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El asilvestrado

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Luis Herrero dice de sí mismo que es un asilvestrado. Y lo es. Para bien o para mal, desde los micrófonos y desde Bruselas, ha defendido una serie de principios básicos como algo propio.

Le animaría a que siguiera peleando si tuviera alguna posibilidad de prosperar sin someterse a la disciplina inquebrantable del partido. Pero no es así. La política española es, hoy más que nunca, de rebaño. En esto no hay excepciones entre los partidos. Salirse de los discursos oficiales es desafiar a vida o muerte a la dirección. Ignoro por qué razón la vida siempre se la llevan unos y la muerte los otros. Pero es así. Para aguantar en política manteniendo ciertas posiciones y principios propios –no necesariamente del partido- ya no sólo hay que tener firmeza, sino también la habilidad de pisar charcos sin mojarse. Una habilidad que pocas veces es compatible con la libertad y con la independencia.

Luis Herrero dice de sí mismo que es un asilvestrado. Y lo es. Para bien o para mal, desde los micrófonos y desde Bruselas, ha defendido una serie de principios básicos como algo propio. Principios que, por otra parte, no son ajenos a los programas del PP, ni mucho menos a la opinión mayoritaria de sus votantes. En la defensa de las cuestiones más peliagudas no hemos podido ver a algunos de los actuales cabecillas del Partido Popular, pero sí hemos podido ver a Luis Herrero. El mayor de sus errores, la más grande de las muestras de su condición de asilvestrado, es haber hecho autocrítica en plena crisis del Partido Popular. Alta traición para ciertos sectores de Génova.

No quiero decir que el periodista haya sido el modelo perfecto de lo que debe ser un político del Partido Popular. En realidad, desconozco cuáles deben ser las virtudes del perfecto diputado popular. Estoy convencido de que las que yo pueda resaltar no coincidirán con las que resaltaría Rajoy o cualquiera de los principales dirigentes del PP. Sin embargo, en un momento en el que casi toda la clase política juega a no decir lo que piensa, en unos tiempos en los que lo que cuenta es el eslogan, la imagen y la inclinación de las cejas con respecto al tabique nasal, no puedo ocultar mis simpatías hacia quien sale a decir lo que piensa, sin importarle demasiado lo que sucederá después.

Confieso que ya en la primera intervención polémica –cualquier ataque de sinceridad en un político genera polémica- de Luis Herrero en el Parlamento Europeo comprendí que su bigote de eurodiputado tenía los días contados en el Partido Popular. Y me alegré. Porque lo que en realidad cuesta perdonarle es que haya abandonado parcialmente el periodismo para saltar a la política. Aunque tampoco comparto las mil maldiciones que le desea José María García cada vez que le ponen un micrófono delante. Traidor es lo más suave que le ha llamado García a quien fue su gran amigo y compañero en los años más duros de la radio, suponiendo que no sean éstos los años más duros de la radio. Hoy se ve con claridad que pasarse a la política en España fue un gran error personal y profesional, pero no una traición.

Me alegra, en definitiva, que Luis Herrero esté en la calle de nuevo. Los asilvestrados deben vivir en la jungla más salvaje, y no hay otra mejor que el periodismo. Porque Luis Herrero es, por encima de cualquier otra cosa, un periodista. Eso que García llama “comunicador”. Una voz libre y elocuente más necesaria que nunca en la radio. Es también un gran escritor, como ha demostrado en numerosas ocasiones. De manera muy especial con su libro “En vida de Antonio Herrero”, que ha contribuido a mantener viva la memoria del añorado periodista radiofónico.

Con la Cope en plena tormenta, es difícil saber si Luis Herrero encontrará un nuevo hueco en la radio en los próximos años. Sea donde sea, estará mejor que en el Parlamento Europeo. Hay tipos que no pintan nada sometidos a la disciplina de un partido. Y Luis Herrero es uno de ellos. Así que celebro que vuelva a la libertad y al mundo real. Sin ataduras. El regreso del asilvestrado.

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