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Tribuna libre

Por la boca… El caos del conmutador

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Están incomunicados los adoradores del becerro de oro de las comunicaciones. Esos que tienen un móvil que hasta sirve para hablar por teléfono.

Alguien puede pensar que se habla del caos político, del follón que vive Europa o del no menos liado asunto de los bancos e incluso podría pensarse en la operación ‘Campeón’.

Pues no. Se trata de ‘lo de la Blackberry’. Y ‘Lo de la Blackberry’ es, ni más ni menos, que casi medio mundo está incomunicado y los lamentos se escuchan en el otro medio, como mínimo.

Ese medio mundo incomunicado son los adoradores del becerro de oro de las comunicaciones, del Internet, de las ‘tablet’, de esos que tienen un móvil que hasta sirve para hablar y que le escuchen a uno. Una maravilla.

Es ese medio mundo que se encarga de mostrar al otro medio las excelencias de llevar el despacho en el bolsillo, de estar comunicado en cualquier parte con la secretaria y de llevar, también en el bolsillo, la Biblioteca Nacional.

Es ese medio mundo que siempre está a la última y que hace cola porque ha salido el último ‘iPad’, el no va más de los ‘iPhone’ y la locura en forma de móvil que se activa simplemente suspirando frente a la pantalla.

Es ese medio mundo que cuando estás más distraído leyendo tu libro –de papel y cartón, por supuesto- en la tumbona de la playa o en la silla de la piscina, se te acerca y, quieras que no, se te arrodilla al lado y empieza a explicarte las bondades del último ‘iPad’ el no va más de los ‘iPhone’ y la locura en forma de móvil que se activa simplemente suspirando frente a la pantalla.

Pues ese medio mundo está en un sin vivir. Las declaraciones que hacen los damnificados producen una pena terrible. Son seres desamparados, desubicados y hasta, algunos, desmelenados. Han perdido sus contactos, no recuerdan ni el teléfono de su mujer o de su marido, no saben cómo contactar con el profesor de sus hijos y se sienten aislados y solos en su maravillosa oficina virtual.

Y ¿qué quieren ustedes? Uno está disfrutando. Es una pequeña venganza frente al pesado que te explica el aparato que se acaba de comprar e incluso, en el colmo del proselitismo comercial, pretende que tú también lo compres y hasta te mira como si fueras un don nadie porque tienes un teléfono normal –terminal dice el entendido- que sólo sirve para hablar y que te hablen.

Uno disfruta con lo del conmutador que ha fallado. Y no digamos nada cuando le informan de que también ha fallado el segundo conmutador que estaba preparado por si fallaba –cosa imposible- el primero.

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