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El amor estaba escondido

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Cualquiera de nosotros tiene adversidades, imprevistos, cambios de planes, proyectos que no salen como uno quería o situaciones que nos gustaría afrontar con entereza y enriquecernos al hacerlo. 



Un artículo de...

Carlos Chiclana
Carlos Chiclana

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Así es la vida”, le decía un amigo psiquiatra a los pacientes para terminar las entrevistas que se alargaban más allá de lo terapéutico. Se quedaba tan a gusto y contaba que sus pacientes también.

No tengo yo tan claro que, para aceptar, baste con decir: “Ea, esto es lo que hay”. La aceptación de lo que está ocurriendo en tu vida es algo más complejo y de mucho más interés.

La plegaria de la serenidad se ha convertido ya en un lugar común, hasta Neil Young la puso en la contraportada de un LP: “Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia”.

Parece que la aceptación supusiera quedarse quieto o pudrirse en esa malentendida expresión “resignación cristiana”, pero no, aceptar exige un dinamismo y una flexibilidad de bailarín experimentado que disfruta con cada paso al ritmo de la música que suena, a veces con el misterio de no cambiar nada.

Es curioso que, al hablar de aceptación, se nos vienen a la cabeza situaciones desagradables que nos exigen un esfuerzo. Podría parecer que la aceptación se refiere sólo a las cosas desfavorables o que cambian nuestros planes. También es de mucho interés para el crecimiento personal, aceptar de verdad lo que resulta agradable, positivo y favorable.

Imagina una comida que te gusta mucho. La puedes engullir y ya está, y te nutrirá de las misma manera que si fuera una que no te gusta nada. En cualquier caso al aceptar de verdad la comida, el modo en que la observas, tomas, saboreas, consideras quién la ha preparado, la comes con gratitud, etc., te dejará un poso mayor que la mera alimentación.

Aceptar pide encontrarse y relacionarse con ese algo que se nos presenta. Aceptar no es someterse, es bailar, seguirle el paso y cambiarle el ritmo. Aceptar no es resignarse, es estrujar en un intenso abrazo para sacarle el máximo beneficio y enriquecimiento personal.

Aceptar no es anularse, es desarrollar modos de llevar nuestra vida con eso de una manera que nos vivifique. Aceptar no es evitar lo que nos cuesta, sino vivir la vida incluyendo eso en nuestros planes.

José Hierro, desde su Cuaderno de Nueva York, puede ayudarnos a ser creadores de nuestra aceptación al descubrir que “El amor estaba escondido/ como la almendra en la corteza/ agazapado suavemente/ circulando cálidamente/ y era preciso detenerlo/ paralizarlo, congelarlo/ encadenarlo en líneas, ritmos/ desarraigarlo de su tránsito.” Quienes navegan a vela saben de la aceptación. Según como esté el agua, las corrientes, el viento con su fuerza y dirección, la tripulación a bordo, el tipo de barco y sus velas, es necesario responder de una manera determinada. ¿Cómo descubrir ese amor escondido en el navegar de cada día?

La aceptación tiene sus reglas. Pide ser una relación consciente, sé que voy a por ti, para conocerte, saber qué-quién eres, qué haces aquí, por qué has llegado a mi vida, qué tipo de relación quiero tener, para qué has llegado hasta mi, qué me pides, qué necesitas, qué tienes que ver conmigo, qué te sé-puedo-quiero dar.

Después elaboraré una respuesta, más allá de la primera reacción, que puede ser ignorar, abandonarse, de negación, rechazo o rebelión. Cuando hay algo nuevo en nuestros planes es una buena oportunidad para aceptarlo y es lógico que nos exija un cambio del paso, un ajuste del rumbo o de las velas para detener al amor y encadenarlo en ritmos.

Puede que la respuesta más beneficiosa sea rebelarse, procuraremos que sea una respuesta consciente, no una reacción impulsiva e inconsciente. Una respuesta con significado personal: yo decido cómo respondo, qué significado descubro y atribuyo a esa situación y cómo me desarrollo precisamente a través de ella. Tomo la realidad, sea agradable o desagradable, como motivo para ser más y mejor y no como excusa para rendirme.

Aceptar exige desprenderse de la antigua piel del ideal en el que creíamos y acomodarse en la nueva piel de lo real que tenemos para vivir, y hacer nuevas las cosas. Aceptar así rebaja la tensión, porque permite que fluya la vida bella, aporta conocimiento y podemos enfocarnos en lo que es verdadero y bueno para nosotros. Nadie dijo fácil y al final la verdad te llena y satisface, te hace más tú.

Carlos Chiclana

Médico Psiquiatra

www.doctorcarloschiclana.com

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