Sábado 16/12/2017. Actualizado 11:45h

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Tribuna libre

Por la boca… Más gran hermano

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Ahora, la clase política nos deja caer, como el que no quiere la cosa, la implantación de un registro de 'lobbies'. O sea, sin mí nada.

Desde las cámaras callejeras, hasta las tarjetas de crédito, pasando por los teléfonos y el internet, estamos más que vigilados. Estamos rigurosamente espiados en la inmensa mayoría de las facetas de nuestra vida.

Eso es algo que le encanta a nuestra casta política. No solamente nos ordenan cuándo y de qué tenemos que morirnos o lo que tenemos que pensar sobre un determinado asunto, sino que nos dicen cuál es la forma ortodoxa de divertirnos, de arruinarnos o de tener hijos. Todo muy reglado y sobre todo muy vigilado.

Esa casta política ha encontrado en Bruselas, en la 'troika' y en los 'hombres de negro', la gran coartada para justificar sus innúmeras fiscalizaciones.

Ahora y aprovechando que la llamada Ley de Transparencia pasaba por allí, han dejado caer, casi sin que nos enteremos y como el que no quiere la cosa, nada más y nada menos que la implantación de un registro para 'lobbies'. Definen –y aciertan- los 'lobbies' como las organizaciones sociales y representativas de intereses entre cuyos fines se encuentre influir directa o indirectamente en la actividad legislativa de las Cortes Generales y, en general, en la adopción de decisiones políticas por el Congreso o el Senado o por cualquiera de sus órganos.

Está bien -o casi bien- siempre que se haga mención de que esos grupos de presión no solamente quieren influir sobre las decisiones en materia estrictamente política.

Uno de los grandes problemas de España es la inexistencia de una sociedad civil medianamente potente y mínimamente organizada con independencia de los partidos políticos. Es decir, con independencia de la casta política, capaz de ideas, de planteamientos, de iniciativas sociales al margen de la política de cada día.

Pues bien, si esa sociedad civil se organiza mínimamente y pretende influir en la legislación concreta o, más ampliamente, en la forma de pensar o de decidir de los españoles, inmediatamente llegará el funcionario de turno con el libro de registro abierto, para tomar nota de tamaño desatino y, si se tercia, legislar cómo debe ser y cómo debe de actuar ese grupo social.

Aprovechando que la palabra 'lobby' tiene ciertas connotaciones negativas, que apuntan hacia un posible oscurantismo, la casta política no quiere que la sociedad actúe o piense por su cuenta al margen del 'establishment' y se apresura a registrar cualquier iniciativa, a cortar de raíz cualquier salida del carril y acabará absorbiendo a esos grupos y hasta subvencionándolos.

Es el signo de los tiempos. Fuera de la partitocracia cerril que soportamos, no hay vida y si la hay, se la ahoga en un registro.

Mientras, Ley de Transparencia incluida, cada día salen a la luz nuevas estafas, nuevas transgresiones de la ley en materia económica, nuevos sueldos o nuevas prebendas, siempre para esa casta política que nos tiene bajo el gran ojo del Gran Hermano aunque se llame Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Y Europa sirve de coartada. Ya se han apresurado a explicar que en Europa también existe ese registro. Pero se han olvidado de contarnos un pequeño detalle: en Europa ese registro es voluntario.

O sea: sin mí nada. O la sociedad somos nosotros y nadie más.

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