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Tribuna libre

Del abstencionismo electoral a las protestas callejeras contra los electos

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Tras la sorprendente victoria de Donald Trump, y antes incluso de su toma de posesión como presidente de Estados Unidos, se sucedieron manifestaciones en grandes ciudades americanas contra él.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Desde Europa lo seguíamos con amplia información mediática y gestos comprensivos, cuando en realidad denotaba una dolencia del sistema democrático: tanto la elección como las protestas. Las polémicas hispanas de las dos Españas nos habían hecho olvidar quizá que aquella gran nación es fruto de una cruel guerra civil en la segunda mitad del siglo XIX. La sangre no llega ahora al río, pero cuesta entender la amplitud de las intolerancias.

Un fenómeno semejante se ha producido en Francia, aunque menos inquietante, porque no ha alcanzado ni de lejos cifras comparables a las estadounidenses. En cambio, en el país vecino se ha tratado de minimizar la victoria de Emmanuel Macron, antes de su toma de posesión del domingo, afirmando que, en realidad, sólo le habría apoyado el 43% de los ciudadanos. Cuando se difunden planteamiento de este estilo, me suele venir a la cabeza el comentario antiguo de un amigo, profesor de ciencias humanas en una universidad de Andalucía: “lo que pasa es que muchas veces los números no son objetivos”.

En cierto modo, el diario Le Monde, en su edición del día 11, de nuevo en defensa de Macron, utilizó un criterio en esa línea. Se compara el 66% de votantes en segunda vuelta, con la realidad derivada de la abstención y las papeletas nulas o en blanco, para afirmar que el nuevo presidente sólo habría recibido el apoyo del 43,6% de los votantes registrados. Pero el diario de París recuerda que es así desde hace medio siglo, con la excepción del plebiscito en favor de Jacques Chirac contra Jean-Marie Le Pen en 2002. Ningún otro presidente de la V República ha llegado al 50% de los electores: De Gaulle, 45,3% en 1965; Valery Giscard d'Estaing, 43,7% en 1974; François Mitterrand, 43,8% en 1988. Por debajo de Macron quedaron Georges Pompidou en 1969 (37,5%), François Mitterrand en 1981 (43%), Jacques Chirac en 1995 (39,4%) y François Hollande en 2012 (39,1%). Ninguna elección fue cuestionada.

Lo más inquietante, a mi juicio, es el paulatino incremento de la abstención –aunque soy partidario de su reconocimiento: el voto es un derecho, no un deber-, y del movimiento por el voto en blanco –si bien, en el fondo, votar en blanco es otra forma de abstención. No es fácil medir o interpretar ese fenómeno, especialmente en países con una larga tradición democrática.

La abstención es sólo específica del electorado de centro, menos sensible a las adhesiones o a los castigos acríticos. Ni de personas más bien urbanas y de cierto nivel laboral. Ni deriva del aumento de la volatilidad y el trasfuguismo. Ni depende de la edad: ya se demostró su amplitud entre los jóvenes cuando se intentó alargar el voto hasta los dieciséis años (antes de grotescos planes de quitárselo a los viejos).

En algunos casos, refleja cierta nostalgia de la democracia directa, ejemplificada sin excesivo fundamento en las ciudades de la Grecia clásica, donde tanta importancia tenía la opinión. Olvidan la inconstancia popular descrita por Jacqueline de Romilly, en su libro sobre Alcibíades. Pericles consideraba los cambios de opinión algo “propio del pueblo”. Con más humor, Aristófanes atribuía a los atenienses “facilidad para decidirse” y “facilidad para mudar de decisión”. En el fondo, acertaba Eurípides al considerar que el pueblo “es como un fuego excesivamente vivo para ser extinguido”.

La desconfianza de los ciudadanos ante los políticos se manifiesta ante todo en el abstencionismo. Y se proyecta luego en estos movimientos de protesta demasiado airados, casi violentos –enraizados en las Redes sociales-, que niegan evidencias democráticas. El abstencionista se transforma fácilmente en autócrata.

No parece que la moderna sociedad, tan compleja, pueda ser gobernada desde la democracia directa. Pero la abstención y la protesta deberían hacer reflexionar a los profesionales de la política: los líderes abordarían quizá más a fondo en sus discursos y en sus hechos incluidas las campañas las preocupaciones reales de la sociedad, con argumentos y soluciones coherentes, y rechazarían insultos, descalificaciones, estereotipos y trivialidades.

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