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Por la boca… En campaña

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Una campaña pobre de ideas, escasa de imaginación, monótona y cansina, es difícil que sirva para algo a los ciudadanos que la soportan.


Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Todos se preguntan, nos preguntamos, si las campañas electorales sirven para algo. Una campaña tiene, o debería de tener, como objetivos conseguir votos que antes no se tenían y modificar las intenciones de los votantes hacia un partido concreto.

Si eso se consigue o no, es complicado de averiguar por cuanto las intenciones y las percepciones de cada individuo son difíciles de cuantificar colectivamente, por muchas encuestas que se hagan y, en último término, porque es muy posible que ni el propio interesado sepa valorar hasta qué punto la campaña ha influido en su decisión.

Sí es mensurable la calidad de una campaña y la trayectoria de cada quién en esos días y, a la vista está, que la actual campaña para las elecciones municipales y autonómicas es pobre en programas, monótona en discursos, baja de estatura política, escasa en recursos dialécticos y nula en cuanto atractivo popular.

Así las cosas, habría que concluir que una campaña de esas características poca o ninguna influencia puede ejercer sobre los ciudadanos.

Los candidatos locales y autonómicos se debaten entre dos frentes: su propia presencia y la batalla por no parecer dependientes de las cúpulas nacionales de sus respectivos partidos. La mayoría no logran ninguna victoria en ese terreno, con lo que la naturaleza de las elecciones queda desvirtuada. Solamente las pequeñas capitales y los pueblos de menor población, en dónde todos se conocen, cumplen los requisitos de unas verdaderas elecciones locales.

La presencia constante de los líderes nacionales tergiversa, aún más, la razón de ser local, no solamente porque eclipsan a los candidatos, sino porque han convertido estas elecciones en unas primarias y porque sus ‘tics’ y sus muletillas, son más propios de campañas para unos comicios generales.

Son esos líderes nacionales los que más contribuyen a aumentar los defectos de la campaña. Monótonos, repetitivos, miméticos y grandielocuentes, se dedican a la descalificación -cuando no al insulto- de unos a otros, a repetir generalidades y eslóganes vacíos; hasta se visten igual: hoy sin corbata y sin chaqueta, mañana en bici, pasado bailando y al día siguiente con un niño en brazos. Todo aderezado con palmeos en la espalda, besos a desconocidos, sonrisas estereotipadas y posturas acartonadas tras un atril, o encaramados a banquetas de cafetería pero sin mostrador en el que apoyar los codos.

En estas condiciones hablan de desafección de los ciudadanos y lo achacan a la corrupción que, a todos salpica en una u otra medida.

Por desgracia, la corrupción a la que hay que perseguir, a la que hay que desenmascarar y a la que hay que condenar sin paliativos, está asumida por los ciudadanos. Cada vez causa menos impresión por sabida y esperada. Además de en la corrupción, esa desafección habrá que buscarla en una campaña aburrida, insoportable, vacía y sin imaginación. Una campaña cansina que a nadie apetece y que a casi nadie interesa.

Sería muy de agradecer que por una vez –que hasta podría servir de precedente- los políticos se pusieran de acuerdo y redujeran las campañas electorales a su mínima expresión.

Eso sí que sería un bien público que habría que defender y conservar entre todos con el mayor de los cuidados para dejarlo como herencia impagable a las nuevas generaciones.

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