilidades de medrar dentro del propio partido. Es un error comúnmente aceptado creer que las personas que ascienden en política lo hacen por sus buenas dotes de comunicación. Al contrario. No ascienden por lo que saben decir, sino por lo que saben callar. Es de sobra conocido que en España el político que sabe guardar en secreto un delito, está preparado para llegar a Presidente del Gobierno. Se me ocurren dos excepciones en la historia de la democracia. Y de una de ellas no estoy seguro.

Estos días el mundo se revuelve ante un fenómeno que supera las entendederas de la mayoría de la opinión pública. Wikileaks. Estarán hartos de oírlo. ¿Y qué es? ¿Qué importancia tiene? ¿Cómo consiguen permanentemente hacernos ver el mensaje y olvidar el resto del proceso? Da igual. Wikileaks, que significa “filtraciones rápidas”, tiene dos problemas. El primero es que se les acusa de delincuentes, por mucho que se entretengan en manchar el nombre de la libertad de prensa, como si ese vertedero de documentos intrascendentes tuviera algo que ver con el periodismo de investigación. Y el segundo, que es más grave, es que es irrelevante. Las filtraciones son rápidas, sí, pero circunstanciales. Después de leer treinta y pico documentos en la famosa web, puedo afirmar sin miedo a equivocarme que son más interesantes las filtraciones del grifo de mi cuarto de baño que estos informes. Los comentarios ociosos de una serie de sujetos casi aleatorios sobre gobernantes y políticas diversas, contemplados con cierta distancia, parecen un mal chiste. Yo mismo en un rato distendido en la barra de algún tugurio, puedo proferir bobadas mucho más interesantes e ingeniosas sobre Zapatero, Aznar y Fidel Castro, sin necesidad de trabajar para la diplomacia norteamericana.

Como estamos viendo. Al final del camino, el secreto o se sabe o no tiene importancia. Y esto mismo ocurre con Wikileaks. Llevamos varios meses de anunciadísimas revelaciones y hasta ahora todo lo que sabemos es eso: que el jefe padece de hemorroides. Pues muy bien. Viva Wikileaks. Visto y leído. Y ahora tráiganme un buen periódico y otro cafelito.

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