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El antibipartidismo

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La regeneración de la democracia y la lucha contra la corrupción no tienen nada que ver con la existencia de dos partidos hegemónicos, sino más bien con la honradez personal y, en todo caso, con las estructuras territoriales que se prestan a todo tipo de abusos.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Lo de batallar contra el bipartidismo, acabar con el bipartidismo y lo nefasto que es el bipartidismo, es una muletilla que Podemos y Ciudadanos han convertido en un dogma.

La verdad es que ese dogma, que fue creído por unos y otros sin apenas fisuras, ha venido perdiendo fuelle poco a poco y tanto Ciudadanos como Podemos, no pasan por sus mejores momentos.

La democracia -e incluso la regeneración democrática a la que se agarran Pablo Iglesias y Albert Rivera- no tiene nada que ver con acabar con el bipartidismo, de la misma manera que la corrupción, con la que ambos pretendían acabar, tampoco guarda correlación alguna con la existencia de dos partidos dominantes. Habrá que ir asumiendo –a la vista está- que la corrupción es cosa de honradez personal y todo lo más viene propiciada por unas estructuras territoriales que favorecen las malas prácticas.

La democracia conlleva la existencia de cuantos partidos políticos tengan carta de naturaleza, otorgada por los propios ciudadanos en las distintas citas electorales., El que, hasta el momento, en España hayan dominado Partido Popular y Partido Socialista se debe, única y exclusivamente, a los votos de los ciudadanos y esa voluntad expresada en las urnas, no se tuerce con posteriores diatribas atacando el bipartidismo por el solo hecho de serlo.

Hay demasiados ejemplos en el panorama internacional -y vienen todos de las democracias más asentadas- como para anatematizar el bipartidismo sin más razonamiento que el ‘no es bueno’. No es bueno, ¿por qué?

El bipartidismo, en sí mismo considerado, no es bueno ni malo en tanto que surgido de la voluntad de los ciudadanos. En todo caso será mejor o peor la actuación, en el gobierno o en la oposición, de los dos partidos dominantes, pero nunca podrá juzgarse su trayectoria por el simple hecho de que haya dos partidos con muchos más votos que otros.

Es comprensible que Rivera e Iglesias pretendan acabar con la hegemonía de los dos únicos partidos que han gobernado en la España democrática, pero a lo mejor se da la gran paradoja de que el bipartidismo pretendan protagonizarlo ellos.

Y entonces, seguro que ya no sería tan malo.

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