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Tribuna libre

Por la boca… El tinglado de la farsa

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Todo puede suceder, en esta farsa montada solamente para salvar traseros propios y dar patadas en traseros ajenos.

Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Ahora que parece –solo parece- que se ha bajado el telón de la farsa y que el argumento de la comedia parece –solo parece- que ha fracasado, no está de más repasar los aspectos formales de la representación. En política las formas son importantes y cuando se hace teatro aun lo son más.

Hay que reconocer que -aunque no siempre, en los mutis, consigan los aplausos de los espectadores- lo tienen bien ensayado.

Todo comienza por una especie de desfile, ante las cámaras, por los pasillos del Congreso, hasta llegar a la ‘pseudorrueda’ de prensa. Un paseo en el que los subalternos rodean al primer espada y lo hacen colocándose por riguroso orden. Que si Meritxell Batet a la derecha, unos pasos más atrás; que si Jordi Sevilla, siempre con corbata, se debe de quedar en el fondo, más alejado de las candilejas, que si Íñigo Errejón –parece que siempre está de morros- camina pensativo en su papel de vicelíder de quita y pon; que si Irene Montero lleva las carpetas con las ‘cesiones’, como al desgaire, para que las cámaras puedan enfocar bien el rótulo…

Y José Manuel Villegas, consciente de su responsabilidad ante Dios y ante la historia (que decía aquel) explicando el enorme respeto de Podemos por el acuerdo de Ciudadanos y el Partido Socialista -respeto que no impide que se lo quieran cargar de un plumazo, eso sí con una enorme claridad y con gran franqueza (?) – y explicando sin explicar, y diciendo sin decir, y contestando sin contestar…

Pero nadie domina las tablas como Antonio Hernando. Un paseo tranquilo, pausado, desesperadamente lento, gustándose, recreándose en la suerte, con una sonrisa sardónica -¿de qué se reirá este buen hombre?- que invita a todo menos a creerle; haciendo un alarde de compadreo con los periodistas a los que llama por su nombre de pila y a los que pide disculpas porque tengan que estar trabajando a las ocho y diez de la tarde (pero, ¿qué idea tiene este señor de lo que es el trabajo de un periodista?) y a los que nunca contesta nada de lo que le preguntan.

Todo está por decidirse en esta comedia, entre otras cosas porque nadie se fía de nadie y porque los ‘nadies’ de nuestra política, mienten más que hablan.

Y así una jornada tras otra, una reunión tras otra, un paseo tras otro, unas pseudorruedas de prensa tras otras. Y todo –al parecer- para nada. Y todo –al parecer- para estar como al principio. Y todo –al parecer- para salvar traseros propios y dar patadas en los ajenos.

Ya lo dijo Benavente: tinglado, farsa, todo muy antiguo, de política decimonónica y –al parecer- sin resultados.

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