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Tribuna libre

Por la boca… La influencia de las encuestas

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Habría que analizar hasta qué punto es saludable la proliferación de encuestas que pueden influir en la intención de voto y en el rumbo que toman los programas de los partidos.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Sin tener en cuenta los frecuentes ‘patinazos’ a que nos tienen acostumbrados las encuestas, lo interesadas que puedan ser las ‘cocinas’ de unas y otras, las diferencias que presentan según quién las publique y hasta la interpretación que unos y otros hacen de los resultados, habría que poner muy en tela de juicio, desde el punto de vista de la higiene democrática, las que se publican a casi dos meses de las elecciones.

Lo más importante de las encuestas es analizar hasta qué punto influyen en el votante y qué fuerza tienen en la marcha electoral de los partidos. Si hay votantes, seguro que existen, que enfocan su decisión en función de quién dicen las urnas que gana o que pierde, hay que reconocer que las encuestas pueden estar teniendo una influencia poco edificante en los resultados reales. Por otra parte, si en el seno de los partidos se hacen o deshacen programas teniendo en cuenta las encuestas o se enfatiza una propuesta más que otra tras conocer lo que dicen los sondeos, hay que concluir que tampoco es bueno que las cosas sucedan así.

Las encuestas van y vienen. Los políticos dan a los sondeos la importancia que interesa en cada momento y aprovechan para ir corrigiendo el tiro de sus programas. Los autores de las encuestas dan datos, apuntan términos técnicos y se dedican a nadar y a guardar la ropa por aquello de los ‘patinazos’ y, en definitiva, todos se cubren en espera del verdadero sondeo que será el 20 de diciembre.

Nuestra Ley Electoral prohíbe publicar encuestas en una determinada fecha, próxima a los comicios; está además el día de reflexión que, aunque no sirva para nada, se sigue manteniendo de forma absurda y, frente a esas precauciones, meses antes, proliferan los sondeos que pueden influir, más o menos directamente, en la decisión de voto y en el enunciado y presentación de los programas.

En un país en la que las ideologías de los partidos –y por tanto sus propuestas programáticas- son tan volátiles y en el que la intención de voto habitualmente se oculta, la costumbre de las encuestas no parece muy saludable.

Pero ahí están, ocupando minutos en los medios audiovisuales y espacio en los escritos, sin que sirvan más que para que el político que no sale bien parado diga aquello de que ‘no es más que la fotografía de un momento y que la verdadera encuesta es la de las urnas’ y para que el que se supone que gana, saque pecho aunque lo tenga que meter a la semana siguiente.

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