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Más allá del pasado

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Después del paso de los huracanes Gustav y Ike por Cuba es de vital importancia recibir ayuda humanitaria. EEUU y Europa ya han expresado su deseo de ayudar.

Poco a poco se conoce la colosal magnitud del desastre provocado en Cuba por el azote de los huracanes Gustav y Ike. Después de haber transcurrido una semana del impacto del último, algunas áreas están inundadas en las provincias de Granma, Matanzas y Pinar del Río, con poblaciones absolutamente aisladas.

Los daños totales ocasionados al fondo de viviendas son estimados preliminarmente en cifras superiores a 500.000 casas y apartamentos, según datos oficiales; incluyen un alto porcentaje aún desconocido de viviendas totalmente destruidas. Para tener idea del volumen de las moradas afectadas, puede decirse que supera el 15,0% de todo el fondo habitacional nacional, comprendidas casas, apartamentos, bohíos, habitaciones en cuarterías, y otros lugares improvisados. Ninguna provincia, excepto la ciudad de La Habana, tiene un volumen de viviendas superior a medio millón de moradas, según el último censo realizado en 2002. 

A esto se añaden serios daños a hospitales, escuelas y almacenes donde se han perdido considerables cantidades de alimentos, materiales de construcción y otros productos. Las destrucciones en la producción agropecuaria han sido extraordinarias, especialmente los cultivos de plátano, café, yuca y maíz, así como la avicultura. El impacto empeorará aún más la alimentación del pueblo. De hecho, ya en los mercados se observa la caída pronunciada de la oferta y precios mucho más elevados.

Paralelamente se han afectado miles kilómetros de viales, incluidos caminos cañeros, así como torres de transmisión, postes y líneas conductoras de electricidad. Hasta el día 13 de septiembre las provincias de Las Tunas, Camagüey y Holguín no rebasaban el 30,0% de sus usuarios con servicio eléctrico, mientras Pinar del Río tenía 55,0% e Isla de la Juventud casi 67,0%.

Se empieza a hablar de varios miles de millones de dólares en pérdidas, aunque las cifras definitivas de daños no se han terminado de cuantificar. Resulta más que evidente que la economía cubana, inmersa en una profunda crisis durante casi 20 años, no puede enfrentar sola semejante catástrofe. El General de División Carlos M. Lezcano Pérez, Presidente del Instituto Nacional de Reservas Estatales (IMRE), lo sugirió en una entrevista publicada por el periódico Granma el 12 de septiembre.  

Ante la magnitud de la catástrofe resulta de vital importancia recibir asistencia humanitaria internacional masiva, abandonando prejuicios políticos e infecundas confrontaciones tradicionales.

Estados Unidos y la Unión Europea han expresado su disposición a ayudar, y lo menos que puede hacerse es analizar con esos importantes donantes como materializar la asistencia. La propuesta estadounidense de enviar un grupo de expertos para determinar las necesidades no debe ser rechazada. Incluso el General Lezcano Pérez habló de la necesidad de evaluar la información sobre los daños que reportan los organismos y los consejos de defensa provinciales, municipales y de zonas, para decidir posteriormente que hacer de forma ágil. Mucho más razones tiene otro país, desconocedor de las condiciones cubanas, cuando pide ver en el terreno las proporciones del daño, tomando además en consideración que los recursos a donar están financiados por el dinero de los contribuyentes y deben ser invertidos con la mayor efectividad.

Al mismo tiempo, pudiera ser una ocasión adecuada para iniciar conversaciones que permitan solucionar litigios actuales, aunque sea de forma parcial, ya que 50 años de confrontación no se resuelven de un día a otro. Debe recordarse que en el 2001, ante el azote de otro huracán, se crearon mecanismos para la venta de alimentos y medicinas a Cuba, con el resultado de la adquisición de cerca de 3,0 miles de millones de dólares en productos norteamericanos en los años transcurrido desde entonces. Ahora, quizás, con igual buena voluntad, podrían encontrarse mecanismos- aunque no sean los óptimos- para ampliar el comercio a los materiales de construcción, como han solicitado las autoridades cubanas. Por supuesto, si no se conversa nada se podrá lograr.

En el mismo espíritu deberían reaccionar las autoridades de Estados Unidos no sólo insistiendo en la concesión de ayuda a través de organizaciones no gubernamentales, sino mediante la asistencia de persona a persona, de familia a familia, como han sugerido organizaciones de la comunidad cubana en Norteamérica, lo cual es apoyado por la mayoría de la sociedad civil cubana, así como la Iglesia Católica y destacadas personalidades estadounidenses. Esto podría lograrse mediante la moratoria en las restricciones al envío de dinero y paquetes, y los viajes a Cuba.

Ambas propuestas no se contradicen, por el contrario se complementan. Son gestos generosos hacia las personas damnificadas. Emocionante y alentador es el movimiento surgido en Florida y otras regiones de Estados Unidos en la recogida de fondos y productos para auxiliar al pueblo cubano. Las palabras de aliento de hermanos residentes en Miami y otras ciudades, personas que han sufrido mucho por defender sus ideas, como Ángel de Fana, nos han conmovido, con sus llamados a la solidaridad sin exclusiones políticas, en auxilio de quienes padecen los embates de los huracanes. Es que no es posible actuar de otra forma, sin caer en lo mismo que hemos combatido por tantos años. Llena de optimismo en el futuro que músicos, artistas, deportistas hombres de negocios, políticos y gente sencilla en general se unan para apoyar a nuestra Patria, dejando atrás agravios y los fantasmas del pasado.

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