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Por la boca… Los ausentes

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Por muy acostumbrados que estemos a ausencias y a desplantes e incluso por poco que puedan notarse esas ausencias, no hay que dejar de considerar su gravedad.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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No por repetidas, las ausencias en los actos de la Fiesta Nacional del 12 de octubre, tienen menos importancia. No se trata de que esas ausencias sean importantes por la talla o la relevancia de los ausentes, sino por lo que suponen de desprecio a unas instituciones concretas y hacia un acontecimiento y una fecha que deberían ser fundamentales que, de hecho, lo son en cualquier país.

Por muy acostumbrados que estemos al desplante de algunos presidentes autonómicos, de políticos más o menos antisistema y de alcaldes que protocolariamente deberían de asistir, e incluso por poco que pueda notarse su ausencia, la realidad es que el hecho de que no asistan esos representantes de una parte de España –que además son los representantes del Estado en ese territorio- no puede pasarse por alto ni dejar de considerar la gravedad de una decisión que contradice, sea cual sea la idea política en la que se sustenta, lo que debería ser el desarrollo normal de las relaciones institucionales en un estado democrático.

No es normal que los representantes de Cataluña o del País Vasco, no acudan a Madrid el 12 de octubre y no podemos conformarnos con la ironía de que nadie los echa en falta. Sí hay que echarlos en falta, sí hay que preguntar por ellos y sí hay que hacer ver, por quién corresponda, que se trata de una decisión inadmisible desde cualquier punto de vista.

Distinta naturaleza tiene, aunque sea igual de grave, la ausencia de políticos que no ostentan representación de institución alguna y que solamente representan a sus votantes. Deberán asumir su responsabilidad hacia esos electores, que tomarán buena nota –en uno u otro sentido- de la ausencia.

En un pueblo catalán una alcaldesa, por sí, y saltándose la legislación vigente, decide que en ese pueblo no será festivo el 12 de octubre. Tampoco vale que nos quedemos en lo ridículo y risible de la decisión. Es ridícula y risible, pero es igualmente grave.

Y las actitudes graves en materia política no hay que tomarlas a broma ni pasarlas por alto.

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