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No es Winston Churchill

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Se ha escrito mucho sobre Zapatero. En una democracia, y sin oposición, es la única defensa que nos queda antes los atropellos de la incompetencia.

Algunos, como César Vidal, lo calaron desde el principio. “No es Winston Churchill -de eso no cabe duda- pero ZP no es un estúpido bienintencionado”, decía en 2005, “es una persona dominada por la sed de poder y sin escrúpulo alguno”. César Alonso de los Ríos vaticinó en 2006, que si Zapatero lograba prolongar su mandato, se produciría una desgracia nacional. Nadie le hizo caso. El Presidente volvió a ganar, agradeciéndoselo a sus votantes con una gestión todavía peor que en la legislatura anterior. Una gesta que parecía inalcanzable, incluso para él. Desde entonces, observadores de diversos puntos de planeta aterrizan cíclicamente en España, para comprobar con sus propios ojos que realmente es posible hacer las cosas tan mal.

Analizando las causas de su torpeza como gobernante, Arcadi Espada apuntaba que se trata de “un hombre primario, que ha estudiado poco”. Vidal Quadras, por su parte, prefería definirlo como un “ectoplasma hedonista”, mientras que José María García recordaba que “no ha sido presidente ni de la comunidad de su casa”. Gabriel Albiac, más ocurrente, lo resumía así: “Leer es rito antiguo. Zapatero es moderno”.

Es fácil saber cuándo una persona no está preparada para el puesto que ocupa. Basta con ver qué ocurre con sus amigos y colaboradores, pasados los años del entusiasmo. Muchos de sus antiguos colaboradores le han criticado duramente, le han acusado de traiciones, y han sacado a la luz la verdadera cara que se oculta tras esa simpática sonrisa electoral. César Antonio Molina, por ejemplo, dijo que “no escucha” y “que sólo se fía de sí mismo”. Otro ex ministro, Jordi Sevilla, declaró: “Creo que José Luis Rodríguez Zapatero no deposita en nadie toda su confianza. Que me perdone Sonsoles, pero creo que ni en ella.” Incluso Gaspar Llamazares, su aliado en la pegatina y en el Congreso, le sacó los colores en 2008: “Zapatero se merece el Oscar a los mejores efectos especiales”. 

Artur Mas decía de él que era una “amenaza para la economía catalana y española”. Mientras que Carlos Carnicero, popular periodista de izquierdas, fumigado por el pluralista Enric Sopena por poner en duda, precisamente, la infalibilidad del Gobierno de Zapatero, resumía así la personalidad del presidente: “Nunca hizo caso más que a los aduladores; siempre consideró la crítica como una ofensa. Y ahora está sólo; terriblemente sólo por una mezcla explosiva de prepotencia, de falta de humildad, de narcisismo y de egolatría”.

Poco tiempo después, Ignacio Arsuaga zanjaba de esta manera el legado de su gobierno: “En España hay menos libertad y los españoles somos más pobres, estamos más divididos y dependemos más del poder político ". En las mismas fechas, The Economist publicaba que Zapatero se había convertido “en un personaje tóxico”.

Durante estos años, algunas voces han acudido en defensa del presidente del Gobierno, con desigual resultado. Es el caso de Leire Pajín. “Les sugiero”, dijo en una célebre intervención, “que estén atentos al próximo acontecimiento histórico que se producirá en nuestro planeta: la coincidencia en breve de dos presidencias progresistas a ambos lados del Atlántico, la presidencia de Obama en EEUU y Zapatero presidiendo la Unión Europea”. Cuando la ministra de Sanidad ingenió esta frase, su propósito era lograr la sandez más grande de la historia de la política española. Y lo consiguió. Pero ahora que Zapatero ha hecho oficial su próxima despedida, las palabras de Pajín parecen recobrar vida para resumir toda su gestión: desmedida, infantil, indigna, sectaria e irresponsable. Y cursi. Muy cursi. Tremendamente cursi.

Al final, si hay que escribir un resumen preciso a tanto despropósito, lo mejor es recurrir a la vieja sentencia, escrita por Jaime Campmany en 2005, en uno de sus últimos artículos: “De todas las faltas que se le pueden encontrar a Zapatero, las más perdonables son las faltas de ortografía”.

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