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Por la boca… Idolillos con pies de barro

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El listón de la idolatría se ha colocado muy bajo. Que cualquier indocumentado, pero ‘famosillo’, sea calificado de mito y de ejemplo y opine sobre lo divino y lo humano, es preocupante.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Estamos tan acostumbrados a los famosillos de los programas de televisión -que hasta se atreven a escribir sus memorias- a los reportajes, las exclusivas y los ‘posados’ de los ‘genios’ actuales, a que esos ‘genios’ opinen sobre lo divino y lo humano y a que esos populares sean ‘referente’ (cursilada que significa otras cosas) y haya que ‘ponerlos en valor’ (otra cursilada), que cuando uno de esos idolillos comete alguna barbaridad, parece como si la civilización occidental se viniera abajo.

Una patada -acción absolutamente deleznable- de Valentino Rossi, ha bastado para que se rasguen vestiduras y haya que escuchar aquello de ‘se me ha caído el mito’, ‘deja de ser mi ídolo’, ‘no es un ‘referente’ etc. y estén siendo estos días una constante en medios de comunicación y en declaraciones públicas.

Si el Duque de Gandía, levantara la cabeza, no daría abasto para repetir su famosa frase ‘no más servir a señor que se me pueda morir’. La pronunció Francisco de Borja ante el cadáver, ya agusanado, de la emperatriz Isabel de Portugal -la que fue madre de Felipe II- señora que, aparte de su belleza, posiblemente merecía ser admirada mucho más que todos estos cantamañanas que son requeridos por los idólatras para selfies, autógrafos y zalemas varias.

Y es que el listón de la idolatría y la admiración se ha colocado muy bajo. Vamos, que está en mínimos. Que cualquiera con varios divorcios y otros tantos matrimonios a la espalda, se permita el lujo de pontificar sobre la familia y la educación de los hijos o que un botarate salido de no se sabe dónde, opine de política, de libertades o de democracia y que un indocumentado o indocumentada imparta lecciones de moral y haga poner los ojos en blanco a entrevistadores, comentaristas y público en general, es preocupante.

Son esos famosetes que cuando hacen o dicen alguna barbaridad en sus actuaciones públicas, piden perdón y lo lamentan ‘sobre todo por los niños a los que ‘he dado un mal ejemplo’, como si fueran ellos el espejo en el que se tuvieran que mirar los más pequeños, los adolescentes o la juventud actual.

Estamos equivocando el punto de mira. En nuestra sociedad hay muchos y magníficos ejemplos a los que imitar. Tenemos al alcance de la mano hombres y mujeres cuyas vidas y cuyas trayectorias vitales y profesionales son admirables y aptas para ser propuestas como pautas de comportamiento a seguir, sin necesidad de acudir a mitos falsos, ídolos huecos y personajes cuya notoriedad se muere incluso antes de nacer.

Critiquemos actuaciones que lo merezcan, censuremos lo censurable, pero poner altares y crear ídolos y mitos de pacotilla, los menos posibles y con mucha precaución.

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