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Tribuna libre

Por la boca… De nuevo los partidos

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Por muy acostumbrados que estemos, no está de más señalar cómo los partidos –o por mejor decir sus avatares internos- vuelven a protagonizar la vida política.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Tras la Navidad se reanuda la actividad política –que no parlamentaria- en nuestro país y hay que constatar, una vez más, que todo consiste en contemplar, analizar y discutir lo que ocurre en el seno de los partidos.

Es ya un defecto, más bien un problema, endémico en la vida política habitual de España. Por muy acostumbrados que estemos hay que señalar que nuestro acontecer ciudadano y hasta nuestra vida en común, en lo que depende de los políticos, del Gobierno y de quienes nos representan, se centra con una exclusividad casi total en lo que ocurre en las sedes de las principales formaciones políticas.

Aunque la partitocracia que sufrimos los españoles no es buena, lo mínimo que podemos exigir es que los partidos se ocupen del común, de los problemas que tenemos, del modo de resolverlos y –si no fuera mucho pedir- de lo que realmente nos importa.

No es de recibo que los informativos de radio y televisión y los periódicos escritos o digitales, ocupen tiempo y espacio y titulen sus portadas, con los congresos de este y aquel, las diferencias internas del de más allá, las peleas intestinas de los otros y hasta los problemas personales de quienes tendrían que tener sus puntos de mira un poco más elevados.

El ombliguismo de los partidos, al que contribuimos no poco los medios, hace que nuestra política sea chata y roma, sin más miras que la conquista de parcelas de poder. Pero lo más triste de todo es que no se trata de parcelas de poder para gobernar el país, sino que se da la batalla para conseguir el poder en una formación política determinada.

La prueba del algodón de todo lo anterior es fácil de hacer cuando desde otros ámbitos o desde los propios medios, se alude, por ejemplo, a tal o cual ministro o uno u otro consejero, como `desparecido en combate’ y se echan de menos declaraciones relacionadas con su partido o con los de enfrente, cuando lo que posiblemente ocurra es que ese ministro o ese consejero, está en su despacho resolviendo -con más o menos acierto- los problemas reales del acontecer diario que son de su incumbencia.

Si a esa situación añadimos el hecho de que cualquier iniciativa de gobierno que se toma –ya sea en el ámbito municipal, autonómico o nacional- inmediatamente es tachada de partidista, tendremos completo el menú.

Mientras que la ambición de muchos de nuestros hombres públicos sea conseguir el poder en el partido político en el que cada uno milita, las carencias en la verdadera gestión pública estarán, están ya, a la orden del día.

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