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Por la boca… Mirar para otro lado

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Rajoy y Rubalcaba hacen la vista gorda ante los problemas internos que tienen en sus respectivas formaciones, en espera de tiempos mejores.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Es una de las especialidades de los políticos; más concretamente de los líderes políticos y, mucho más concretamente, de los líderes políticos de los dos grandes partidos que hay en España.

Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba son especialistas en hacerse los suecos. El malestar interno en ambas formaciones es patente; y si los socialistas piden a gritos un nuevo líder y una foto más limpia y más fresca para las elecciones que hay en el horizonte, los militantes y algunos prebostes del Partido Popular comienzan a hartarse de las ambigüedades de Mariano Rajoy y de su dedicación exclusiva a la crisis económica; de su desprecio por los asuntos más o menos ideológicos que llevaba en el programa electoral y de su desprecio olímpico de las figuras históricas del partido.

Su cantinela del ‘no nos gusta ni estaba en nuestro programa pero no hemos tenido más remedio que hacerlo’ ya no convence a nadie.

Es muy significativo lo que ocurre en el País Vasco y en la situación político-jurídica respecto a la ETA. Quienes veían venir el ‘pastel’ se fueron o los apartaron, como María San Gil o Jaime Mayor Oreja. Los que se han encontrado el pastel, de manos a boca, caso de Santiago Abascal, se apresuran a marcharse y lo explican con todo descaro.

El caso de Esperanza Aguirre –atípico por la personalidad y la situación de la protagonista- es distinto, pero las conclusiones son las mismas.

Como son las mismas las de los ministros que están hartos o simplemente quemados en esa hoguera de las ambigüedades –léase Tom Wolfe- que tiene instalada Rajoy.

El problema de Rajoy no es que se haya encastillado en la Moncloa, su problema es que está emparedado entre los muros humanos que forman quienes tienen el despacho demasiado cerca de la oficina del presidente. Y así no hay manera.

Rubalcaba, entre mitin y soflama, también mira para otro lado y hace oídos sordos a los gritos que le llegan y a los discursos de quienes le están enterrando políticamente.

Se ha puesto al frente de la manifestación que ha convocado Susana Díaz desde Andalucía, y no le separan de la pancarta ni con agua caliente; hace como que no le llegan los vientos de renovación del PSOE y se muestra ufano, mitinero y hasta insolente ante los compañeros y compañeras.

Sabe que tiene problemas, distintos, pero problemas, en Cataluña y en Madrid y hace la vista gorda.

Sabe que no tiene nada que rascar en el País Vasco y, por supuesto en Andalucía y Extremadura, pero se llama andana.

También él se enroca en la cohorte de Ferraz. Y que dure.

Ambos líderes dan la sensación de querer ganar tiempo y simulan una situación interna de bonanza a la espera de los tiempos mejores que para uno serán las buenas noticias en la situación económica y para el otro las previsibles peleas entre los aspirantes a quebrar el actual fogonazo de Susana Díaz. Y, en cualquier caso, piensan que el tiempo resuelve.

Pero la realidad es que de uno y otro depende, y mucho, el futuro de España.

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