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Tribuna libre

Por la boca… Cada maestrillo tiene su librillo

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Que la alarma haya saltado en unas pruebas para enseñantes es normal, pero que no se olvide que en otros sectores hubiera pasado lo mismo.

Ante los resultados de las pruebas a las que han sometido a los aspirantes a maestros han saltado todas las alarmas. Y no es para menos. Pero esas alarmas tienen algo de hipocresía general. ¿Es que hay alguien que ignore la escasa preparación de nuestras nuevas generaciones en eso que se llama cultura general?

No se trata de generalizar, aunque la forma de analizar lo que está pasando sea precisamente generalizar, tras hacer todas las salvedades que sean necesarias y admitir todas las excepciones, pero hay que tener en cuenta una serie de cosas y quitar unas cuantas caretas en materia de enseñanza.

Lo primero de todo es afirmar que los protagonistas no son los responsables. Son las víctimas. En segundo lugar hay que denunciar un sistema que fracasa una generación tras otras. En tercer lugar tiene que quedar muy claro que los resultados del sector de la enseñanza se hubieran dado en cualquier sector y, en cuarto lugar, no hay que olvidar la gran responsabilidad y la trascendencia que, en estos asuntos, tiene lo que ocurra con los encargados de enseñar a los demás.

Estamos hartos de escuchar el tópico de la superior preparación de las nuevas generaciones porque, supuestamente, dominan las nuevas tecnologías y porque saben idiomas. Ambas afirmaciones son más que discutibles. En primer lugar dominar las nuevas tecnologías es cuestión de mecánica y de práctica –salvo los profesionales del sector- en los que son simplemente usuarios. Además, si entendemos por dominar las nuevas tecnologías estar constantemente adquiriendo el último grito de cacharro salido al mercado, para enviar mensajes y más mensajes inconexos y llenos de faltas de ortografía, el resultado será aún peor.

En cuanto a los idiomas -y salvo honrosas excepciones- la mayoría de nuestros jóvenes apenas chapurrean un mal inglés y, desde luego, ninguno acaba su bachiller –o como se llame ahora- dominando un idioma; mucho menos lo domina tras su paso por la universidad y todos han de buscarse sus propios medios si quieren adquirir conocimiento tan absolutamente fundamental.

Así pues nuestros jóvenes son las víctimas de un sistema que habla de destrezas y de herramientas y no de conocimientos. Un sistema que no enseña que el esfuerzo es básico para cualquier aprendizaje y que olvida, sistemáticamente, la palabra estudio.

Más concretamente, nuestros futuros maestros reciben una formación exhaustiva en sicología, en trato con el alumno, en técnicas didácticas etc. mientras se olvidan los conocimientos culturales básicos.

Con este panorama es más que probable que los resultados se hubieran dado en cualquiera de nuestras facultades, escuelas o centros de estudio de cualquier rama que se elija.

Todo lo anterior se agrava, indudablemente, por la normal y lógica sensibilidad que existe hacia el trabajo de quienes tienen la enorme responsabilidad de enseñar a nuestros hijos y de preparar a las nuevas generaciones que llegan a nuestros centros de estudios sean del nivel que sean.

Oscuro panorama, que no tiene fácil solución salvo que alguien ponga manos a la obra y lo haga con urgencia. Las respuestas pueden ser anecdóticas y pueden tener muchas explicaciones, pero las causas son graves y de fondo.

Y , como diría el inefable José Mota, respetos al máximo.

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