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Por la boca… Alemania e Italia, dos buenos ejemplos

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Lo que acaba de acontecer tras los acuerdos en Alemania y las elecciones en Italia, debería hacer reflexionar a los políticos y a la sociedad española en general.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Alemania e Italia son dos países punteros en Europa. De muy distintas características sociales, económicas y políticas, viven situaciones -tras los acuerdos en Alemania y las elecciones en Italia- que deberían hacer reflexionar a nuestros políticos y a la sociedad española en general.

No se trata de copiar nada ni de trasplantar ideas que, posiblemente, no darían resultado por estos pagos, pero ambas naciones son un buen ejemplo de modos de convivencia que podrían calificarse, en muchos aspectos, de envidiables para España.

La gran coalición acordada por los dos más importantes partidos alemanes, respaldados por sus respectivas bases, es un ejemplo patente de cómo la conciencia de estado de unos dirigentes es capaz de renuncias –ha habido hasta dimisiones- y de sacrificios con tal de lograr la gobernabilidad de un país.

En el otro extremo, los resultados de las elecciones italianas, con una enorme fragmentación y con resultados atomizados hasta poner en peligro la formación de gobierno, demuestran una vez más la fortaleza de una sociedad civil y de una administración pública capaces de garantizar la marcha normal, y notablemente próspera, de un país que no se para por más que lo gobernabilidad sea problemática.

Dos ejemplos que se sitúan en las antípodas y que desgraciadamente no se dan en España. Ni nuestros políticos son capaces de llegar a acuerdos por encima de sus intereses partidistas y de sus planteamientos ideológicos, ni nuestra sociedad civil -y mucho menos la administración pública- generan la actividad requerida para la marcha normal de un país aún con gobiernos difíciles de ensamblar.

Aquí, se descartan de antemano coaliciones no ya ‘gran’ entre el Partido Popular y el Partido Socialista, sino que las ‘pequeñas’, entre formaciones más afines, suponen una batalla de intereses cuyo espectáculo no es nada edificante.

Por lo que a la sociedad civil se refiere, los intentos que se hacen apenas cuajan, entre otras razones, porque casi siempre son fagocitados por los propios partidos, celosos de sus ‘prerrogativas’. Y si atendemos a la administración pública, el chascarrillo de que cuando cambia el ministro cambian hasta los ordenanzas del ministerio, es algo más que un chiste.

Por eso los ejemplos de Italia y de Alemania, tan dispares entre sí, son objeto de deseo de muchos españoles.

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