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El asesinato de Diana Quer

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Hay que afrontar con urgencia las trabas legales que la Guardia Civil ha denunciado en la investigación de este delito, y otros similares. Y ha de calar hondo que encubrir a delincuentes propicia que reincidan, como ha sucedido con El Chicle.


Un artículo de...

Javier Arnal
Javier Arnal

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No quiero redundar en datos que ya son sobradamente conocidos del asesinato de Diana, sino unirme al dolor, y sacar consecuencias para que no se produzcan hechos similares, con valentía, urgencia y sentido de la realidad, no llevados de la rabia en estos momentos.

La rabia suele ser improductiva, o incluso vengativa. El “monstruo” que ha actuado – en palabras de su propia madre – requiere rapidez y contundencia en la Justicia, que sepamos en qué queda la condena y, en la práctica, los años que pasará en la cárcel tras su propia confesión del delito.

En una inusitada rueda de prensa el pasado 2 de enero, los altos mandos de la Guardia Civil hablaron claro: hay trabas legales en la investigación de delitos como el que ha cometido El Chicle. Todos debemos sentirnos aludidos, especialmente quienes tienen en su mano modificar – “actualizar” han dicho desde Ciudadanos – la legislación, que abarque las penas y el hecho comprobado de la reincidencia de los que comenten delitos relacionados con las drogas y las agresiones sexuales.

Recientemente, me comentaban desde instituciones penitenciarias de la provincia de Alicante – allí hay tres cárceles – que el 55% de los presos reinciden. Dato escalofriante, que exige analizar el cumplimiento de las penas y cómo se lleva a cabo la reinserción, con medidas proporcionales que impidan esa tasa tan elevada de reincidencia. Y entre los que reinciden, a la cabeza figuran los que han cometido delitos relacionados con la droga y las agresiones sexuales: habrá que revisar cómo se trata en la cárcel a estos delincuentes, pruebas de que pueden salir de la cárcel sin peligro, tratamiento que reciben, controles necesarios tras salir de la cárcel, y un largo etcétera.

El “monstruo” había violado en 2005 a una cuñada. No retiró la denuncia, pero se archivó el caso. En boca de todos está ¿cómo es posible?

Había pasado El Chicle dos años en la cárcel por drogas. ¿Qué seguimiento posterior se hizo con posterioridad, porque parece que el mundo de la droga le siguió acompañando? Tal vez la Guardia Civil puede contestar a esta pregunta: lo que se hizo o lo que no pudo hacer por las mencionadas trabas legales.

La mujer de El Chicle le encubrió. En este delito y en otros, el encubrimiento ha de conllevar una pena elevada, proporcional a lo que supone: es dejar en la calle a un delincuente que, con bastante probabilidad, cometerá otros delitos, particularmente los de carácter sexual, como en este caso, en que volvió a intentar una violación hace una semana. Los “obsexos” y metidos en el tráfico de drogas pueden tener esas dos adicciones juntas.

El dolor puede oscurecernos, pero también puede provocar cambios legales, judiciales y de reinserción que, en mayor medida, impidan la reincidencia. No significa estigmatizar de por vida a un delincuente, pero sí garantizar a fondo que no vuelva a ser un peligro público al salir de la cárcel.

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